Océano.

No hay nada que me de tanto miedo como el océano y lo sabes. Ahí es donde me llevaste la última vez que te vi ¿por qué harías eso?

Me dijiste que respire hondo, que aguante lo que más pueda y que si veías que yo no resistía, vos conocías un atajo para volver lo más rápido posible. Sin pensarlo dos veces, empezamos a nadar, cuánto más lo hacíamos la oscuridad del océano nos iba invadiendo, en cada espacio, casi no podía reconocerte si no fuera porque aún, como podía, seguía teniéndote la mano aunque vos me la soltaras cada vez que le querías dar paso a algún pez, como si no pudieran pasar por otro lado más que entremedio nuestro. Aún así, cada vez que te perdía, volvía a buscarte. ¿Alguna vez tuviste en cuenta que yo no sabía nadar?

El aire ya no me alcanzaba, podía sentir mi frecuencia cardíaca disminuir pero a la vez hacerse más grave, podía escuchar los latidos de mi corazón en mi cabeza, sentía que eran algo exterior, no podía escuchar nada más que no fuera eso. Te avisé como podía, con tus uñas me cortaste el brazo y la sangre comenzó a desparramarse. Te miré confundida, y a modo de chiste me dijiste que ahora, con ese corte, iba a dejar de pensar en mi falta de aire y solo me enfocaría en el dolor.

¿Vos sabías que la sangre atraía a los tiburones?

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