Cuento: ÑUKE MAPU

De haber sabido que era su padre, probablemente Santiago no hubiera atendido el teléfono. Lo llamaba para contarle que estaba gravemente enfermo y quería que lo fuera a visitar. A Santiago le tentó la idea de negarse, pero su esposa le hacía señas para que aceptara. A regañadientes, quedó para el día siguiente.

Santiago, de 33 años y jefe de su propia empresa, no era una persona egoísta u odiosa, simplemente tenía rencores guardados con su padre. Su madre había muerto cuando era pequeño y fue su padre quien se encargó de cuidarlo. Por lo menos eso intentó, sin éxito según los recuerdos de su hijo, las pocas veces que estaba en la casa.

Durante los últimos años, a Santiago lo que más le molestaba era que su padre no era capaz de reconocer ese problema que había entre ellos. El padre había estado ausente durante toda su infancia, adolescencia y adultez, y parecía ignorarlo. Las pocas veces que una conversación relacionada a ese tema se había asomado, el padre la había evadido con una habilidad bastante envidiable.

Al otro día, como había prometido, Santiago partió para la casa de su padre. Tomó el metro como todos los domingos que necesitaba ir a algún lado. Como no era un día laboral, no había demasiada gente viajando y no había necesidad de hacer uso del coche.

En el vagón del metro había, entonces, poca gente. Algunos jóvenes parecían regresar a sus casas luego de alguna fiesta, por lo cual estaban apoyados contra los vidrios, entre el sueño y la vigilia. Solamente había una persona moviéndose: un niño, desaliñado y desprolijo, de unos 10 años, pidiendo dinero a los pasajeros.

Mientras los jóvenes le hacían gestos para que se largara y los dejara dormir, Santiago buscó en su bolsillo algunas monedas. Siempre colaboraba con los niños que se veían en la obligación de pedir en las calles. Le recordaba a su propia niñez. Otra vez, culpa de su padre.

Cuando el niño se acercó, Santiago extendió su mano y dejó caer las monedas en las manos del pequeño. Al ser tantas, una se cayó al piso y el niño se agachó a buscarla. Por la velocidad en la que lo hizo, demostrando cierta desesperación y dándole aún más lástima a Santiago, al niño se le cayó también lo que parecía ser una especie de carta o tarjeta.

Santiago no tardó en agacharse para ayudar a levantar todo. Al agarrar la tarjeta y ver de qué se trataba, se quedó sin aliento por unos segundos. La conocía. Había tenido una así de pequeño.

Cuando Santiago tenía la edad de ese niño, más o menos, solamente había una cosa que lo hacía infinitamente feliz: su colección de tarjetas de civilizaciones. Estas tarjetas venían en unas cajas de cereales y explicaban diferentes culturas, como la egipcia, la maya, la romana, etc. Santiago había conseguido todas, hasta la más difícil: la de los mapuches. La misma que estaba teniendo en ese momento en el metro.

- Disculpe, señor. ¿Me la puede devolver? — preguntó el niño.

A Santiago le pareció gracioso, y hasta un tanto irónico, que el destino le haya hecho encontrarse con esa tarjeta justo el día en que había decidido volver a ver a su padre. Si mal no recordaba –y mal no lo hacía, porque era lo más certero que tenía de toda su niñez-, su padre había terminado con esa colección que tan feliz lo hacía.

- Señor, la tarjeta…

- Te la compro — dijo Santiago de una manera seca, como si el niño lo hubiese estado tratando de convencer para hacerlo y él finalmente se hubiese dado por vencido.

El niño lo miró extrañado, para luego negarse rotundamente, quitándole la tarjeta de la mano. Santiago quedó boquiabierto, mirando a ambos lados del vagón para ver si alguien había visto la un poco humillante escena. Pero él seguía queriendo, necesitando, esa tarjeta.

Mirando al niño mientras seguía pidiendo dinero, Santiago se acordó de toda la colección que alguna vez había tenido. Eran más de 50 tarjetas y las había tenido todas hasta que su padre se acercó a él para darle la mala noticia. Todavía se acordaba del ululato del búho que no lo dejó dormir esa noche. “Hijo, perdón, pero creo que perdí una de tus tarjetas”, le había dicho su padre, con la misma importancia que uno le dice “perdón” a alguien que empuja en la calle.

