Es fútbol.


La siesta era el momento del juego. Luego, piel viva, ampollas y pus. O raspones cuando se jugaba donde había asfalto. No éramos concientes del dolor ni lo que costaba el merthiolate.

Hacía mucho calor, muchísimo, no se imaginan cuánto. Todos corríamos tras la pelota con el lomo negro y seco por el sol. Bien se sabe que las remeras hacían de arco y que una línea zigzagueante de cal completaba el campo de juego. Éramos muchos. Los pechones, las cargadas, las patadas, los insultos. Que tu mamá esto, que tu papá lo otro, que a tu hermana… esto otro.

Todo era directamente proporcional a la circunstancia de juego. Sabías que hacer un caño era ligarse, segundos después, un puntapié en la canilla -yo era el de los puntapiés en la canilla-, sabías que patear la pelota 20 centímetros arriba de lo permitido, implicaba seguramente tener que pagar el vidrio del vecino, ligar alguna orejeada de tu viejo y terminar yéndote del partido -yo era el de las orejas coloradas-.

No era tiempo para lujos. Ni de los de la cancha, ni de los otros. Nuestros padres hacían más malabares que Maradona y Messi juntos para llegar a fin de mes, y la lela tenía más cintura que el burrito Ortega cuando se trataba de poner una comida variada en la mesa. Era tiempo de bonos que ningún super aceptaba.

En esa infancia crecimos, pensando que éramos el pájaro Paul, a quien todos adulaban por su prestancia y su ligereza, pero además por su modelo opulento, de alfombra roja. Todavía me acuerdo de las chascas del bati, de la remera blanquiceleste de coca-cola que regalaban en la distribuidora, de los muñequitos cabezones… Sensini el más cabezón de todos. Ahh… qué enamorados estábamos del fútbol cuando entendíamos que era un juego y no un negocio.

Como espectador, yo crecí en el wadal. Las mejores jugadas se veían arruinadas por la tierra. Si el tierral se producía en el área, sabíamos desde la tribuna que era medio gol. La tierra colorada, las patadas y agarrones invisibles y el árbitro, albañil de profesión, que miraba a más a 60 metros, jugaban a favor de un campeonato que se veía cada vez más cerca.

Así fue mi primer recuerdo de festejo de gol. Nunca lo vi. Todavía algunos incrédulos dicen que la pelota no entró. Que rebotó fuera de la red, la desacomodó, y entró por el costado externo pidiendo permiso. A mi poco me importó. Yo vi salir al goleador de mi equipo entre las nubes coloradas con el puño cerrado hacia la tribuna. Y vi festejar a doña meca, agitando la bandera… Y el corazón se me salió del pecho. Dije “Gol”, abracé a mi viejo, y nos bajamos los escalones corriendo directo hacia el alambrado.

Me acuerdo de un jugador sensación. No recuerdo su nombre, pero si su presentación. Gran porte. Lo apodaban “el negro”. Por esos tiempos, éramos todos criollos, pero no negros negros. Los marrones, los ocres de nuestras pieles curtidas se veían opacadas por esa piel negro mate que irradiaba elegancia y seguridad. Era el jugador mejor pago del Club Atlético Facundo. Y debo ser sincero, mal que me pese, todo lo que siento por el fútbol se lo debo a ese brasilero.

Ese tipo me hizo entender que el fútbol era real, que no era un invento de Oliver Atom en la tira de Super Campeones. Una tarde lo vi gambetearse 3 jugadores en menos de una baldosa, hacer talladitas en el mediocírculo del corner, levantar la pelota a dos cabezas de la suya y tirar un centro milimétrico de chilena que el delantero cabeceó oportunamente. Golazo. Inolvidable.

Y me hice tan amigo del estilo brasilero, que luego empecé a seguir a otro y a otro, hasta que hubo uno que jugó en San Lorenzo, que me voló la cabeza, Paulo Silas. Realmente era increíble, sus jugadas eran como una mixtura de tango y samba. Tenía un juego por necesidad, llevaba la pelota cerquita cuando hacía falta y aceleraba con increíbles trancos cuando debía pasar a su adversario. Gambeta, gol. Un jugador completo.

Luego, con los años y los mundiales renegué un poco de los brasileros, me argentinicé. Pero después aprendí a aceptar sus 5 campeonatos y su jogo bonito. Se me terminó yendo el enojo cuando empecé a entender que el potrero y la arena son exactamente la misma cosa. Las adversidades de los dos terrenos hacen a mejores jugadores de fútbol, con más capacidad creativa, con más inteligencia para resolver instantáneamente una jugada inimaginable… si, como la de la baldosa.

Y finalmente, con más derrotas que triunfos, entendí lo que realmente significa para mi el fútbol, su valor social. De por qué es tan masivo. Cuando uno puede resolver una jugada en una baldosa, seas el brasilero con 3 defensores comiéndote los talones, o mi abuela y mis viejos con la inflación comiéndote el plato. Si la jugada prospera y logramos salir de esa, somos todos buenos jugadores.

El fútbol, es el fútbol y sus circunstancias. Por eso, aguante Maradona, que por circunstancia histórica, fue más y mejor que Pelé.