El pibe de la fiesta

La noche aún me hacía eco en la cabeza. La música retumbaba y los tragos de más todavía se hacían sentir. Culpo a la canilla libre gratuita. El gusto que tenía en la boca era tan malo que la fiesta debía haber estado buenísima. Cuando logre recordarla, me enteraré.

El celular sonaba muy fuerte, me taladraba la cabeza y me costó unos minutos entender que por eso me había despertado.

Tenía varios mensajes sin leer. Tres de ellos eran de “Pibe Fiesta”. Al parecer, él sabía mi nombre. Me preguntaba cómo estaba y si había llegado bien. En medio de la confusión, las manchas se fueron acomodando y recordé una cara.

“Pibe Fiesta” era rubio, tenía los ojos de algún color y estaba muy bronceado. Recuerdo que le pregunté si usaba cama solar y se rió. Seguramente sí. ¿Me gustaba Pibe Fiesta? Esa parte sí que no la recordaba.

Pasaron los días y Pibe Fiesta siguió hablándome. Conversábamos al menos una vez al día. Generalmente más. En una maniobra cuasi detectivesca, conseguí que me dijera su usuario de Twitter. Así supe su nombre: Gregorio. ¿Cómo me iba a acordar de ese nombre? Mi memoria no es buena y no conozco a ningún Gregorio. Bueno, conozco a Gregorio Pérez y a Gregorio Álvarez. Seguramente le pregunté si le pusieron ese nombre por Gregorio Álvarez. Cuando tomo olvido que mis chistes son malos.

Mis ganas de salir con el chico antes conocido como Pibe Fiesta fluctuaban con el correr de los días. A veces, me parecía una idea fantástica y al día siguiente algo me frenaba. No sabía exactamente qué.

Un sábado quiso ir a la rambla a las seis de la tarde. Él vivía en Carrasco y yo en el Prado. Si nos encontrábamos en algún punto equidistante íbamos a llegar casi de noche.

Mi planteo lo descolocó. Capaz que para él lo importante no era tomar sol en la rambla. Capaz que no estaba de acuerdo pero no quiso decírmelo. Quizás pensó que era una excusa para no verlo.

Él estuvo raro por unos días. Me hablaba menos y cuando lo hacía, no sabía qué decir. Eventualmente se le pasó y todo volvió a la normalidad. Me saludaba antes de irse al trabajo, varias veces en la tarde y terminaba la conversación diaria siempre con un “buenas noches”.

Me preguntaba sobre lo que me gustaba, sobre mis planes para el futuro y sobre mi familia. Me contó que tenía 3 hermanos y 11 sobrinos. Hablábamos mucho sobre nuestros trabajos y sobre el estudio. Me mandó fotos de su Golden Retriever porque le dije que me encantan los animales. A él también le encantaban. Igual me pareció un poco raro que comprara perros en lugar de adoptarlos. Se lo dije, y me mostró fotos de otros dos perros que había rescatado de la calle. Me mostró antes al Golden porque era el más lindo. Hablamos de las cosas horribles que pasan a veces en los criaderos y luego nos despedimos por el día.

Un martes me invitó a cenar pero yo tenía clase hasta tarde. Creo que si no, hubiera aceptado. Con el aire más casual que pude, le mandé una foto del cronograma semanal. Era mi forma de mostrarle que quería, pero de verdad no podía. A esa altura, ya me importaba un poco lo que pensara.

Los dos estábamos siempre cansados entre semana. Él trabajaba mucho. Yo estudiaba mucho y trabajaba lo suficiente. Le mandé una foto de mi gata durmiendo sobre mi mesa de luz. Cinco años antes había fallecido su gato persa. Dijo que extrañaba tener gato, pero su padre era alérgico.

No sé cuántos días después, me preguntó si me gustaba el Cuarteto de Nos. La verdad es que no me desagradan, pero me intrigó la pregunta, así que le dije que me encantaban. Me invitó a ir a verlos al Velódromo y yo dije que sí. El sábado siguiente nos veríamos por segunda vez, aunque no sé si la primera contaba.

Pasaron los días, como tantos habían pasado ya, y en nuestra última conversación se mostró vergonzoso como nunca antes.

— El sábado cuando nos veamos… ¿te puedo pedir algo?

— Sí, decime

— Si te podés poner linda; me gustan las mujeres que se arreglan.

Ese sábado no fui a ver al Cuarteto de Nos. Hasta el día de hoy, nunca los pude ver en vivo.