Cuando Santiago llegó a la estación de su padre ni amagó a levantarse. Seguía pensando en la tarjeta y en cómo su padre le había sacado alguna de las pocas cosas buenas que había tenido en su niñez. Miró al niño nuevamente y un chispazo le recorrió el cuerpo. Tenía que tener esa tarjeta. Iba a ir a lo de su padre con esa tarjeta y tendrían finalmente esa conversación, y esta vez le iba a tener que pedir perdón, pero en serio.

En la siguiente estación, el niño bajó del vagón y Santiago fue tras él. Cómo iba a conseguir la tarjeta de la civilización mapuche era algo que todavía no había planeado, pero no iba a volver a su casa –y menos a la de su padre- con las manos vacías.

Mientras seguía al niño por unas calles poco agraciadas, Santiago contaba cuánta plata tenía en su billetera. Unos cuántos euros alcanzarían para convencer a cualquiera que esté pidiendo dinero en un metro para entregar un pedazo de cartón. Obviamente, él no lo hubiese vendido por nada del mundo. Pero contaba con que el niño renunciaría a su tarjeta por unos cuantos billetes.

Al llegar a la casa, el niño entró y Santiago lamentó no haber sido más rápido. ¿Rápido para obligarlo a venderle lo que quería? ¿Rápido para robarle la tarjeta? No sabía. El deseo por esa tarjeta que resolvería todos los problemas con su padre le nublaba un poco su razón.

Se sentó en la vereda, tenía que pensar en el siguiente paso. Podría tocar el timbre y hablar con los padres. Primero podría intentar mentir y decirle que el niño le había robado la tarjeta de colección, pero desestimó esa idea. No había tiempo para llegar con una idea verosímil. La segunda opción que pensó fue ofrecerles dinero a los padres. Pero Santiago no creería que lo fuesen hacer, al menos que fuesen como el suyo. Estaba convencido de que su padre vendería cualquier cosa con tal de tener un poco más de dinero.

Casi dado por vencido, Santiago comenzó a ver el barrio en donde estaba. No recordaba haberlo pisado nunca pero le resultaba muy familiar. Le llegaron a su mente recuerdos de él jugando a la pelota (una botella, en realidad) en la calle o andando en bicicleta (solo hasta los cinco años, después le quedó muy chica). Era un barrio muy parecido al que había sido el suyo y de su padre alguna vez.

Cuando recordó qué lo había llevado a irse de su casa ese mediodía, se levantó de prisa. Tenía que ir a ver su padre, no quería hacer enojar a su esposa, por mucho que hubiese preferido estar sentado en esa vereda tan familiar.

- Señor, ¿necesita algo? — preguntó un hombre mientras, desde la vereda, se acercaba a la puerta por donde había entrado el niño.

- No, no. Ya está. Que tenga un buen día — respondió Santiago, resignándose a tener su preciada tarjeta.

- Hace 12 horas que no estoy en casa, no veo la hora de pasar el buen día durmiendo.

Santiago no pudo evitar pensar en su padre y el resentimiento volvió más rápido de lo que hubiera podido imaginar.

- ¿Usted tiene un hijo, no? — preguntó Santiago, buscando su billetera en el bolsillo.

- ¿Cómo sabe?

- Lo vi hoy en el metro. Tiene una tarjeta que me gustaría comprar. ¿A cuánto la vendería?

Por un momento, el comprador sintió que el padre del niño no iba a aceptar, debido al incómodo silencio que llenó el espacio entre los dos hombres. Comenzó a guardar la billetera, cuando el padre respondió.

- Tiene muchas tarjetas, ¿cuál le gustaría?

- La mapuche, dice “Ñuke Mapu” arriba.

El padre del niño estiró el brazo. El primer instinto de Santiago fue dar un paso hacia atrás por temor a ser golpeado, pero luego se dio cuenta de que le estaba ofreciendo estrechar manos. Así hizo, mientras el hombre le decía una cifra bastante alta para un pedazo de cartón. Pero era el pedazo de cartón que Santiago quería.

