El Diablo Rojo

Demonios en Quimios

En el hospital, Ana era la responsable del “chemo teaching” (inducción a la quimioterapia). Todo paciente, antes de empezar su tratamiento para el cáncer, iba con ella, para recibir “educación” y preparación.

Muchos años de mi vida los he dedicado a la educación; a aprender y educar. Lo que Ana nos dio ese día, no tuvo nada que ver con educación. Menos con la preparación que esperaba y necesitaba.

Comenzó leyendo una lista de efectos secundarios espantosos de los cuáles, afortunadamente, sólo viví algunos. Me pregunté, porqué se enfocaba tanto en hacerme ver los efectos que podía tener, y no en cómo prevenir y aliviar cuando alguno pasara, pues de esto mencionaba muy muy poco.

Después, y es en lo que quiero centrar este artículo, Ana me presentó las tres drogas principales que utilizarían para curar mi cáncer. De una de ellas me dijo: “Esta medicina que te vamos a poner, todos la conocemos como Red Devil, por su color y por los estragos que puedes llegar a sentir y tener, después del tratamiento”.

Red Devil. Doxorrubicina. Adriamycin. El Diablo Rojo.

¿Qué me iban a poner qué…? ¿Cómo? Quería agarrar mi cuaderno (mi “poderoso cuaderno”) y largarme de ese lugar. No lo hice. Sin embargo, creo que después de escuchar eso, no presté atención a nada más. Me urgía salir de ahí.

Había aprendido con intensidad, que las visiones generan conductas. Me lo enseñaron y me lo tatuaron en mi cabeza y en el corazón. Según Ana, me iban a meter un “demonio” para curarme. En mi mente, eso no cuadraba. Si imaginaba un diablo entrando, los efectos serían desastrosos.

Tenía y deseaba cambiar esa imagen, antes de recibir la primera dosis.

Cuando llegó el día de mi primera dosis, estando en la sala de infusión, pedí a la líder de las enfermeras que, por favor, Ana no me pusiera las medicinas. No es que estuviera enojada con ella. Simplemente no quería que alguien con esa percepción, se encargara de ponerme lo que sabía iba a ser parte de mi cura. Ese día, Linda me atendió.

Después de las medicinas previas que son para minimizar efectos secundarios, hicieron todo el protocolo para sacar a “Red Devil” del búnker. Frente a la sala de infusión, estaba un cuarto (el búnker), con una ventana muy grande. Ahí guardaban todas las medicinas de las quimioterapias. Quienes entraban a ese cuarto (las enfermeras, y a veces los doctores), usaban ropa especial, guantes especiales, cubre-bocas. Sacar una “bolsita” o jeringa de ahí, era cosa seria. Los pacientes que recibían la Doxorrubicina, también tenían que tomar precauciones, como tomar muchísima agua durante la infusión y “jalarle al baño” dos veces, cada vez que teníamos que ir. Esto por varios días después del tratamiento.

¡Sacaron a Red Devil!

Cuando Linda se acercó para preguntarme varias veces mi nombre y fecha de nacimiento (no le quería poner la medicina a alguien equivocado), le dije que estaba a punto de recibir una súper medicina, a la que había decidido nombrar como “Red Passion”. A Linda le gustó. Tanto, que se lo comentó a las demás enfermeras y platicamos al respecto.

Y así entró a mi cuerpo, por primera vez, una medicina que tenía el objetivo de llegar a curar. No puedo decir que “Red Passion” fue pura dulzura conmigo. El rojo, como ya lo he dicho antes, es fuerte, es intenso, a veces quema. Sin embargo, hizo lo que sabe hacer muy bien: arrasar con lo malo y darme la oportunidad de seguir disfrutando mi vida.

Literalmente, me imaginaba cómo “Red Passion” entraba en mi sangre y me curaba. Eso me daba fuerza y valor. Estoy segura que si hubiera pensado como Ana me “educó”, a duras penas me hubiera podido parar de la cama. Los resultados no hubieran sido tan buenos.

¡La mente juega un papel único para #SuperVivir! Una visión grande, buena, poderosa, genera conductas grandes, buenas y poderosas. Eso fue lo que “Red Passion” hizo por mí.

¡Estoy. Segura!

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