EL AMOR


- Aproximadamente un año, eso es lo que dura el enamoramiento- le dije mientras ella acariciaba mi pelo.

- ¿De dónde sacaste eso? — repuso en un tono en el que pude advertir cierta desconfianza. Y si hay algo que me enoja es que no acepten lo que afirmo. Quizás porque me es más fácil lidiar con el enojo que con la diferencia.

- Lo determinaron unos científicos italianos — dije con el entrecejo fruncido y esa mirada seria que suelo usar para dar veracidad a mis palabras.

- Si, pero cómo medir eso. ¿Cómo sabés cuándo empieza el enamoramiento?

Los Cuadernos de Brad.

El enamoramiento

El enamoramiento tiene muchas características de ciertas patologías obsesivas. Durante ese tiempo sentimos que la otra persona es fundamental para nuestra existencia, nuestros pensamientos traen su presencia todo el tiempo, nos parece que la vida no podría seguir sin ese otro ser. Nuestros sentidos se alteran, como si estuviéramos drogados.

Me divierte mucho observar a un gran amigo que es adicto al enamoramiento. Es tan adicto que cada vez que el enamoramiento desaparece termina su relación e inmediatamente comienza una nueva donde vuelva a florecer esa sensación. Lo entiendo, es un estado de excitación extrema, toda caricia nos lleva a estremecernos de placer. ¿Pero después de eso qué viene? ¿Qué queda para después?

Suelo escuchar oraciones como “cuando pasa mucho tiempo hay que ponerle creatividad” o “¿no te resulta aburrido estar con la misma persona tanto tiempo?” Sin embargo, repetir lo mismo no aburre, el tiempo no es un destructor de la pareja. El aburrimiento no está determinado por la repetición. Depende de otras variables. Es más, el tiempo juntos, el tiempo compartido puede generar excelentes equipos. Porque la pareja es como un equipo en donde los dos se complementan, juegan y comparten el deseo. Y con tiempo esos elementos se enriquecen y eso hace a la pareja más hermosa.

“A menudo la sensualidad apresura el crecimiento del amor, de modo que la raíz queda débil y es fácil de arrancar” nos advierte Nietzsche. Lo que sigue son algunas ideas que creo fundamentales para el desarrollo del amor, para dotarlo de fuertes raíces.

El cuidado del otro

Entre lo más elemental del amor se encuentra el cuidado del otro. Ponerle atención, protegerlo, velar por su salud, velar por su capacidad de desear, es la parte básica del amor, está en sus cimientos.

El cuidado está en los primeros días de nuestras vidas. Si nuestra madre no nos hubiera tratado con cuidado, protegido nuestra cabecita, dado caricias, calor del pecho, leche materna, posiblemente no hubiéramos logrado vivir más que unos días.

Cuidar al otro es evitarle de un daño, darle un ambiente propicio para que su ser crezca. Para eso hay entender que la otra persona es un humano igual que uno, dotado de sentimientos y sensibilidad. Ser un amigo de la existencia del otro, jugar como un aliado y no como un destructor que podría atentar contra su felicidad, el desarrollo o la capacidad de amar al mundo, eso es cuidar. Colaborar en la creación del ambiente adecuado para el desarrollo feliz del otro, a eso me refiero con cuidar.

Sin duda el cuidado es básico para la existencia de una sociedad agradable de vivir. En lo personal siento que Buenos Aires es una ciudad muy hostil, donde cuidar del otro está poco valorado. Así me pasó que cuando llegué acá, hace más de 6 años, ver gente durmiendo en la calle me ponía triste y me hacía pensar qué se puede hacer por ellos. Ahora me resulta algo cotidiano, casi como si fueran perros callejeros. Quizás sea una característica de las grandes ciudades el anestesiar nuestra compasión por el sufrimiento ajeno. Sé que es un problema que se resuelve con obras concretas, pero tampoco quiero dedicar mi vida al cuidado de esas personas. Aunque con seguridad apoyaría y cuidaría de aquellos que lideren un proyecto que genere una realidad más deseable.

Libertad

La libertad antecede al amor. Lo que queremos es que el otro nos ame desde una elección libre, sin ser coartado a elegirnos. Amar con la mano abierta, permitiendo que el otro sea quien desee ser.

