Cuatro relatos que deberían darte ganas de correr lejos, pero no es la solución. Parte I

Agus Gomez Kolber
Aug 25, 2017 · 7 min read

La Oralidad

Nos sentamos en el medio del patio, Ella extendió el poncho sobre el suelo y empezó a girar el maté. Su piel curtida por el viento y del color del Sol, dejaba ver el tranquilo pasar del tiempo por aquel Ser de vida suave. La veía ahí, libre de toda complejidad, entregada a la simpleza por la que sus ancestros habían luchado, con palabras y sangre.

Siempre me habló con calma, pausadamente, como quien cuida sus palabras, fonetizando con detenimiento para que su respirar no desarme la frase. Ella era Mapuche, su padre era Mapuche y así todo el árbol paterno. Mapuche significa Gente de la Tierra, de Mapú: Tierra y Che: Gente.

Me gusta detenerme en este detalle de que Ella habla suave y lento, porque no es dato menor, la oralidad en su cultura era el modo de transmitir conocimientos, no tenían un lenguaje escrito. En parte, creo yo, porque no lo precisaban.

Hago este relato a modo introductorio para poder hablarles de un montón de cosas que se nos están escapando, que se me van, así como se me van recuerdos en mi memoria, así como otros se afianzan con imágenes que ya parecen de fantasía, que ya no puedo, ni quiero discernir entre lo real y lo imaginario. Porque ¿qué es real y que es imaginario cuando la realidad planteada parece ciencia ficción y la ficción parece realidad.?

Siempre me detengo a pensar en el pueblo Mapuche como haciendo nudos sobre un hilo para no perder algo tan sutil y profundo como es la Oralidad. No tengo sangre Mapuche, ni Tehuelche, ni Diaguita, me hubiese encantado, pero encontré en su cultura “primitiva” un puñado de Valores que hoy día pueden salvar al ser humano del agujero negro al que estamos siendo conducidos.

¿Que supone para una cultura la capacidad de poder transmitir conocimiento sin la necesidad de dejar registro escrito de aquel conocimiento? Supone una capacidad de relato, de creación del relato, de narración de la hechos y de metáfora. Pero más que nada supone capacidad de Escuchar. Díganme cuanta de aquella capacidad de escucha puede quedar hoy en nuestra sociedad que fue digitalizada de golpe y que ha pasado a comunicarse, incluso de forma tóxica, a través de la escritura. Díganme cuenta de aquella capacidad de Escucha podes encontrar en el supuesto diálogo entre dos periodistas de media tarde. Diganme cuanta capacidad de escucha tiene un político en un debate con un discurso armado, estudiado, en el mejor de los casos en papel. Tilden de trágico y antiguo si quieren, ya hablaremos de etiquetas en otro momento.

Cada tanto me agarra una nostalgia en la que recuerdo la mesita del teléfono que teníamos en el living de casa, ya hablar de “mesita del teléfono” es hablar de un conjunto de objetos con un fin determinado. En aquel lugar podías encontrar, lógicamente un teléfono con cable enrollado y enredado, un anotador lleno de bocetitos y una lapicera o dos porque seguramente una no funcionaba bien. Cuestión, les quiero hablar de aquel rincón del living porque solíamos levantar el teléfono fijo, marcar un numero, hablar con un amigo y después de un par de chistes y tonteras terminar afirmando “Nos vemos en Av. España y Belgrano a las cuatro”, que es lo que quiero decirles con esa frase? Quiero mostrarles primero que nada que fui yo quien con mi voz anunció la hora y el lugar de encuentro, acto seguido me despedí y la comunicación terminó, ya está, no hay más mensaje que el emitido y si bien las posibilidades de un cambio de planes existían no eran de ser usadas a menos que el caso sea extremo.

Que nos pasa hoy día con la mensajería instantánea? Quiero creer que no es locura mía ni exageración, como poco a poco estamos perdiendo la capacidad de comprometernos con nuestra palabra y como esta imposibilidad de compromiso nos están enfermando como sociedad. Claro ejemplo la Ansiedad en ascenso en una cultura que vive sujeta a la posibilidad de cambio de planes constantes. Porque ya no es más “Nos vemos en Av España y Belgrano a las cuatro” ahora es “Te escribo sobre la hora y vemos como hacemos”, Por eso la espera ya está lejos de ser un disfrute y una relajación y hoy la encontramos rodeada de ansiedad y etiquetada como pérdida de tiempo. Me enerva un poco pensar cómo perder nuestra Oralidad nos está desarmando, digo perder la Oralidad y me imagino a un ser humano de carne, hueso y magia, transformándose en una especie de holograma que no sabe responder con claridad a la simple pregunta de ¿Nos vemos en el café?.

Ingrese al mercado, como siempre mi vista subió y admiro la magnificencia de aquel lugar, no por su lujo, si por su tamaño y por el concepto que ese espacio significa. Aquel galpón enorme lleno de comerciantes que buscan mantener su tradicionalidad en una lucha contra el tiempo. A mi izquierda una carnicería, la iluminación blanca resalta esa pulcritud digna de ser fotografiada en film. Me pone a pensar, veo a un chico joven con su delantal y más atrás a un señor mayor mirando un pequeño televisor, también con su delantal. Entonces mi cabeza empieza a entramar relaciones familiares entre ellos.

