Cacerolazo #30A: síntomas de un país en quiebra
Esther está parada en 7 y 50, en medio de la calle, obstaculizando el tránsito junto a otras ochenta personas. Golpea su cacerola con una cuchara de madera que tiene bastantes años, la misma que usó para hacer la comida de sus dos hijos. Vino sola, con su cacerola, su cuchara, sus setenta y dos años y su paraguas que lleva apretado bajo el brazo. Llegó al centro platense a reunirse con vecinos como ella, que se autoconvocaron bajo ninguna bandera política y que tienen la soberana conciencia de saberse dignos de luchar por sus derechos ante una de las embestidas neoliberales más grandes de la historia.
Desde principios de siglo que el país no sufría semejante desguace del sector estatal. En poco más de dos años y medio, Mauricio Macri convirtió a la Argentina en el país que más deuda emitió en dólares a nivel mundial, triplicando el valor de la deuda griega. No obstante, esos fondos no se destinaron a salud, educación, infraestructura o demás políticas públicas. El presupuesto universitario por ejemplo, se recortó en $4.000.000.000, a los docentes les ofrecen un %15 de aumento salarial reconociendo que la inflación hasta agosto fue del 30%, las jubilaciones están en riesgo dada la destrucción del Fondo de Garantía de Anses y la devaluación de la moneda argentina no para: un dólar vale casi cuarenta pesos.
Esta tarde, bajo pleno aguacero — nunca tan puntal Santa Rosa — se movilizaron en Buenos Aires alrededor de 500.000 personas para defender la Universidad pública: hace tres semanas que las 57 universidades nacionales se encuentran de paro por tiempo indefinido. Y esta noche los ciudadanos de todos los rincones del país resolvieron que a las 20 saldrían a hacer un cacerolazo en cada esquina. Por eso Esther, una jubilada, se encuentra junto a otras personas bloqueando las principales arterias de la ciudad: son mamás con chicos, trabajadores del Astillero Río Santiago, adolescentes, hombres y mujeres, con carteles, cacerolas y pancartas.
“Vine por mí, por mis hijos, mis nietos, mis compatriotas. Vine por la indignación que tengo, porque pensé que estando jubilada no me iban a sacar derechos. Más que nada para defender los derechos que tenemos todos, que se los están llevando puestos. Más allá de la política, los derechos del niño, de la ancianidad, del trabajador no se respetan. Se llevaron todo puesto. Tenemos que tratar de salir de esta situación de alguna forma, sin violencia. Sobre todo sin violencia” — remarca.
Esther forma parte de un grupo de jubilados organizados en La Plata. Hace dos meses que salen el primer y el tercer miércoles de cada mes a hacer una ronda en plaza San Martín y terminan concentrándose frente a Gobernación.
— Esa es la única manera de que nos vean, de que nos escuchen — afirma, convencida de que a los derechos se los conquista y se los defiende en la calle.
Los autos que bajan de 50 y doblan para el lado del cine San Martín lejos de enojarse por la esquina bloqueada, se solidarizan con el reclamo tocando amistosamente la bocina. No hay banderas políticas: hay algunos pañuelos verdes, hay camperas, gorros, carteles y paraguas. Circula entre los manifestantes una lapicera y un formulario encabezado con una frase en mayúsculas: NO AL VACIAMIENTO DEL ASTILLERO RÍO SANTIAGO. Los presentes colaboran con los trabajadores firmando. Una docente sostiene en alto un cartel que dice “Ser docente y no luchar es una contradicción pedagógica”. Un hombre en su cartel escribió “Macri ladrón de futuro”. El trapito que cuida los autos en el estacionamiento del lado de la plaza hace los dedos en V y sonríe a la pequeña multitud que canta enardecida ¡que se vayan todos, que no quede ni uno solo!
Autos y camionetas de tránsito y de control y convivencia urbana rodean la plaza. El cacerolazo es ruidoso y se suma gente de a poco: gente que viene con su cacerola o sin nada, con sus palmas, con la certeza de que la patria peligra y que se puede hacer cualquier cosa excepto no defenderla.
Los manifestantes no se quedaron quietos: dieron una vuelta manzana por 8, donde algunas de las personas que estaban cerrando los negocios se solidarizaron con una seña amistosa con la mano en V, o como los trabajadores de Mc Donalds, que levantaban el brazo y hacían señas simpáticas del otro lado del vidrio.
¡Ojuremos con gloria morir, ojuremos con gloria morir!, cantan en uno de los días más negros para la patria. La Argentina del himno nacional no tiene nada que ver con esta de ahora, arrodillada frente al FMI y con 1 de cada 3 argentinos sumidos en la pobreza. La Argentina del himno es soberana económica y políticamente, es noble y se parece más a esa que con la frente en alto pagó la deuda al FMI en el 2006 y se volvió soberana de sí misma, a esa que le dijo NO al ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas), a esa que volvió a apostar por la Ciencia. A esa que apostó por todos nosotros.
Esther lleva una bandera argentina atada en el cuello, como si fuera una capa. Camina cantando con los demás y pisando los charcos que dejó la tormenta de hoy con sus zapatillas de lona. En cierta forma esa bandera flamea en su espalda, asemejándose a una capa de verdad, como esas de los héroes animados. Y en cierta forma ella, que marcha por el que es su derecho y por los derechos de todos los argentinos frente a uno de los recortes estatales más salvajes de la historia argentina, también es una heroína. Mejor que las de marvel.