Gajes del oficio de la autosuficiencia.

Vivir sola ha exacerbado ciertas mañas no del todo felices. Comenzó como un sutil ostracismo, desde ya voluntario, que con los meses está evolucionando a una autosuficiencia que implica sorprendentes e insólitos aprendizajes, como lo ocurrido ayer por la tarde. Por primera vez voy a dejar de lado, al menos por un rato, la cronología, forma de narrar que amo, siempre soy muy respetuosa de los pasos, pero en este caso quiero distinguir el resultado final, esa frutilla del supuesto postre. “Aprendí a sacar el aire de las cañerías de mi departamento por el solo hecho de no tener que hablar con el plomero”. Me da tanta fiaca la comunicación con otro ser humano que preferí meter la mano en el flexible del bidet. Si tal cual como se lee, algo tan antiestético y tan argentino como el bidet. Lo primero fue conseguir una herramienta denominada pico de loro o llave inglesa. Aunque no estoy tan segura de esa o quizás son dos herramientas muy dispares, desconozco y no creo necesitar nunca jamás evacuar esa duda. Describo la imagen yo descalza con el jean arremangado, en una mano un trapo de piso y en la otra la herramienta. Sabía que con el pico de loro debía desenroscar el flexible, hasta hacía un rato le decía fusible y una amiga me dijo que estaba errada pues, se relacionaba con la luz no con el agua. Por lo menos tenía que ver con algún elemento. Había visto al especialista en el tema al menos dos veces hacer el mismo procedimiento, y ahora que pienso estoy convencida de haber tenido la misma charla trivial y molesta sobre el bipolar clima que acecha al mundo y desde ya la reincidente historia sobre las cañerías de mi actual departamento. El cuento es así: siempre que me quedo sin agua, la bomba, por estar en un primer piso, se vacía completamente y los caños se llenan de aire. Por consiguiente, una vez que regresa el agua, uno abre la canilla y sale un mínimo chorro que no sirve ni para lavar una cucharita de café. La solución y código enigma está mágicamente en el bidet, por extraño que parezca, las decisiones que se tomaron en la construcción de este edificio, dejan mucho que desear, repito lo que suele decir el plomero. Es un gran secreto que debería ser trasmitido como un mito griego de generación a generación, de inquilino a inquilino.

Retomo mi anécdota, una vez logrado el primer paso de desajuste, comienza a salir un pequeño hilo de agua, que se va alegrando y creciendo a medida que conoce la libertad; aunque por suerte, su libertad tiene un límite: el techo del baño. Ahí no queda otra que presionar para intentar enganchar la tuerca en el flexible sumado a la presión violenta del agua que golpea en la cara como si fuera una trompada. En conclusión, luego de mis esfuerzos, devuelvo el agua a mis cañerías y a mi vida, mientras me río todo mojada pero feliz por haber logrado algo que nunca jamás imaginé, y me digo a mi misma que estos son los gajes de mi nuevo oficio. Bienvenida!