Acá no duerme nadie
En mi cabeza siempre trato de encontrar mejores palabras que las que ya dije, alguna forma más concreta y clara de expresarme. Explayarse demasiado en una explicación a veces tiene el mismo efecto de vaguedad que una frase suelta y sin contexto. Más palabras no significan mejor comunicación.
Estamos acostumbrados a hablar por hablar, a opinar en cantidad y variedad, muchas veces sin pensarlo detenidamente. Escribir un estado, un mensaje de WhatsApp, un tweet, etc; todo tan al alcance de nuestras manos y con un feedback instantáneo. Eso hace que en nuestro afán de ser los primeros o de hacernos ver terminemos cayendo en el clásico “hablar sin saber”.
Vivimos en la época dorada de la comunicación a nivel global, tal es así que nos resulta totalmente normal tener una charla viéndonos las caras en tiempo real con alguien que vive al otro lado del mundo. Sin ir más lejos, hace algunos años esto resultaba imposible para cualquiera.
Hoy en día cualquiera puede generar un impacto, cualquiera puede ser un agente de cambio para sí mismo o para los demás. No todo tiene que ser serio y acartonado, pero a la vez no todo tiene que tener ese nivel de frivolización al que nos acostumbraron en el último tiempo. Quisiera estar vivo el día que encontremos ese equilibrio.