Una terapeuta que ya no frecuento una vez me pidió que haga las paces con el hecho de que a veces no se tiene nada deslumbrante para decir. Con el tiempo pude entender a dónde quería llegar, y me llevé un disgusto: quizás las crisis del primer cuarto de la vida son tan destructivas que obligan a algunas personas a resignarse y bajar tanto la vara que anteponen la cálida y sedante sensación que provoca estar en compañía a la calidad de la misma. Sentirme menos sola, entonces, iba a darse sólo si estaba dispuesta a abrazar la idea de que en realidad nadie esperaba tanto de mi, y comenzar a actuar como si no esperase nada de nadie. Esa nunca fue y sigue sin ser la forma en la que quiero vivir mi vida. No quiero ser esa persona en la vida de nadie.

La verdad que más duele es que, en retrospectiva, quizás he dejado mucha energía en montar un show que nunca me llevó a ningún lado. Nunca me puso en esos lugares estratégicos, ni me cruzó con esa gente hermosa y fantástica a la que creía que quería parecerme. Detecto a las leguas la puesta en escena, la desprecio, y aún así hay días que no puedo evitarlo. Lo intento lo mejor que puedo, pero mi delivery es, como mínimo, mediocre. No puedo ir en contra de mi naturaleza; a veces me repito que quizás ahí radica mi encanto (las cosas que no digo, las cosas que no sé), pero no estoy tan segura.

Hacía un mes que no escribía nada.

Después de tanta ineptitud, haberme dado cuenta de que hoy en realidad me senté a hacerlo solamente para que algún desconocido lo lea y me valide fue una piña que me llegó de la nada y a los dos párrafos me reventó la jeta. En realidad quizás es lo mejor que podía pasarme: si no hubo aguja que me perforase lo suficiente como para asomar por el otro lado, ¿hubiese tenido sentido hablarle a nadie de cómo duelen los pinchazos, enredándome con palabras que, si soy del todo honesta, a veces no termino de entender? Porque mi completa falta de marco teórico en torno a la vida nunca me impidió que en los días más corajudos intente significar insignificantes para impostar una lucidez que no tengo, pero al menos antes prefería guardarme las pretensiones. El desacato de ahora no me sienta bien, no soy yo, pero el cuerpo me lo pide; suelto al mundo algo que es una cagada y para colmo me deja en el piso, vulnerable y lista para que me sigan pateando… y sin embargo nadie lo hace.

Fueron treinta días. Hice listas. Afirmé cosas. Prediqué una autenticidad de la que aún no dispongo. Me dejé interpretar y acepté cada día esa percepción como mi nueva realidad. Me cansé de actuar, pero también me di cuenta de que si no lo hacía me cansaba de ser y no evocarles nada. También fallé en eso último. Pedí ayuda y después disculpas por aburrirlos a todos. Me atrincheré en hermosos lugares que me prestaron. Me sentí muy sola. No me pude dormir. Soñé diez noches seguidas que era perseguida por personas sin cara, que me moría de cáncer, que mis amigos se iban lejos y nunca volvían y que las personas que más quiero me mentían, y ni siquiera podía enojarme porque en el sueño yo lo entendía. Lloré como una nena porque la letra de una canción no me estaba hablando a mí, pero sobre todo porque nunca voy a poder escribir algo así. Me descuidé y no me importó. Me di pena, y ya no quiero más.

Quizás si soy igual a todos. Quizás si nací sólo para aplaudir. Ese prospecto me aterra.

No quiero que sea así. Quiero hacer que las cosas se muevan y dejar de moverme con ellas.

Quiero tener un punto al que llegar. Mi cabeza ya no es mi casa. Mi casa ya no es mi casa.

Quiero que la violencia alcance su clímax.

Me gustaría tener un remate para tanta lágrima; me gustaría no exponerme al pedo, pero por ahora no tengo los recursos. Dicen que el arte una vez engendrado te deja de pertenecer, y dudo que esto sea arte, pero estoy segura de que ya no quiero que sea mío.