Cuando se ama al otro en la libertad se lo hace con el permiso del error. Elegir a otro no permitiéndole equivocarse no es una elección, es una restricción.

Podría suceder que la pareja transitase por un largo período en donde uno de los dos se sienta confundido, perdido, incluso podría ocurrir que haya una infidelidad. Y aun así la pareja podría seguir sanamente. Porque los errores se pueden perdonar, una infidelidad se puede perdonar. Todos estamos posibilitados de realizar algo que luego nos parezca un error. Básicamente porque el error siempre es a posteriori. Nunca sabemos cuándo estamos cometiendo un error hasta que lo hacemos.

No necesariamente una infidelidad tiene que destruir la pareja. Depende de la madurez de ambos y de la capacidad de aceptación del error y del perdón. Un perdón sano es olvidadizo. El que no perdona muchas veces confunde su falta de perdón con una gran memoria. Así uno podría estar todo el tiempo recordando el error como forma de generar una deuda emocional que el otro no pueda nunca saldar.

El que perdona, olvida. Nietzsche dice “Benditos sean los olvidadizos, porque superan incluso sus propios errores”. El memorioso está siempre en la zona de los reproches. Por eso mismo suele ser tan difícil, sino imposible, que las parejas que se pelean logren recomponerse. Cada vez que se encuentran suelen reprocharse lo que hicieron. Si se perdonasen harían todo más fácil.

Los padres que no eligen en la libertad quieren a sus hijos sólo si responden a los parámetros de su deseo. Esa es la falta total de amor. El amor quiere al otro en su elección. Porque se ama siempre que se desee al otro como el otro decide ser.

¿Puedo permitirle al otro ser lo que es? ¿Puedo otorgar la libertad de ser? ¿O siento que el otro debería ser como yo digo, que debería seguir mi consejo y tomarme como modelo? Preguntas básicas para el amor.

Ser un compañero en la maduración

Para amar hay que cultivar la paciencia. Todo desarrollo requiere de mucha, mucha paciencia. El que plantó alguna vez una semilla de lechuga sabe lo mucho que se requiere para que surja algo comestible. Tiempo, dedicación, mucho tiempo y mucha dedicación.

Esto vale también para uno mismo. Amarse es tenerse paciencia. Cuando no se sabe lo que se quiere, cuando hay una contradicción emocional, la paciencia es fundamental. Salir de la contradicción antes de tiempo puede resultar en una mala decisión. Entiendo que puede resultar insoportable el estado de indecisión; los humanos nos llevamos bastante mal con la ambigüedad. Queremos respuestas inmediatas que den un sentido lineal, pero es importante tener paciencia y salir de la contradicción con un sí, con una elección fundida en el deseo y no como una reacción impulsiva como lo hace la mano que se quema y se retrae.

De la misma manera que se tiene paciencia para aceptar el ritmo que propone la vida para uno, de la misma manera es necesario tener paciencia con el otro. Si bien el otro puede requerir de más tiempo que el que nuestra ansiedad tolera, el saber esperar puede regalarnos frutos maduros y deliciosos.

La paciencia es aceptar el ritmo que la vida propone. Como los músicos que saben esperar al final para tocar la última nota, así es el paciente. Se intensifica y va rápido cuando es necesario y toma un ritmo pausado y delicado cuando hay que esperar. La vida da cuando ella está lista, que puede ser en un tiempo diferente al que marca nuestra ansiedad.

Pero, qué hacer cuando uno no tiene la paciencia para esperar al otro. Supongo que cada uno tiene un límite en la capacidad de saber esperar y que eso depende del amor que se tiene por el proyecto de pareja o personal.

A veces me descubro a mí mismo queriendo resultados inmediatos. En esos momentos me recuerdo que mi abuelo tardó 7 años en realizar un avión. Durante esos 7 años es probable que haya querido largar todo y dedicarse a otra cosa, pero a veces hay que seguir aun cuando sentís que es duro y que lo único que estás acumulando es mierda. Porque quizás estás haciendo un buen trabajo aun cuando te parece que no. El abandono de una pareja (o de un proyecto) sólo porque es difícil o duro es una mala idea.

Compinches

Sin duda las buenas parejas se unen por el entusiasmo compartido. Cuando se comparte el entusiasmo, cuando se es compinche, aliados en el desarrollo, la pareja florece. Las obras en conjunto son los frutos del amor.

