La inocencia.

Aquellos eran otros tiempos. Eran tiempos genuinos. Alina atravesó el océano junto a su galante esposo. Tenían un plan, sólo faltaba que el azar congeniara a su favor. Con 16 años habían abandonado a sus familias, augurando una mejor vida a la espera de nuevas y varias posibilidades.
Todo sabía a nuevo. Ellos eran nuevos en el matrimonio, en el lugar, en el país. Rápidamente consiguieron trabajo, el plan ya empezaba, la felicidad era compartida. Él como repositor de sifones en una distribuidora de bebidas y ella como mucama en una casa de familia. Eran tiempos genuinos, la gente confiaba ciegamente. La familia les prestaba un cuarto en el altillo de la casa, ese fue el primer hogar del radiante e iniciático matrimonio. La idea era juntar plata para más adelante poder decidir dónde y cómo vivir. Mientras tanto había que aguantar y aprender.
Alina era delgada y pequeñita. Su rostro desnudaba su nacionalidad gallega. Se movía con inquietante sigilo, era imperceptible. Todo le daba miedo, ese miedo que se aloja en el interior del cuerpo y que poco a poco lo va entumeciendo y envejeciéndolo. Jamás levantaba la vista, siempre miraba un punto fijo en el suelo. No emitía palabra, ya que la verguenza también la perseguía durante el día; sólo la dejaba descansar en el interior y soledad de su cuarto.
Se acercaba la noche de Reyes. La casa donde trabajaba estaba habitada por dos niños que imaginaban fervientemente la visita de Melchor, Gaspar y Baltazar. La tarde a la víspera, la Señora se dirigió a Alina con confianza y alegría frente a los hijos: ¡Hoy es noche de Reyes, Alina, no se olvide de dejar sus zapatos en el parque a la espera de un regalito!
Alina feliz de sentirse incluida, contemplada y querida en una conversación, en una situación absolutamente familiar, algo que extrañaba ya físicamente; sonrió y alzó la mirada, dejando entrever dos enormes ojos color avellana con la intensidad de un océano y la calidez de un hogar.
Antes de acostarse, luego de finalizar con todos sus quehaceres domésticos, se sacó sus zapatos abotinados y los dejó donde le habían indicado. Se durmió profundamente con una sonrisa dibujada en su rostro terso de niña. Soñó con los Reyes, le traían un bebé bendecido con un nombre particular que sería el sello de su existencia: Dolores. Melchor elegía y definía su belleza: piel de porcelana, nariz redonda y boca delineada. Baltazar modelaba su personalidad tímida, tenaz, perseverante y testaruda. Gaspar auguraba que sería una excelente cocinera y buena en matemáticas.
El primer rayo de luz y el canto del gallo la hicieron abandonar el sueño y rebotar de la cama felizmente. Se vistió apresurada y nerviosa, recogió sus cabellos en el rodete cotidiano y corrió al parque. Había llovido a mares, se habían caído ramas de los árboles, el cielo estaba pintado de gris y violeta oscuro, y allí abajo se encontraban las botitas inundadas en un inmenso charco. Se habían despintado casi hasta volverse de un color indefinido. Allí mismo sobrevino el desconsuelo en Alina, las lágrimas le brotaban de los ojos con la fuerza de un huracán, se sentía estafada y huérfana. Eran su único calzado y vestigio de su vida anterior, del otro lado del océano.
Con la tristeza a cuestas, trabajo descalza, mientras dejaba secar sus zapatos junto al horno de la casa. Meses más tarde supo que llevaba en su vientre el regalo de Reyes.