Llegó al centro y esta ese gran café, sanguchería y comidas minutas, el término comida rápida o fast food es propio de nuestra modernidad, pero no viene al caso. Hago un recorrido visual y noto lo mismo, mozos de antaño y algún joven ocupando un cargo no muy definido. Una vez más mi cabeza se pone a jugar con las historias que aquel mozo tendrá para aquel chico.

Sin cambiar mucho el rumbo de mi mirada observó a dos señores charlando, el café parece que se terminó hace rato, la cuchara debe estar pegada al fondo. Ahora mi cabeza se pone a pensar en la cantidad de cosas que esas personas se habrán contado a lo largo de sus mesas de café.

Salgo del mercado, estoy en la calle de nuevo.

Que genial aquellas imágenes donde podemos engañarnos un poco y creer que el tiempo no ha pasado, hago este paisaje del Mercado para poder llevarlos a un lugar donde la Oralidad era y todavía es, más cotidiana, porque todos convivían y se relacionaban, de forma directa, tiempos donde el tono de voz era propio de un Gallego, o la gestualidad propia de un Italiano. No digo tampoco que estemos perdiendo nuestra capacidad de sentarnos frente a frente y charlar de corrido por una hora, pero acá va la otra parte, súbanse a un subte, a un colectivo, ingresen a un bar y miren. Más bien, no miren, observen que es lo que hace la gente, cómo se relacionan.

Ingrese al café y como siempre mi vista chocó con el orden estético, el mostrador exhibía porciones de torta dignas de museos de pastelería. Una chica pregunto por un enchufe para cargar el teléfono, más allá un varón parecía trabajar desde su notebook, dos chicas de rasgos asiáticos se sentaron una frente a otra y sacaron sus teléfonos inteligentes.

Me acerque a la barra y pedí café del día, estoy en una de esas cafeterías de hoy, que si bien se prestan a la permanencia tampoco te abrazan para que te quedes. Pagué el café y me dijeron, “te lo entregan por el costado” acto seguido me llaman por mi nombre y me dicen “Agus, acá esta tu pedido”. Endulce la bebida a gusto en una barrita en una esquina del local. Ya estoy en la calle de nuevo.

A diferencia de la cafetería del mercado acá todos los empleados eran jóvenes, parecían tener un libreto asignado, como si estuviesen en un obra de teatro donde todo debe respetar su orden y momentum. Ya la falta de mozo es rara, me gusta eso de acercarme a la barra pero por una cuestión de que no molesto a nadie en que me traiga un café, pero me hace ruido el hecho de que ya no hay un diálogo que establezca la posibilidad de que mozo y cliente puedan llegar a empatizar y tener una charla corta y amena o de simple opinión. Ya no existe ahí el “me siento afuera porque el día está hermoso” con posibilidad a una devolución a la observación. Ahora me llaman por mi nombre para entregarme el café, creando en mi la falsa ilusión de que me conocen y que formó parte, solo saben mi nombre, porque se los dije. Me acuerdo de Miguel, un señor que trabajo fácil 40 años en la misma galería que yo repartiendo café. Miguel, bien o mal, todos los días establecía diálogos con la gente a la que llevaba café por la galería, la gente realmente lo conocía y él conocía a la gente. Porque habían charlado, porque se habían contado experiencias, por simple educación, no por instrucción.

Quiero mostrar con esos cuadros como también en la actualidad la oralidad a sido de algún modo manipulada o coartada por los sistemas que la modernidad nos propone, y estoy hablando solo de los modelos negocio en los que todavía interactuamos entre humanos, no tiene goyete hablar de aquellos modelos de negocio en los que compramos por Internet, donde la oralidad no tiene espacio y es la escritura la que sin gestos físicos y orales va a tratar de hacerse entender.

Tampoco quiero atentar a la escritura, ni poner en un pedestal a la oralidad. Sino, que busco hacer visible el desequilibrio en el uso de los lenguajes, Que por simple inercia nos va llevando a la pérdida de Valores Humanos, a perder nuestra capacidad de escucha, a virtualizar el afecto.

Me enoje, muchísimo. Cuando eso me esta por pasar me doy cuenta varios días antes, por consciente. Entre a mi cuarto, pero a varios metros por segundo más rápido entro mi telefono, entro tan rápido que se estalló contra la pared. Una vez más decidí matar a la bestia para poder preservarme y preservar a los otros.

Lo que me llevó a lapidar otro teléfono fue la misma razón de siempre, un cúmulo de conversaciones sin cara, sin tono, sin métrica. Una sobrecarga de información, de conversaciones vacías, de verdades que no son más que supuestos, división, falsedad, todo aquello que no nos animamos a ser cuando tenemos rostro y podemos expresar con músculos y corazón.

¿Entonces que somos, Seres virtuales expresándonos virtualmente a través de la escritura.

O seres parlantes dejando fluir el sentir por el pensamiento?

Una vez más, dualidades por consecuente, desequilibrios.

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