De talismanes y amores malevos. Lado B.

Un vestido negro. Dos. Tres. Brillantes zapatos de cuero con taco bajo, la corbata negra, la camisa negra. Trajes oscuros, opacos; montones.

Algún detalle que no desentona pero tiene una nota diferente, un par de aros apenas más grandes de lo esperado, un collar brillante, la punta del pañuelo rojo que se eleva del bolsillo de un saco o la chalina gris de la flautista (felizmente, menos brillante que su instrumento)…

“El próximo martes se presenta la Orquesta del Tango de Buenos Aires”. Suficiente para mi. Vamos.

Nueve mentones apretaban el cuerpo diminuto de mujercitas contra sus hombros.

Nunca antes había visto a cinco señores mover su rodilla izquierda tan coordinadamente al compás.

En el fondo, los años se apilaban más entre los encargados de tocar las cuerdas con manos desnudas.

Apenas más bajo, en una banqueta diferente, un hombre punza el marfil por el que chilla la cola de un elefante aplanado. La cara absolutamente imperturbable de ese hombre me sorprendió como nada aquella noche. Sonrió como si fuera otro al terminar la función, todos aplaudimos. Después lo crucé en la calle, fumando, hablando por teléfono y diciendo cosas del amor, de nuevo imperturbable.

Un presentador de dibujos animados que no cabe en su traje: todos los botones del saco prendidos, ambas manos detrás de la espalda, el balanceo hacia adelante y atrás, el exceso de grasa tan acertado como el exceso de adjetivación. Un presentador.

Entra por el costado derecho del escenario semicircular un tipo alto, flaco, viejo, el hombre más modesto que alguien pueda imaginar.

Es uno de los dos directores de aquella orquesta. El público aplaude de pie.

Él no se hace cargo, pero se acerca a saludar al primer violinista y al primer bandoneonista antes de treparse a su tarima diminuta. Sus hombros, son la evidencia de la humildad infinita. No está jorobado, pero parecen salirle del medio del pecho. La señora sentada a mi par también lo nota, a mi oído comenta algo al respecto del genio y de la solemne sencillez. Yo intento no escucharla.

Toma una batuta que tiene escondida debajo de la manga izquierda del saco. Parece un truco de magia colmado de ingenuidad. Me río lo más bajo que puedo, algunos susurran.

Después, el silencio.

Como si alguien hubiera inspirado todo el aire de la habitación, el silencio fue brutal. La sala fue sellada al vacío por un instante antes de que empiece a tocar la orquesta. Nadie se removió en su butaca. Nadie pudo respirar.

Entonces, el arco del primer violín chilló.

(…)