Perdóname Pátzcuaro

¡Ay Pátzcuaro! Nunca creí que alcanzaría a arrastrar mis pesadas arrugas hasta tus pies, agrietados y vetustos.

¡No resoples así, caray! La Navidad en tus tierras ya bastante gélida llega, como para que pongas los vientos a correr. Y sí, lo sé… tardé más años de los que prometí en regresar. Tantos que, el poeta despreocupado bajo el árbol, pudo componer miles de versos. Tantos que, millones de cenzontles cenizos, pudieron batir sus alas hasta la Antártica Chilena sin prisas.

Pero, ya estoy aquí ¿o no? Mh… por favor, Pátzcuaro, no seas malo. No me veas así. Sé perfectamente que, cuando posas un nubarrón frente al sol, cegador pero nada abrasador, no es buena señal. Nunca compartiste que huir del problema fuera la solución, pero ¿no ves mi pelo canoso? Si aquí hubiese restado, pocas posibilidades cabían que llegara a convertirme en la corcovada anciana que aquí te habla.

Diciembre, Pátzcuaro (por Ainna Orozco)

Aunque tú pienses que, fue traición el no crecer en tus callejones, quisiera contarte que en toda ocasión lo admití: huí cobarde, huí temerosa, huí desesperada, huí, huí y ya. Pero, por favor, tú mejor que nadie debería entender los motivos de mi partir, estos se reflejaban vulgarmente en el lienzo de mi piel, golpeado y repudiado. Como si se trataran de detonantes arrasando contra los asfaltos de tus calles. ¿Doloroso? No contestes, ya sé que sí. Sí lo es.

Por eso esa noche escondida entre ocotes, transportados por caballos más desgastados que tú y yo juntos, crucé la frontera de tu pueblecito mágico, huyendo de ese depredador, llamado para mí Papá. Quien me dio vida, pero a la vez me la quería arrancar con sus manos recias alrededor de mi garganta, sosteniéndome contra la pared, escupiendo contra mi nuca, a la vez que buscaba la forma de sacar su miembro viril sin que me escabulliera de su poder.

¡Ay Pátzcuaro! Nunca creí que alcanzaría a arrastrar mis pesadas arrugas hasta tus pies, agrietados y vetustos. Tus calles siguen aún empedradas, rebotando con brusca gracia las llantas que se atreven a pisarlas, y las fachadas, se mantienen aún unánimes pareciendo querer hundir el color grana contra la tierra.

Diciembre, Pátzcuaro (por Ainna Orozco)

Espero que puedas perdonarme, no urge una respuesta, pues regresé para quedarme. Sé que presumes de ser posesivo, por lo que mis últimos años de vida ¿podrían ser para tí buena ofrenda? Yo sé que sí ¿ah? no seas malo conmigo anda. Perdóname, Pátzcuaro.

Moriré aquí, para regocijarnos juntos tú y yo, en este tu pueblecito mágico, todo lo que me quede de eternidad. ¿Trato hecho? ¿Sí? Bien.

Ainna Orozco.

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