Una hora

Justo el viento empezó a ser agradable cuando me estaba por levantar para volver. Me quedé unos minutos más, haciendo valer cada segundo, desconectando mis pensamientos, tratando de estar en un vacío eterno. La vuelta estaba lejos, el viento era perfecto para la vista que mis ojos me regalaban, y los pájaros, que parecían no preocuparse tanto por la hora como yo, cantaban sus alegres melodías. Parecía algo salido de Disney, como esos mensajes que la gente comparte en las redes sociales mientras caga, chiva en un colectivo o está en la cama comiendo alguna porquería deliciosa. Las comparten con un único fin: venderle a los demás que ellos también están vivos.

La puerta se abrió y entró. Cómo si no tuviera respeto, gritó fuerte y claro que era hora de irse. Ya no valía la pena seguir en esa plaza pulgosa. Había que volver. Mi cerebro gobernaba mi cuerpo y decidió interrumpir mi descanso con un destello de luz que iluminó todos los rincones de esa habitación. Su tono imperativo reflejaba un enojo muy grande hacia mis pensamientos. Con la luz titilante y algunas moscas rodeando cerca, una explicación larga y aburrida terminó con una dolorosa frase: “Estás mal Pablo, muy mal”.

Me largué a llorar. Realmente lloré por primera vez en mi vida como hay que llorar, dejando caer los mocos y las lágrimas, respirando mal, frunciendo los pómulos de la cara, convirtiéndola en lo que desde lejos parece ser una cara graciosa de un humorista que hace tiempo perdió su gracia y recurre a la transformación facial. Llorar no es malo si lo hacemos para dejar atrás ese nudo en la garganta. Pero que sabía yo si nunca lo hice de verdad, a pesar de algunas rupturas amorosas o muertes cercanas, mis lágrimas nunca mostraron su verdadera pureza.

Lloré durante una hora sin parar. El celular vibraba intensamente varias veces seguidas y supuse que eran ellos extrañando mi presencia. No había tiempo para eso porque el eco de la habitación con moscas solo repetía: “Estás mal Pablo, muy mal”. Me recorría todo el cuerpo, nunca se detenía. Sentí que toda mi existencia era una farsa, tenías ganas de correr y gritar. Quería callar algo en mi interior que no sabía que era. Desde la otra punta, una pareja me miraba y murmuraba. Amagaron a venir pero mi estado los hizo desistir, al fin y al cabo, estaba llorando cómo se debe llorar, dejando salir todo, con las lágrimas recorriendo las curvas que generan las imperfecciones de mi cara, para tomar impulso y bajar con mayor velocidad hasta llegar al cuello.

Un hilo de baba atravesaba de punta a punta mi boca cada vez que la abría y un charco formaba un lago a escala alrededor mío. Cuando empecé a pensar en lo peor, la voz se cayó junto a mi llanto. Seguía angustiado y compungido, sin saber que hice mal y ya había derramado bastante agua. Un poco más calmo, supe que necesitaba saber qué fue lo que me hizo despertar este llanto genuino, pocas veces visto. Agarré una hoja del piso, la acerqué a mi nariz, le pasé la lengua y dejé que se la lleve el viento; no sabía si estaba o no, necesita cerciorarme de que seguía vivo o despierto. Pero si. Era yo, el que lloró, el que dejó caer sus lágrimas durante una hora. Eran ellos los que llamaban y mi celular lo demostraba. Cada vez que vibraba, sentía como mi muslo derecho golpeaba mi corazón y mi cerebro. Ellos siempre tuvieron una vibración especial, no es igual a la de cualquier llamado. Cuando mi vieja me llama, vibra más suave, transmitiendo la dulzura de sus palabras. Pero cuando son ellos, son golpes que penetran la piel hasta llegar al fondo, para refrescarte la verdad: les pertenecés.

Los pájaros seguían celebrando el hermoso día y el viento movía las hojas de los árboles creando sombras y luces en distintos lugares de la plaza. Pasó un buen rato sin llantos ni vibraciones, como una hora diría yo. Estaba más tranquilo, pensando que ya era hora de volver o que tenía que irme para siempre. Ya no me importaba tanto la explicación del llanto, entendí que fue una señal y que tenía que tomarla como tal. Me paré y empecé a caminar, observando que a lo lejos se acercaba una pareja. Eran los mismos de antes pero esta vez estaban vestidos con delantales blancos. Me detuve a esperarlos y pude ver que uno de ellos empujaba un carrito con ruedas grandes, parecido a esos transportes para bebés. A metros míos, me gritan fuerte:“Una hora Pablo, una hora”

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