El último Genio


Llegó casi sin hacer ruido, por la puerta de atrás, cómo lo hacen los grandes, con humildad. Habló con Balbi, su amigo, y le dijo que venía a jugar a Nacional. No puso condiciones; no quería plata. Incluso cuando le dijeron que iba a cobrar 3 mil dólares, preguntó “pesos, ¿no?”. Porque el no venía por la plata, quería jugar en el club de sus amores y hacer historia. Y vaya si la hizo.

Se dijeron muchas cosas. Se dijo que al Chino el hincha de Nacional lo insultaba cuando jugaba en Danubio. Pero el hincha de Nacional lo único que sentía era dolor, porque alguna vez Pacheco declaró que el Chino iba a jugar con él. En la cabeza de ningún tricolor entraba ver al último genio con la rayada. Se caía un ídolo. Un tipo que en 1997 eludió a 8 rivales (incluído el golero) e hizo el mejor gol del año con Nacional. Un tipo que cuando en la selección era chiflado y silbado por toda la parcialidad aurinegra, en Nacional se lo respaldó. Cuando Álvaro Alexander tiraba un centro mal y al primer palo, la gente lo aplaudía igual.

Y el Chino no se olvidó. Le prometió a su viejo que iba a venir y vino. vino a buscar la gloria, pero sobretodo, vino por amor.

La relación que tiene Recoba con la pelota no tiene explicación. La mima, la cuida, la trata, la ama, como un padre a su hijo, o como un abuelo a un nieto.
La pelota simplemente es el medio. El medio que hace que lo que parece irreal, se torne verdadero. Que lo que parece magia, no lo sea, y sea una pierna zurda privilegiada, como no las hay hoy en día.

Pocos jugadores con tanta clase vi con mis apenas 24 años en Nacional. Vi jugar a O’Neill, a Ruben Sosa, a Matute Morales, a Gallardo, a Tejera, a Limberg Gutiérrez. Vi a muchos, a tantos que ahora no se me vienen a la cabeza y tampoco quiero ser injusto con ellos. Pero nadie es y será como el Chino.

Nadie en Nacional esperaba todo lo que iba a pasar desde que Recoba se puso la blusa más laureada. Se podía vislumbrar calidad, buen trato de pelota, se podía llegar a imaginar una pelota bien puesta. Pero nadie imaginaba que este ídolo iba a sentir y a querer esta camiseta como pocos.

El primer clásico donde apareció su magia fue para dar vuelta un 0–1, donde Peñarol empezó ganando con gol de Rosano. 1–1, 47 minutos del segundo tiempo y penal para Nacional. A cualquier jugador en el mundo esa pelota, ese penal, ese momento, le hubiera pesado tanto que no se podría explicar con palabras. Pero el Chino, decidido, le rompió el arco a Carini y nos hizo vibrar.

Después iban a venir goles olímpicos, goles de afuera del área, magia pura. Algo extinto en este fútbol chato, mestizo, rústico, donde pegar una patada parece algo común, de todos los días.

El Chino todavía nos tenía preparadas muchas más alegrías. Porque también, para no perder esa costumbre de dar vuelta clásicos y definirlos, puso el 3–2 con un tiro libre al primer palo que nadie lo imaginaba. Y otra vez nos hizo vibrar.

Pero el destino, la vida, tenía preparada una vuelta inesperada para el Chino: Nacional perdió 5–0 y fue la segunda mayor goleada histórica de un grande sobre el otro (la primera es un 6–0 de Nacional sobre Peñarol).

¿Cómo levantar eso? Un Chino que se quería retirar, ya hasta casi cansado de jugar al fútbol, que no le estaba devolviendo lo que él le daba. Cambiaba magia por sufrimiento.

Y lo lindo que tiene el fútbol y la vida, es que te da revanchas. Y ahí apareció mi ídolo para demostrarme lo que es Nacional: magia, huevos y buen fútbol. Un clásico que se iba a volver a perder, 45 minutos sufriendo, Nacional empata “a lo Nacional”, e iba a quedar una última chance, una última demostración de lo que este genio del fútbol mundial puede hacer. Parábola perfecta, Migliore que no llega y a llorar al cuartito. Mezcla de lágrimas, emoción, alegría. Felicidad.

El Chino Recoba representa todo lo que es Nacional futbolísticamente. Esa casaca número 20, que el día que se retire deberían colgarla en la sede y que nunca más nadie pueda vestirla. Porque es un ídolo. Un ídolo que supo ganarse un lugar en mi corazón y en el de todos los nacionalófilos.

Como dijo Muñoz en el relato, después del bombazo contra la Ámsterdam: “cómo te va a llorar el fútbol uruguayo cuando te retires, Chino”.

Y como no lo vamos a llorar. Si es el último genio de la pelota.