EL EJÉRCITO

Susana Aguiló

Hacía siete noches que la luna se balanceaba seductora.

Un halo de luz traspasaba como una espada la exuberante vegetación, y descubría un aroma joven y salvaje.

Próxima estaba la comitiva que aguardaban los habitantes de la aldea, para dar comienzo a la ceremonia.

Aquel ejército avanzaba sobre el territorio turgente y oscuro, provocando temblores a su paso. Marchaban ordenadamente. Uno, dos. Uno, dos.

Cada centímetro transitado se convertía en una marca permanente. Su meta era clara y su labor, eficiente.

No lejos de allí, envuelta en sombras y resina se hallaba Yucu, la hija de uno de los Jefes. Mientras caminaba sigilosa por el conocido terreno, pétalos blancos se colaban entre sus dedos pequeños.

La sobresaltó de pronto el batir de alas de unas aves oscuras; burlándose de sí misma se agazapó como un felino y contuvo la respiración… había encontrado el lugar ideal desde donde espiar el villorio.

Esa noche concluía la ceremonia a la que no estaban invitadas las muchachas de su edad. Un grupo de kunamys eran los únicos protagonistas de aquel rito de Iniciación. Y entre ellos, estaba Camé.

Yucu acariciaba la cuerda de nudos que el adolescente le había regalado y con la que contaba los días que faltaban, para huir de la tribu.

Ella había sido prometida por su padre a otro hombre, por esa razón debían escapar.

La única opción era remontar el río, vencer sus corrientes cambiantes y traicioneras para llegar a las lejanas orillas… y ser libres.

Sabía que lo lograrían, Camé era un diestro canoero.

Camé… Las imágenes de sus encuentros a escondidas emergían como espejismos, que no lograba alcanzar.

Un chillido quebró la noche y la devolvió a otra realidad.

A pocos metros, el chamán tendía un manto de humo sobre los muchachos; en ese momento el hechicero transmitía parte de su magia y fortaleza a los futuros guerreros.

Los caribes creían en lo sobrenatural y también profesaban el martirio, por eso celebraron la llegada de ese ejército de hormigas que marchaba implacable, sobre los cuerpos adolescentes. Hormigas sagradas cuyo paso era acompañado por tambores que atraían fertilidad y abundancia.

Los jóvenes sabían que no debían sucumbir al dolor para ser aceptados por sus mayores. Pero uno de ellos no lo soportó. Enloquecido, sacudió las hormigas adheridas a su cuerpo y escupió, y maldijo a cuantos se acercaron para detenerlo.

Camé intentó salvarlo de la ira del chamán pero lo apresaron y ataron a un árbol, mientras su compañero era degollado.

La escena conmovió a Yucu que sin pensar en las consecuencias abandonó su refugio de sombras, para interceder por su amante.

Así quedó al descubierto el romance.

Fuera de sí su padre le impidió defenderse y la arrastró hasta los pies del hechicero, que decidió castigarla por desafiar a los dioses.

La joven vio con horror como los rostros conocidos de pronto se transformaban en máscaras de venganza.

Puños y pies la recorrieron sin piedad y su progenitor, fue el verdugo más despiadado a la hora de los azotes.

Aunque no podía moverse, ataron sus pies y sus manos, las que no aceptaron deshacerse de la cuerda de nudos.

Con desprecio la dejaron junto al árbol donde agonizaba Camé.

Uno, dos. Sólo dos nudos faltaban para cruzar el río, y estar juntos para siempre.

Uno, dos, atravesaban las hormigas, el cuerpo de la niña mujer.

El dolor se tornó punzante. Yucu pensó en los Ichieris, aquellos espíritus bondadosos que su abuela aseguraba, asistían a los más indefensos. Quizás se compadecerían de ellos dos y vendrían a rescatarlos.

Desesperada la muchacha intentó aferrarse a los recuerdos, pero habían desaparecido.

En ese instante, un sonido diferente invadió la aldea. Un viento intenso presagiaba calamidades y hasta el ejército de hormigas, se detuvo.

Se despedazó entonces el silencio, cuando un grito de Camé se rompió en él.

Del maltratado cuerpo de Yucu fluyó un río carmesí, mientras las aguas furiosas del río avanzaban hacia el amanecer. Y presa de los remolinos, naufragaba la canoa que habían construido, para escapar.

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