La disrupción en mi vida

Bien me lo dijo mi padre alguna vez cuando era pequeña: “hija estudia programación, es el futuro”

Cuánta razón tenía. Al menos estaría en una profesión en donde no tendría que sufrir tanto para escalar por cuestión de sobresaturación. Pero para ese entonces, y tras ver a mi padre horas y horas frente a la computadora frente a una página del bloc de notas, pues no precisamente me inspiraba. Yo quería escribir, crear historias, y con un padre programador y un abuelo matemático, pues era un poco incomprendida, realmente estaban preocupados por mis intereses, y sin siquiera acercarme un poco a ese mundo, crecí. El prototipo de programador que tenía en mente era lo más cercano a esto:

(Así, un plain square, ni con un poquito de color)

O esto:

(Un hombre con una gorra fea , una camisa fea y barba)

Y entonces, la historia dio un giro inesperado: el arte y la tecnología primero se hicieron amigos, se enamoraron, se casaron y tuvieron hijos digitales: la animación, el diseño web, la fotografía digital, la comunicación digital, por mencionar algunos, que crecieron al mismo tiempo que yo.

Y no es que sea la primera vez que esto ocurre, pero presenciamos un momento histórico en donde el científico loco, ese nerd friki que en otros tiempos tenía un intelecto frío y calculador como iceberg en la Patagonia, incluso se ha convertido en esto:

¿Por qué no? Una gamer programadora de videojuegos que escribe un blog de moda, y le gustan las plantas.

Afortunadamente, muchos estereotipos se están rompiendo y las mujeres estamos perdiendo el miedo a los fierros, los artistas a los números y los programadores a las curvas y al color, y el mundo comienza a mostrarles comprensión. Para serles franca, aunque me gustaba el ajedrez y las matemáticas porque conviví mucho con mi padre y mi abuelo, no encontraba muy divertido estar en una clase donde, seguramente sería la única niña y no tendría con quien hablar sobre el cabello, el maquillaje y banalidades de niñas. Y pues, también me gustaba leer, me incliné más por las clases de creación literaria y teatro. Como no podía decidirme entre tantas cosas que me gustaban, terminé estudiando Comunicación.

Y por azares del destino, he tenido un tropiezo afortunado con las tecnologías emergentes, enfrentándome, entre otras cosas, al reto de hablar sobre realidad virtual: una tecnología empática con un potencial enorme para ser utilizada para la transformación social y como medio de expresión artística.

Y me he enamorado. La vida es irónica.

“¿Ves? Te lo dije que era divertido, siempre quise enseñarte pero nunca me hiciste caso”.