- Muy bien. No llevo tanto dinero conmigo ahora mismo, así que lo espero mañana en mi oficina. Y allí hacemos el intercambio, ¿le parece?

Santiago le entregó su tarjeta personal con los datos de la oficina y el padre del niño asintió con una sonrisa. Afortunadamente, los dos hombres volverían a su casa sintiéndose exitosos. Los dos habían conseguido lo que querían: uno, dinero, y el otro, la revancha con su padre.

Volviendo a la estación de metro, Santiago escuchó el ululato de un búho y se dio cuenta de lo tarde que se había vuelto. Ya no podía ir a visitar a su padre. Tendría que ir al otro día, después de la oficina, después de tener en mano la tan extrañada tarjeta de la cultura mapuche.

- Que pase — le dijo Santiago a su secretaria.

Se acomodó en su silla y ordenó su escritorio como si hubiese tenido jefe y este estuviese revisando oficina tras oficina. Santiago estaba un poco nervioso. Sentía esa sensación de volverse a encontrar con un viejo amigo, compañero de vida.

El padre del niño del metro, cuyo nombre nunca le había interesado saber a Santiago, golpeó dos veces la puerta y luego entró en la pulcra oficina. También parecía nervioso, seguramente pensando en los muchos billetes que estaría a punto de recibir.

- Aquí está la tarjeta — dijo el hombre, apoyándola sobre la mesa.

Allí estaba. “Ñuke Mapu” rezaban las letras más brillantes, bien iluminadas por la lámpara de leds del techo. Santiago la agarró, la dio vuelta, vio que estaba en buen estado aunque se notaba que ya tenía unos cuantos años y sonrió. Sacó de un cajón un fajo de billetes y los comenzó a contar.

- A mi niño no le gustó nada que se la haya sacado, ¿sabe? — dijo el hombre.

- Disculpe, pero ayer ya quedamos con la suma definitiva de dinero.

- Solo comentaba. Se encerró en su cuarto y amenazó con no volver a hablarme.

- Estoy seguro de que ya se le pasará — contestó Santiago, mientras seguía atento contando cada billete.

- Sí, seguro. En cualquier momento.

- Algún día, sí — repitió Santiago, sin estar muy seguro de qué habían estado hablando, y entregó el dinero –. Ahí está todo. Espero que lo disfruten.

El hombre agradeció, entre lágrimas, la cantidad de dinero recibida a cambio de esa tarjeta vieja. Por un momento, Santiago creyó que iba a ser abrazado. Pero el padre del niño simplemente se limitó a contarle que usaría ese dinero para la educación de su hijo y que esperaba que el niño algún día pudiese tener una oficina tan linda como la que él tenía.

Durante el resto del día, Santiago se tocaba el bolsillo derecho para corroborar que la tarjeta, su carta ganadora frente a su padre, seguía allí. Podría haber tenido mil fracasos ese día, pero no le hubiese preocupado. Solamente tenía su cabeza en la reunión que tendría con su padre esa noche.

Santiago había comenzado a imaginar qué podría suceder. Su intención era llegar y darle la oportunidad de tener la conversación en donde su padre le pediría perdón por todo, algo que seguramente no pasaría. En ese momento, entonces, sacaría la tarjeta y le diría cómo su colección había sido lo único que lo había hecho feliz, mientras que él nunca había estado para su hijo, y que uno de los pocos recuerdos de los dos juntos es de cuando su padre le había dicho que había perdido la tarjeta mapuche. Eso es lo que tenía planeado hacer.

Al finalizar la jornada, Santiago corroboró una vez más que tenía todo lo que necesitaba y se dirigió hacia la casa de su padre. Como era lunes, decidió ir en su coche. Además, así no se arriesgaba a ver al niño que el día anterior hasta había pensado en robarle.

Cuando llegó a la casa, tocó timbre y una mujer abrió la puerta.

- ¿Está mi papá? — preguntó Santiago.

- En su cuarto — respondió quien parecía ser la enfermera –. Tercer cuarto a l…

- Sí, sí. Sé dónde están los cuartos de mi casa.