Las parejas que se unen en el entusiasmo tienen sus secretos, sus códigos, sus miradas cómplice, no necesitan decirse nada para saber qué están pensando. Los dos comparten cierta zona del entusiasmo que los hace movilizarse en la misma dirección, con ímpetu, con gracia, alegrándose por lo mismo. Así surge una sinergia positiva que envuelve a la pareja en una gracia que los hace ver felices, iluminados, danzantes.

Compañeros en el desarrollo mutuo y en el desarrollo de la pareja, los compinches saben que el amor en obras consiste. Y que es mucho más fácil desarrollarse si se tiene al lado a un compañero que se sienta del mismo lado de la mesa.

Hay parejas competitivas que no toleran la capacidad de goce y crecimiento del otro. Pueden durar mucho tiempo juntos, pero quienes se unen en la competencia, si bien pueden potenciarse, se hacen daño. A veces la competencia resulta de una incapacidad de aceptar que el otro tiene más habilidad que uno en ciertos aspectos. Por ejemplo, ganar más dinero. Hay hombres que se sienten incómodos con que su pareja gane más que ellos. Propio de quienes no pueden disfrutar de la alegría del otro, y regocijarse en el éxito ajeno.

Las parejas felices, las que se aman, funcionan como un equipo. A medida que se van complementando más, las tareas se dividen (vos haces aquello, yo hago esto), las ideas se asocian, las miradas hablan.

Ser un testigo vivencial

Amar es querer pasar tiempo con el otro. Queremos compartir nuestra finita vida junto a ese otro ser porque la hace especial. Queremos ser testigos vivenciales de su existencia. Estar ahí cuando le suceda la vida.

El ausente, el que nunca está en los eventos relevantes, no ama. Cuanto más se ama, más tiempo se comparte juntos. A veces con un llamado, a veces con el cuerpo entero. Aquel que con su ausencia quiere marcar su presencia, no ama.

Ser un testigo vivencial es querer vivir en primera persona lo que le sucede al otro. Estar ahí en su cumpleaños, cuando se recibe de la universidad, en definitiva, atestiguar todo su crecimiento.

Sinceridad

Una pareja que mantiene una relación terapéutica se comunica con sinceridad. La sinceridad es una coherencia entre lo que se siente y lo que se expresa. Para crear una relación hay que revelar los sentimientos importantes. Si, en cambio, los ocultamos, con seguridad no se podrá establecer una relación de ayuda.

Es más, se puede ser sincero con la ambigüedad. Si uno es coherente consigo mismo en un momento de confusión puede manifestar “no entiendo lo que siento, me resultan ambiguos mis sentimientos”.

Recrear la sinceridad requiere de una actitud positiva hacia el otro, de una aceptación y agrado, pero siendo uno mismo. Uno logra sentir una libertad de ser una persona independiente que puede diferir en sentimientos, y a la misma vez comprender y aceptar al otro. Es decir, se siente que se puede ser uno mismo sin temor a perderse.

El desarrollo empático de la pareja consiste en entrar en el mundo del otro sin el deseo permanente de evaluarlo o juzgarlo. La evaluación suele destruir significados y limita la expresión. Y eso hace que los dos se aíslen en vez de construir vínculo.

Pero, ¿cuándo ser sincero y cuándo no? No hay una respuesta única. La sinceridad puede ser muy dolorosa. Así puede ocurrir que uno engañe al otro y a la vez no decida decírselo porque entiende que no significó nada y que al decirlo lo único que va a lograr es hacerle un daño innecesario a su ser amado.

En lo personal prefiero la sinceridad extrema, la que no oculta nada. La que se permite revelarle al otro plenamente dónde está. De esa manera puedo elegir con quién estoy contando con toda la información. Y evitar así estar eligiendo a alguien que podría no ser lo que yo quiero para mí. Además, descubrir un engaño es mucho más destructivo que la verdad a tiempo. Por supuesto que la sinceridad podría ser intolerable y desencadenar procesos horrendos de celos, de imágenes que aturden saber. Pero confío en mi resiliencia para aceptar la verdad.

La sinceridad es también de uno para uno mismo. ¿Puedo aceptarme como soy? ¿Puedo escuchar lo que estoy diciendo?

