El loop infinito

Naces.

Aprendes del mundo a través de los más grandes: en realidad no parece un lugar tan complicado.

Comienzas a tener tus propias opiniones.

Tus propias opiniones comienzan a contrastar con lo que conocías del mundo: existen los matices.

Te mudas a una ciudad más grande. Eres un provinciano feliz que aún no entiende por qué todo mundo corre. Todo te parece tan grande, tan interesante. Ahora sí ¡a hacer tus sueños realidad!

Te das cuenta que no puedes vivir sólo de tacos y comienzas a desarrollar gustos finos.

Desarrollas uno que otro vicio o manía.

Te mudas con tu crush.

Consigues un trabajo godín, los sueños pueden esperar.

Te endeudas.

Conoces la neurosis citadina: mucha gente, poco espacio, status sociales, miedo al “fracaso”, pérdida paulatina de los viejos amigos provincianos, pocos lugares para cagar a gusto.

Comienzas a odiar a tu jefe, que en realidad es un junior feliz que estudió en alguna universidad extranjera.

Comienzas a entender el valor de un tupper.

Terminas con tu crush y abres tinder.

Te haces tu primer tatuaje.

Esperas con alegría los martes y jueves de productos oaxaqueños.

Vives con roomies, muchos roomies.

Comienzas a comprar productos orgánicos y artesanales.

Te vuelves eco friendly, pet lover o amante de las bicicletas.

Te solidarizas con alguna comunidad extranjera.

Viajas y conoces tu propio país con tu crush extranjero, que eventualmente regresa a su país de origen.

Recuerdas que tenías sueños, y que no has hecho ni madres.

Cuando algo te sale mal, peleas tus tuppers.

Te mudas solo.

Emprendes. Peleas por tus sueños.

Triunfas/fracasas en grande.

(Pasan algunas cosas aquí, aún no llego a este punto)

Eventualmente, mueres y el ciclo se repite.