11 de junio de 2016

Ayer salí del trabajo y me puse a caminar por el High Line hasta Meatpacking District. Un paseo de unos treinta minutos que pienso incorporar a mi rutina de los viernes a partir de ahora, para desconectar un poco. El High Line es un parque urbano construido sobre unas antiguas vías de ferrocarril elevadas que cruzan la parte oeste de Manhattan. Empieza un poquito antes de la calle 12 — concretamente en la calle donde se encuentra el Whitney Museum — y llega hasta la 34, justo al lado de mi oficina. El parque es singular como parque. Por su ‘naturaleza’ es más un espacio pensado para pasear que un destino en sí mismo y la verdad es que es un puntazo poder cruzar Manhattan caminando por encima de los coches, los semáforos y el barullo. Por lo visto — y con esto termino la lección magistral sobre el parque del que podéis leer mas cosas aquí — en su momento habían tantos atropellos mortales que decidieron elevar las vías facilitando de paso el transporte de mercancías, puesto que los trenes podían entrar directamente a los almacenes y cargar y descargar sin perturbar el tráfico.

Más allá del parque, lo que resulta peculiar del paseo es que a lado y lado de las vías han ido construyendo decenas de edificios de lujo, algunos de los cuales ofrecen maravillosas vistas de las vidas íntimas de sus inquilinos. Y conforme iba observando esto me di cuenta de algo evidente: ¡el parque en sí mismo es un paseo diseñado para mirar y ser visto! Es un juego descarado. Los paseantes desfilan por la pasarela — parecido a como nos comportamos cuando recorremos los pasillos delineados en Ikea — y cada ciertos metros uno tiene la posibilidad de ‘apearse’ y tumbarse sobre un césped o sobre alguna pieza de mobiliario urbano. De cualquier forma, uno viene aquí a relajarse mirando a la gente que está tumbada o a tumbarse y observar a la gente que pasea. O a que le observen, claro está. Es posible que el concepto de intimidad varíe entre dos culturas como la española y la americana, pero resulta curioso ver cómo algunos inquilinos de los edificios aledaños parecen divertirse cuando un grupo de turistas saluda insistentemente, como si estuvieran en el Zoo. También tiene su gracia pensar en este parque como una especie de Zoo de alto standing en el que en vez de animales enjaulados hay personas con mucho dinero — el paralelismo da mucho juego, está claro.

Hay un tramo del paseo en el que las parejas se dan cita porque el espacio resulta mas íntimo, pero es un tipo de intimidad que de nuevo invita a la indiscreción. Uno puede llegar a intuir perfectamente en qué punto está la relación de cada pareja. Hay conversaciones acaloradas que parecen haber estado aguardando días para hacer tabula rasa a las puertas del fin de semana. Otras que parecen no poder esperar un segundo más y están a punto de convertirse en escenas tórridas. Pasado este tramo de mi camino decidí parar a escribir esto y observar con más calma a la gente — y para poner la oreja en alguna que otra conversación, por qué negarlo. — En estas escuché cómo un chico de unos 15 años le preguntaba a su padre “¿Y cómo es haber estado casado tantos años con mamá? ¿Qué se siente?” y el padre le contestaba “Pues mira… ¿Verdad que tienes un iPod y que en el iPod tienes unas 10.000 canciones? Pues ahora imagínate que sólo tuvieras una canción”.

Y ya que la cosa hoy va de indiscreción, terminaré con una pequeña historia ocurrida en Nueva York que recogía la prensa estos días. Resulta que un antiguo director de Barclays ha sido imputado por pasar información interna sobre futuras fusiones de empresas a su fontanero, quien ha sido acusado de utilizar las pistas para ganar dinero en la bolsa. El director aún tiene que prestar declaración así que no conocemos los detalles de su esquema para cometer el fraude. Lo que sí sabemos es que el fontanero no le cobró la reforma del baño al banquero y que le va a caer un buen puro. Más allá de lo anecdótico, me gusta reparar en que estas son las historias que pasan a mi alrededor, en esta ciudad.