En una relación sincera se recrea la confianza. Uno siente que no hay nada oculto, que la otra persona es digna de fe coherente, es auténtica. Así uno es expresivo y comunica sin ambigüedad, en el sentido de que lo que el cuerpo dice es coherente con lo que comunico verbalmente. Y se permite experimentar una actitud cálida, de cuidado y agrado e interés por el otro. Todo eso siendo uno mismo, es decir, sin el temor a perderse, a sentirse abatido por la depresión ajena o atemorizado por su miedo o a desvalorizarse porque el otro no nos siente parte de su deseo sexual. Para eso hay que estar seguro de uno mismo de manera tal de permitirle al otro ser honesto, falso, infantil, adulto o desesperado.

La sinceridad se destruye cuando la conversación se juzga. La relación terapeuta se da cuando uno siente que se puede expresar sin temor a ser identificado como malo. Y se recrea cuando hay una delicadeza en el trato del otro.

Erotismo

En el amor el cuerpo de la pareja está erotizado. Nuestro deseo se realiza en el otro. El deseo erótico del otro es lo que diferencia al amor fraternal del amor en pareja.

Uno no elige su deseo. Más bien lo que sucede es que uno descubre su deseo y se enfrenta a la situación de decidir seguirlo y hacerse uno con lo deseado o bien contrariarse y resistirse a lo que es.

En Proverbios del Infierno, William Blake dice “Aquel que desea pero no obra, engendra pestilencia”. Los deseos no realizados se acumulan en reproches, se transforman en fantasmas, o en oscuros miedos. El deseo es la parte más sana de uno. Es la guía básica para la vida. Ahí donde está el deseo es donde está la parte sana propia. Seguirlo es nuestra responsabilidad, por mucho que cueste, por mucho que resulte difícil aceptarlo.

Así, por ejemplo, el gay que se acepta como es, se vuelve más feliz. Mientras que el que desea pero no realiza nada concreto para acercarse a lo deseado empieza a odiar. Ahí puedo ver ubicados a los resentidos sociales que afirman no desear la riqueza de otros, es más, les causa repugnancia y buscan destruirla. Y a la misma vez observo que estas personas suelen ser los más materialistas, los más interesados en esas riquezas. Sólo que han negado tanto ese deseo que ahora se ha convertido en odio.

El que desea pero no obra genera neurosis. Puede verse como enfermo, creerse débil, observarse incapaz, amputado, sólo por temor a seguir lo que se es.

Jugar y animarse, experimentar y explorar. ¿Con quién mejor para hacerlo que con quien se ama? En lo personal considero que una pareja es para hacer todo eso que a los dos les gusta. Si es en el respeto, cariño y cuidado del otro, todo es sano. Porque ambos están en la zona donde el deseo es mutuo. Ahora, si el deseo no es mutuo, no es sano intentar que el otro nos acompañe en esa experimentación. Sin embargo, en ocasiones se puede descubrir todo un mundo nuevo del deseo si uno se anima y salta las fronteras de lo conocido.

La sexualidad a veces da temor, así hay hombres que le tienen miedo a que les toquen la cola porque temen confundirse en el deseo y creer que son gays. ¿Cuál sería el problema si descubriesen que lo son? Ninguno, pero da miedo. A veces son deseos o fantasías más sencillas, ver a la otra persona toda depilada, salir sin corpiño, que nos escuchen o se abran y nos cuenten sus emociones. Y aun así puede que nos de miedo salir de lo conocido y arriesgar. Pero hay una ganancia potencial en cada iniciativa en la que el juego y la experimentación existen dentro del respeto y cuidado del otro.

Las parejas pasan, con el tiempo, por muchas etapas del deseo. Hay periodos en donde hay más fuego, y otras en donde todo está más apagado. No es algo que se pueda forzar, el deseo se sigue o no, pero no se elige. Mas con el tiempo uno se vuelve más paciente y comprende que frente a la primera reacción, frente a la impulsividad, conviene quedarse en la averiguación del deseo. La idea no es quedarse en lo indefinido, sino dar un sí basado en el deseo, hacer una elección sentida. Podría suceder que lo que hoy es una falta de deseo, mañana vuelva a encenderse. Podría suceder que algunos cambios en la dinámica de pareja enciendan lo que parecía apagado.

Todo se charla

A mí me gusta decir que todo se negocia, pero muchos asocian la palabra negociar con el trabajo, con lo árido de la vida laboral y, por lo tanto, consideran no debería estar dentro del ámbito del amor.

