La villana favorita.

Mientras todos cantan el feliz cumpleaños para mí y me exigen al unísono los tres deseos, yo deseo “que el mundo se vuelva celíaco” y agregó para mí interior “si yo no puedo comer gluten y ser feliz, entonces que nadie lo sea”.

Hace ocho años atrás mi vida alimenticia cambio. Pesaba 42 kilos y una pena de amor. Mi endocrinóloga, hipocondríaca y fan de las enfermedades, soltera y asidua del video club de mi barrio, acertó en su diagnóstico. Dijo: esto es mucho más que tristeza. Desde ese instante salió a flote una maldad indescriptible, un odio profundo, una envidia insana, unos deseos malditos. Agustina María Mandinga. Pero el mundo nunca se prepara para que seas la villana favorita de nadie, así que no me quedó más remedio que reprimir mis pensamientos oscuros y mis deseos poco amables, y sonreír y agradecer que todo podía haber sido peor.

Pero en este escrito soy libre, puedo sincerarme. Que mal me caen los comentarios solidarios y empáticos de la gente. Por ejemplo, “yo re podría ser celíaca”, mientras intenta masticar una galleta dura con la que podría sacarle un ojo a su enemigo. “Es riquísima tu comida”, revolviendo un plato de pastas de arroz intentando al menos que un fideo se pinte de salsa de tomate. “No entiendo cómo te quejas, cómo no te gustan estos masitas”, frase que debes traducir ya que la dice cuando intenta despegar la maicena tatuada en el paladar.

No mientan más, las mentiras tienen patas cortas. El gluten es felicidad en forma de paquete de galletitas, de alfajor, de cheescake, pizza y no sé cuantas más cosas podría enumerar. Los sabores se han acotado, al punto de asemejarse todo al arroz. La base de mi alimentación y la de los chinos.

Lo que sí es una gran verdad es que la celiaquía me ha dado inmunidad, ya nadie nunca más puede ignorarme en un cumpleaños, en una cena, en una reunión, en una cita, porque socialmente los tildarían de insensibles y poco considerados; pero lo que es peor me quedaría sin comer.

Es imposible no hacer alusión al aspecto social que implica esta enfermedad, quizás con otra personalidad, más extrovertida y sin fobia a los tupper, hubiera sido una historia más feliz. Pero odio los envases de plásticos que siempre llevan grabados en su memoria la comida que alojaron anteriormente. Son poco estéticos y mucho menos prácticos para llevar dentro de cualquier cartera de mujer.

Para iniciarte en esta nueva onda, te sugieren ir a un grupo de autoayuda de celíacos que hacen un gran esfuerzo por reconciliarse con el mundo libre de TACC, gluten free. La primera máxima, que algunos llevan tatuada a fuego es “comer gluten es comer vidrio” y repiten al unísono solo para intentar convencerse que nos hace mal y nos destruye cuando todos sabemos que es felicidad concentrada. Sí, sí, el trigo es una adicción. Huí despavorida al segundo grito evangelista. Estaba enojada y odiaba mucho. Allí no iba a encontrar la paz. Por suerte, ya ha pasado mucho agua debajo del puente, nuevas leyes, restaurantes, mayores opciones, mucha terapia y charla con gente querida y lo que es fundamental cruce de realidades.

Actualmente convivo con mi villana favorita, de vez en cuando irradio maldad, malos augurios y premoniciones catastróficas que arrasan con la humanidad, pero me consuela pensar que si por esas casualidades del planeta, mañana mismo explotará el mundo o una tragedia natural estuviera por hacerse presente le pido la llave de la panadería a amiga María y espero el fin del mundo comiendo trigo hasta el final.