Santiago sentía rencor hacia su padre y todo lo que tenía que ver con él. Pasó por el pasillo sin mirar nuevamente a la enfermera y con ganas de terminar la visita de la manera en que lo había planeado. Quería hacerlo rápido, ya. Sacarse la mochila que colgaba desde hacía años.

Cuando entró a la habitación, se le cortó la respiración por un segundo. La cama matrimonial, una de las pocas cosas que probaban que allí había vivido la madre de Santiago cuando él era pequeño, había desaparecido; y en su lugar había una cama individual alta. Allí estaba su padre, acostado, sin remera y con un respirador artificial. Dos cables salían por debajo de las sábanas hasta una máquina ubicada en una esquina.

Su padre estaba durmiendo. Santiago pensó que todo su plan se debilitaría debido a la impactante imagen que estaba viendo. Hacía mucho tiempo que padre e hijo no se veían y el haberlo encontrado así movió algo dentro de él. Inconscientemente, metió la mano en su bolsillo y tocó la tarjeta, mientras se quedó mirando la escena, escuchando el respirador.

Finalmente, el anciano abrió los ojos y buscó los de su hijo. Se encontraron. Santiago pudo ver en sus ojos al mismo padre que recordaba desde siempre, el que tan poco presente estuvo durante su infancia, el que le había arrebatado su completa colección de tarjetas. Toda la consideración que había tenido hace unos segundos se desvaneció aún más rápido de lo que había aparecido y todo parecía indicar que el plan comenzaría.

- Hola Santi — dijo con una voz mucho más anciana.

En ese momento, Santiago intentó sacar la mano del bolsillo para poder comenzar la conversación, pero estaba tan transpirada que la tarjeta se le había pegado y salió despedida hacia la cama de su padre.

- ¿Y esto? — preguntó el padre.

Santiago intentó volver a agarrarla, pero su padre fue, sorprendentemente, más rápido. Se la quedó mirando y pareció reconocerla. Una sonrisa se dibujó en la cara del hijo, con aire de victoria. Santiago creyó que su padre estaba a punto de tener esa conversación, en la que le pediría perdón por el tiempo que no pasó con él y por la destrucción de su colección.

- Es una tarjeta — dijo Santiago –. Como la que tenía cuando era más chico, hasta que la perdiste, ¿te acuerdas?

- No, no — Contestó el padre para asombro del hijo –. No la perdí. La vendí, sí, sí, me acuerdo. Vendí una parecida, ¿no?, y con esa plata te compré un par de libros que necesitabas, creo. Sí, sí, ¿cómo olvidarme?

Tratando de evitar volver a encontrar los ojos de su padre, Santiago le arrebató la tarjeta de la mano. Su padre no pareció entender semejante agresividad en ese acto, pero le sorprendió más lo que hizo su hijo luego. Le dio un beso en la frente y se retiró de la habitación.

Sin estar muy seguro de lo que hacía, como aquella vez cuando decidió seguir al niño, se subió a su coche y manejó unas cuantas cuadras. En un semáforo, Santiago se tocó el bolsillo para, por última vez en el día, corroborar que la tarjeta de la cultura mapuche seguía estando allí.

No le había servido para tener la tan esperada conversación, pero sí le sirvió para haberse dado cuenta de lo que había estado ignorando desde que creyó que su padre le había perdido ese objeto.

Cuando llegó a la casa del niño, se bajó del coche con una hoja y una lapicera y se sentó en la vereda. Cuando terminó, Santiago se acercó hasta la puerta y dejó la hoja escrita.

“Cuéntale por qué hiciste lo que hiciste. Tú y él se ahorrarán mucho. Que no lo entienda cuando ya sea tarde.

Santiago.”

Sin pensar en si habría alguien en la casa, Santiago volvió a su coche. Prendió el motor y se dispuso a arrancar cuando vio que, al lado de su pequeña carta, había algo más: la tarjeta. Pensó en bajarse, pero luego comprendió que esa tarjeta ya le había causado más problemas que alegrías y que seguramente le sería más útil al niño al que se la había arrebatado. No quería que a este le pasara lo que le pasó a Santiago.

Se alejó con su coche, y dejó atrás la casa del niño y de su padre, mientras le escribía un mensaje de texto al suyo: “Mañana vuelvo a eso de las 5”.

FIN.

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