LA OTRA CARA DE LA LUNA

La luna estaba presente cada noche, para iluminar el camino que los cuatro caballeros atravesaban para llegar a sus hogares.

Oro, basto, copa, espada, eran los símbolos de sus estandartes y cada uno de ellos, pertenecía a un reino diferente.

Los valientes guerreros junto a sus briosos caballos vigilaban los alrededores espantando enemigos, plagas y posibles ciclones.

Los cuatro caballeros lucían semejantes a los de las barajas españolas y aunque imposible parezca, el cuarteto se disputaba el amor de la luna.

Sapos, grillos, bichos de luz y camalotes, eran testigos cada noche de los juveniles suspiros.

Era conocido por todos que la luna aparecía cada noche para deleitar y acompañar a todos los moradores de la Tierra, mas los caballeros insistían que ella se exhibía en el cielo para llamar su atención y que en poco tiempo, se casaría con el mejor.

Los animales de la laguna se burlaban de los jinetes reales pero no tenían el coraje para decirlo en voz alta, porque sabían que aunque algo locos, eran adversarios peligrosos.

Ajenos a las habladurías de sus vecinos, los cuatro jóvenes decidieron consultar al sol acerca de los gustos de la luna.

Lo hicieron discretamente y por separado.

Como el sol recorría otros lugares durante la noche, no tenía idea acerca del amor de los caballeros por la luna, de manera que no le pareció extraño su proceder.

Tiempo después llegó una noche especial, una noche que no sería como cualquiera.

Desde los cuatro puntos cardinales arribaron los caballeros de oro, basto, copa y espada para ofrecerle una serenata a la luna.

Uno de los caballeros llevó su violín y otro un piano de cola. El tercero una hermosa y ruidosa pandereta y el último, un acordeón.

Asombrados al principio por haber tenido la misma idea, la misma noche, el cuarteto optó por no interrumpir la serenata planeada.

La luna estaba encantada ante semejante espectáculo, parecía danzar envuelta en la música de los cuatro instrumentos que ejecutaron sin interrupción, cuatro piezas inolvidables.

Para finalizar la serenata, los jóvenes tocaron un vals y la luna fascinada, se paseó por el firmamento más regordeta y más brillante que nunca.

Como es digno del código de honor de los caballeros, ninguno reclamó como suya la idea y se retiraron aquella noche con el aplauso unánime de sapos, insectos y estrellas.

Transcurridas las semanas como era de esperar, la luna se paseaba de tal forma que de a ratos parecía más delgada.

Los caballeros pensaron que al igual que ellos, la luna enamorada estaba inapetente otra vez y por eso, tanto y tanto adelgazaba.

Según los entendidos era noche de luna nueva y ante el espanto de los jinetes reales, la luna no estaba.

Como las veces anteriores, le preguntaron al río que no dejaba de correr y al viento entrometido pero nadie sabía a ciencia cierta, qué había sucedido con ella.

Un sabio búho llegó para aclarar sus dudas y burlándose de ellos les dijo :

–“Tanto que proclaman que se han entrenado para ser caballeros de allí y caballeros de allá, mas no saben nada acerca de las fases lunares”.

Les habló entonces acerca de las variaciones aparentes de la luna, de sus cambios de posición respecto al sol y a la bella Tierra.

Les contó también acerca de las diferentes formas en que se mostraba para que la admiraran, como parte de la maravillosa creación.

Habían estado tan ocupados los jóvenes en su propio mundo y dimensión, que por ello desconocían de la luna su situación.

El búho animado por semejante audiencia, les narró detalles sobre las constelaciones que acompañaban a la amada luna durante las conocidas pero no menos encantadoras estaciones del año.

Más de ochenta y seguramente muchas más por descubrir: Andrómeda, Pegasus, Dorado, Osa mayor, Osa menor y luego de relatarles las historias antiguas escondidas tras aquellos nombres, los sorprendió el día y las labores en sus respectivos reinos y calendarios.

Se despidieron entonces los caballeros del búho y resolvieron esperar pacientemente el regreso de la bella luna.

Esa noche marcaría un antes y un después en sus vidas, ya que el cielo no volvería a ser el mismo para ellos.

La luna al igual que las estrellas, eran parte del azul tapiz que cubría cada noche al mundo entero, de manera que a ninguno de ellos pertenecía.

Tiempo después, cada uno de ellos encontró a su verdadero amor y bajo la luz de la luna, contrajeron matrimonio el mismo día, a la misma hora.

El cielo pintado con las más bellas constelaciones los cubrió durante la ceremonia y el festejo, mientras un grupo de sapos y grillos escuchaba cerca de allí, las anécdotas de un búho sabio y muy muy viejo.