Pintó

Siguen bailando en círculos como la rotación de la tierra para ver si de una vez el tiempo llega. O si pueden moverse. Alguien se acerca. Parece ser el verdugo de los inocentes. El verdugo de nadie entonces, grita el joven. El joven, adicto a la pavadas se da cuenta que no tiene nada más que hacer ahí y empieza a hablar en un lenguaje extraño para asustar. Los bailarines se ponen serios y le bajan de un hondazo su idea de escapar. El joven sigue sin contar sus miedos. Pero al menos abrió la boca, conceptualizó uno.

Pero que oportuno, grita un japonés vestido de revolucionario bolchevique. Qué oportunidad para vender mis pastillas para no tener miedo, vuelve a gritar. Entre baile, le dan un zapatazo en la mandíbula dejándolo en el piso. La violencia justifica la violencia de la violencia de ser un pelotudo, agregó el joven. Un soplamocos por parte de los bailarines arremetió contra el joven. A esta altura el joven ya llegó a la adultez. La espera se hace larga. Un bailarín por fin se frena y dice la verdad. Acá no vas a moverte hasta que venga el groso de la mala onda, comentó con cara de orto. Es el que manda acá, terminó diciendo. El groso de la mala onda llegó al toque y empezó a repartir cocaína para todos. Los bailarines se movieron el doble. El joven la consumió pero no le hizo nada. Cuando la olfateó bien, cayó en la cuenta de que era harina y se puso a llorar. Su gordura siempre lloró con la harina. Prefería ser adicto a la merca antes que a la grasosa harina de la pizza y el pan. Los bailarines seguían en su psicodélico baile burgués rechazando cualquier sonido proveniente de un humano. Al toque, se frenaron todos. Un sonido vino desde abajo de la tierra. La misma se partió en dos y todos limaron con que venía el diablo. O alguno de esos inventos para dominar los cerebros. ¿Quién?, grito el groso de la mala onda, deja de decir pavadas pibe, sentenció. El groso metió sus dos manos en la boca y miró fijamente al pibe que no contaba sus miedos. Seguía igual. Se cagó un poco al ver lo que el groso hacía, pero no era nada distinto a lo que su padre le hizo de chico. Ahora se meterá los pies y así todo el cuerpo, pensó. Segundos después, el groso estaba con todo el cuerpo en su boca, levitando. A sus costados, los bailarines tomaban merca y lo miraban. El cielo se puso verde, como cuando un moco tiene infección y lo largamos en la calle, así estaba todo al mirar para arriba. El pibe ni bola, estaba cagado en las patas al ver al groso levitando. Pensó en darse un narigetazo de harina pero para ese entonces, ya había vuelto la luz y podía cargar el celular.

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