Sierras Chicas bajo agua

Es el miedo de Camila a morir, las lágrimas de la pequeña Catalina ante cada lluvia, el bolso listo para huir de Luciano, la panadería que Daniel nunca volvió a abrir. Es la bronca de Agustina, la lucha incansable de Miryam, la indignación de José, la desesperanza de Maximiliano, que aún no recibe su casa. Es el frío del agua que hacía temblar a Esteban, el ruido que Silvia jamás va a poder olvidar, la tristeza de un bombero que no pudo salvar una vida.

En los rincones de Sierras Chicas, desde un año se esconden la soledad, el abandono del Estado, el miedo, la esperanza de un cambio. Pasaron los meses y el barro está ahí, latente junto a la furia del arroyo, que ahora es un río. Historias de lucha, de fortaleza, de unión. El agua pasó y con ella se fueron vidas; sueños jóvenes, anhelos familiares, juegos de niños, los abrazos de un abuelo, la sonrisa de un papá que no conocerá a su hija. Surgieron amistades, lazos, personalidades. Se fue el trabajo de años, el ahorro de una vida, los proyectos de muchos, los álbumes de fotos.La lluvia del 15 de febrero fue un fenómeno natural que ocurre cada veinte o treinta años, agravado por el hombre. Y es esa mano urbanizadora, la que hará que estos episodios ocurran cada vez más seguido si no para. Ahora. Bajo Agua analiza detalladamente las causas de un ecocidio que podría haber sido evitado.Sierras Chicas había comprado los boletos para un viaje hacia el calvario. Ese día, se dieron todas las condiciones para que la inundación ocurriera. Arriba, en la cuenca alta, el Dique La Quebrada dejó de cumplir su función: prevenir las inundaciones. Sin un protocolo a seguir, ni un guardia que vigile; con las válvulas inactivas durante años y ningún simulacro para una situación semejante; a ningún funcionario se le ocurrió bajar el nivel del agua, que ya llegaba al vertedero; en plena época de lluvia.Fueron muchas las alertas de la Universidad Nacional de Córdoba respecto al altísimo riesgo de inundación de las Sierras Chicas, categorizada como “Zona de Riesgo Muy Alto”. Unos años antes, el mismo Gobierno provincial registró un estudio que decretaba a la región como una llanura de inundación. Sin embargo, no existe ni existió un plan de urbanización.

La improvisación en materia urbanística, política e hidráulica; junto al afán de dinero de los municipios; dejaron entrever dos grandes problemáticas. Por un lado, se escrituraron terrenos dentro del valle de inundación de los ríos; donde se edificaron viviendas que desde hace cincuenta o cien años pagan impuestos municipales y provinciales. Alguien los aprobó. Por otro lado, así como no hubo un control del uso de esos espacios, tampoco lo hubo a la hora de aprobar los polémicos countries.“Cuando llueve arriba, nos inundamos abajo” aseguran los vecinos. Es que el suelo -al igual que los habitantes de Sierras Chicas- tiene un límite; una vez absorbida la mayor cantidad de agua posible, el resto de lluvia baja rápidamente hacia las zonas más bajas. Mientras menos árboles haya, más rápido pasa el agua. Lo más grave, son los emprendimientos urbanísticos en pleno bosque nativo, como El Terrón en Mendiolaza; El Montecito en Unquillo y Ticupil en Candonga. Al Estado no le importa ni la naturaleza, ni prevenir inundaciones, ni la gente. No existe mejor esponja que un árbol autóctono, y no se los está cuidando.Córdoba tiene el índice más alto en materia de deforestación y el Departamento Colón le gana la batalla a las demás regiones en crecimiento demográfico. Un claro ejemplo es la ciudad de Mendiolaza, que creció en tan sólo nueve años, un 288%.Más población, menos respeto por la naturaleza, nula gestión del Dique La Quebrada, cero control de los ríos y arroyos y una altísima tasa de deforestación dan como resultado la inundación del 15 de febrero de 2015.