A lo que me refiero con todo se negocia es a que las parejas sanas se permiten cambiar, están dispuestas a abrir su abanico de opciones. En vez de estar atrincherados, en donde cada uno está en una posición inamovible en la que sólo se acepta al otro si realiza lo que uno quiere, las parejas que se aman son plásticas.

Para permitir que todo sea negociable hay que darle la posibilidad al otro de ser observado en un estado de transformación. Es decir, como una persona que no está limitada por su pasado o por nuestro pasado. Hay que regalarse la posibilidad de ver con ojos frescos lo que el otro es. Porque de lo contrario podría suceder que el otro cambiase y a la misma vez no pudiésemos ver el cambio porque lo freezamos. Porque congelamos nuestra mirada y lo ubicamos en un lugar estático en donde sólo vemos lo que fue y no el presente.

En las buenas negociaciones no hay reproches, no hay discusiones sobre quién es el responsable. En las buenas negociaciones se observa para adelante, se buscan soluciones, se plantean posibilidades más que impedimentos. Uno se enfoca en las oportunidades, no en los problemas. Así uno asume la responsabilidad de solucionar la situación en vez de intentar culpar al otro de lo que no nos gusta.

Traer lo que fue no mejora las negociaciones, más bien las dificulta. Porque no se trata de endeudar al otro con pagos emocionales retroactivos, se trata de encontrar acciones que posibiliten llegar a un acuerdo en donde ambos se sientan realizados.

¿Y los celos?

Los celos son patológicos. La pareja sana no provoca celos, se vivencia dentro de una tranquilidad en la que se siente que el otro es para uno. La pareja sana recrea el ambiente de plena confianza.

Es cierto que cuando se ama aparece el deseo de que el otro sólo sea para uno. El que afirma que no es celoso puede estar refugiándose frente al temor de vivenciar lo amargo de ese sentimiento. Mejor es afirmar que uno quiere al otro para uno, y mucho mejor es recrear un ambiente en donde ambos se sientan en mutua confianza.

En lo personal me da dudas el celoso. ¿No será que es celoso porque en realidad es el que no se bancaría que el otro tenga los mismos deseos que observa en sí mismo? ¿Es el celoso el más infiel así como el más puritano suele ser el más corrupto? No lo sé.

Por otra parte, el celoso no se banca la propia naturaleza del deseo. Quiere que el deseo del otro sea sólo saciado por uno, pero eso es una negación de la naturaleza del deseo. El deseo jamás se sacia en una sóla persona. Nos erotizamos mirando a otros cuerpos, y lo mismo le sucede a nuestra pareja. Eso nunca dejará de suceder, que no quiere decir que uno tenga que materializar ese deseo con otros o que deba contárselo a la pareja. ¿Para qué contarlo? ¿Para hacer daño? Eso no tendría sentido. Atraer el deseo del otro provocando celos destruye el amor.

Depende de lo que la pareja establezca cómo límites, pero diría que hay 3 tipos de pareja. Los monogámicos que se desean sólo para ellos y así lo vivencian, los swingers o parejas abiertas, y los dicen que son monogámicos, pero le mienten a su pareja y son infieles. De las tres formas, sólo me caen bien las dos primeras. Porque en la infidelidad no se sabe con quién se está.

Desear que el otro sea celoso como manifestación de amor no me resulta parte de lo que considero amor. En definitiva, prefiero diferenciar los celos patológicos del deseo de que el otro sea sólo para mí.

El amor es un regalo

El amor es un regalo que uno hace sin esperar nada a cambio. El otro puede aceptar vivirlo con nosotros, o puede rechazarlo. Eso no depende de uno. Si lo acepta, sentiremos la gracia de fundirnos con el otro, si no, el camino es seguir regalando.

Amar con los brazos abiertos es el camino. La propia fortaleza no está tanto en superar la posibilidad del rechazo, más bien está en volver a abrir la mano, en volver a regalar amor.

El amor nos hace vulnerables porque le permitimos al otro tocar nuestras fibras más sensibles. La fortaleza propia está en abrirnos a sabiendas de que en la apertura pueden hacernos daño, pero que el goce potencial del encuentro amoroso es el mayor disfrute que podremos experimentar en la vida.