“Estas haciendo las cosas bien, hija”

Hoy llueve y estoy sentada en un café, mirando la gente pasar por la ventana con música de fondo.

Últimamente, te pienso mucho. Después de mi regreso de Argentina tuve unos meses medio movidos y es generalmente cuando más quisiera descargarme y contarte mis preocupaciones (exageradas y con solución) y en las que vos me responderías que “todo va a estar bien”,que soy joven e inteligente y que tengo el mundo por delante, que tengo tiempo y que, al final, todo se va a acomodar. Créeme que desde que te fuiste, ya no soy la misma niña de 18 años que no creía en si misma. Cambié mucho y me quiero mucho y creo en mí. El problema es que, como todo el mundo, a veces no logro verlo, o me olvido de eso en el proceso.

El otro problema es que me gustaría que estés vos para recodármelo, pero eso es imposible. Intento recrear la conversación que tengo conmigo misma, pero al frente te tengo a vos. Sonriente y radiante, llena de luz. A veces no hablamos, solo me abrazas y eso es más que suficiente. Ese poder de mi imaginación es maravilloso porque por momentos me reconforta. Pero, lamentablemente, a veces no es suficiente porque te quiero a vos, quiero un abrazo de verdad. Lo más doloroso que tuve que aceptar fue, que, aunque desee con todas mis fuerzas tenerte de nuevo, eso no va a pasar, que no vas a volver.

Hoy puedo hablar de tu muerte, de tu ausencia. Acepté que ese vacío no se va a llenar. Al principio, de solo pensarlo no podía respirar. Estuve mucho tiempo enojada con vos, pero lo mas difícil fue estar triste. Me reconstruí con mucho trabajo, sesiones de terapia y el apoyo incondicional de mi papá. Cuando te fuiste, cuando acepté que ya no ibas a volver fue como si alguien me hubiese abierto el pecho y con las manos me hubiese arrancado el corazón. Me sentía vacía y no podía aceptar el estar sin vos. Quería que me tragase la tierra — en el sentido literal de la expresión — , y que pasara un tiempo, y volver a salir cuando ya hubiese pasado lo peor. Regresar cuando ya no me dolieses más. Regresar cuando toda la tristeza se hubiese esfumado. Pero los duelos no funcionan así: para que la tristeza se fuera, tuve que dejar que sea parte mía, tuve que sentirla en cada célula de mí. Me dolía despertarme, comer, cambiarme. Me dolía todo. Lloré hasta vaciarme; lloraba en todos lados y en todo momento, por meses. Tuve mucho miedo, porque fue como entrar en un túnel donde no veía la luz y del que no sabia si iba a salir. Pero lo logré, y estoy orgullosa de eso. Y de solo pensar el camino que recorrí, se me llenan los ojos de lágrimas.

Aprender a vivir sin vos, me enseñó, entre otras cosas, a reciclar los recuerdos y a usarlos cuando los necesito. Como si fuese una película, rebobino la última conversación que tuvimos, el último consejo que me diste. Fue un 24 de enero de 2012, en el hospital en el que estabas. Tu cuerpo ya no era el mismo, pero estabas entera de espíritu. Las dos sabíamos que era la ultima vez que nos íbamos a ver. Era lo mejor y lo pactado: yo tenía que irme a empezar mi vida en otra ciudad. Te iba a “abandonar” como muchos dijeron, pero las dos estábamos en paz con eso. Yo, como siempre, estaba preocupada por cosas que tenían solución y te pedí un consejo. Me dijiste “todo va a estar bien. Estas haciendo las cosas bien, hija”. Y las dos sabíamos que era el último consejo. Y hasta el día de hoy, vuelvo a reproducirlo cuando necesito tus palabras, tu apoyo incondicional.

Aunque hoy necesite más que estos pedacitos tuyos, al menos te siento conmigo y sé que tengo alguien que me cuida y que me protege. Gracias por ser luz, esa luz que me guío en ese túnel oscuro y que me guía hoy.