Los meses pasan y en cada hogar, el dolor se convierte en un sentimiento oscuro que resurge ante cada lluvia: el miedo. “Te cambia la vida, cambiaron las prioridades. Te das cuenta que la vida en un segundo se te puede ir” cuenta Amelia, quien pasó más de tres horas aferrada un canasto, hasta que pudo ser rescatada. “Todos los días te encontrás con algo que te trae un recuerdo, es inevitable. Alguien dice ‘se me rompió la olla’ y vos pensás ‘sí, yo mis ollas las perdí en la inundación’” reflexiona Miryam, vecina de Río Ceballos.“Un día me levanto, descalzo porque no tenía zapatillas, con el mismo pantalón que hacía cuatro días, la misma remera y el mismo buzo, porque no tenía más ropa. Les hago el desayuno a mis viejos y salimos al patio a ver para qué lado empezábamos. A las diez de la mañana empezaron a aparecer amigos scout, compañeros de la facu, compañeros del secundario de mi vieja que no se veían hace veinte años, tíos, familiares, vecinos. Había más de cincuenta personas en mi casa, familias enteras, gente que no había visto nunca en mi vida. Habían traído lavandina, ropa, comida, hidrolavadoras, palos de piso, escobas… ‘Decinos qué hacer’. En ese momento no pude reaccionar, agarré, me senté y me largué a llorar al borde de la pileta. No podía creer tanta ayuda” recuerda Luciano, quien vive en Unquillo desde hace más de ocho años. Silvia, en Los Cigarrales, pasó horas interminables atrapada en el segundo piso de su casa, junto a diecisiete personas. “Todo lo que es material, vos sabes que de última algo recuperas, pero estar de cara a la muerte, eso es imperdonable”.Después de la inundación, la improvisación política volvió a dar la cara. “En Mendiolaza, cuando ensancharon el río, el que manejaba la máquina se encargaba de decidir si sacar un árbol o no. Hasta un vecino se puso a dirigir en la parte que pasa por su casa. En otro lado, le sacaron una curva al río. El 3 de enero vino la crecida y ahí está la curva de nuevo” cuenta Melisa. En Ñu Porá, se instaló un sistema de alarmas que no sirve. “No se pueden activar porque están muy altas. Nadie las puede activar. Son manuales y si se corta la luz, no andan. Es una gran tomada de pelo”. Daniel, en Unquillo, gastó $90.000 en construir un muro de contención en el fondo de su casa, que da al río. “Un ingeniero de la Provincia me dijo que no se iba a caer ¿Qué pasó el 3 de enero? Se cayó”. Así, las historias son muchas. En El Perchel, algunas familias recibieron doble kit de construcción, mientras otros no recibieron nada. En Villa Allende, por su parte, los vecinos deben cronometrar la duración del sistema de alerta temprana, adivinando si deben evacuar o no.

Historias y relatos de un domingo lluvioso que pocos podrán olvidar. Vivencias que los medios no tuvieron tiempo de contar, vecinos que no quisieron callar y recuerdos que otros eligieron no rememorar.


Negligencia permanente

El desmonte tiene que parar. La inundación del 15 de febrero de 2015 se produjo por un conjunto de factores que, al darse todos juntos, ocasionaron una de las peores catástrofes naturales vividas en la Provincia de Córdoba.

Foto: La Izquierda Diario

El cordón de las Sierras Chicas, visto desde las alturas, es lo más parecido a una columna vertebral. Al noroeste de la Ciudad de Córdoba y el este del Valle de Punilla, las localidades y pueblitos van emergiendo, uno a uno, hasta llegar a la capital. Aquél día, en algunas ciudades, llovió más de 330 milímetros en doce horas, algo que ninguna urbanización pudo soportar.Ese domingo, el agua pasó con tanta furia que decenas de puentes se destruyeron, pueblos quedaron aislados y varias vidas se fueron con el agua. El avance del negocio inmobiliario sobre la región, el poco respeto de los municipios por la ribera del río, la construcción de viviendas sobre los cauces y zonas de inundación, el abandono del dique La Quebrada, las 151.000 hectáreas deforestadas en la Provincia, el crecimiento demográfico desmesurado, de más del 200% en algunas ciudades y la inexistencia de un sistema de alerta temprana, dieron como resultado la inundación más grande de la historia de las Sierras Chicas.Por un lado, el pujante mercado inmobiliario, el boom de los barrios cerrados y las canchas de golf –como el caso de El Terrón en Mendiolaza-, que aumentaron las cifras de desmonte para construir grandes complejos en medio del bosque nativo –como Orfeo Park en Salsipuedes-. Por el otro, un Estado que poco ha hecho en defensa del medioambiente, aprobando estudios de impacto ambiental a diestra y siniestra y otorgando autorizaciones para mega emprendimientos en zonas con escasez de agua, como en El Talar, y Zonas Rojas como Ticupil, en Unquillo.A lo lejos, los ciudadanos, que luchan, manifiestan y reclaman ante el atropello de los municipios, pero que no son escuchados por el Gobierno Provincial.

Foto: lavoz.com.ar

Para los vecinos las horas pasadas sobre el techo de alguna casa de las Sierras Chicas, bajo el diluvio, junto a mascotas y familiares, observando cómo la furia del agua se llevaba absolutamente todo a su paso, fueron en vano. Para los familiares de los once fallecidos, los momentos de lucha por una respuesta del Estado, siguen siendo en vano. Para los pobladores, que levantan sus pancartas con fuerza bajo el sol caliente de un mediodía de diciembre, previo a la época de lluvias, ya todo es en vano.Mientras sigan permitiendo urbanizar zonas no aptas, desmontar el bosque nativo, construir viviendas en cercanías a la ribera del río y manteniendo el nivel del Dique La Quebrada al borde de las compuertas, las consecuencias seguirán estando a la vista de todos.

Insisto, como en cada charla que mantengo con los vecinos, que sólo el día que una nueva inundación se lleve más vidas consigo, el Estado se hará cargo.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.