Los viajes de Roman

Roman desde pequeño acostumbró a rondar por el centro de la ciudad. Pues a las cinco de la tarde solía llegar su padre por la esquina de Catedral, con una carreta de madera tartamuda, “trrr-trrra-trrrac, trrr-trrra-trrrac” al unísono del clácson rojo que le colgaba “pí píí píííp, pí píí píííp”. El molesto y evidente ruido no dejaba a nadie sin percatarse de que el señor de los vasolotes había llegado, es más, las señoras bajaban el volúmen a su radio y gritaban a sus chiquillos para que estos fueran a buscarles un calientito tentempié.

Roman le ayudaba a tender la paradita, ponía las cazuelas ordenadas, en fila y de la más grande a la más chica; los recipientes, más a la derecha; primero el del chile, luego el del queso ranchero y por último, y al que siempre le andaba picoteando, el de los totopos. Automáticamente salía corriendo con un par de monedas a comprar vasos desechables y algunos dulces para él. Entonces, se dedicaba a alcanzar las once de la noche jugando a viajar. Alzando los brazos al nivel de su pecho, de forma horizontal, con el entrecejo fruncido, los labios vibrando, simulando en toda su extensión a una avioneta destartalada que viajaba en forma de “S” por todo el mundo.

Cruzaba océanos, cortándose la nariz, sintiendo sus mejillas hirviendo por el gélido frío. Cruzaba Portugal, llegaba al Mediterráneo y sus pulmones se empapaban de ese olor salado, medio mezclado con el aroma de las viñas; luego sobrevolaba Francia, deseando bajar de algún modo por una baguette recién horneada; pero, al llegar a Italia, con el olor a calzone y a lasagna a la bolognesa, anulaban ese último deseo; subía entonces hasta Rússia, pero el ambiente de ahí, tan tenso que podía cortarlo, le llevaba a recordar que debía regresar.

El día en que el señor de los vasolotes dejó de arrastrar su carreta de madera tartamuda fue el día en que Roman lo encontró sin vida, pareciera que estaba en un sueño, demasiado profundo quizás. Ese día fue tan gris para Roman, que se nublaron el resto de casillas del calendario, sintiendo inútil su existencia sin su papá, sintiendo inútil salir a dar la vuelta al mundo en su avioneta destartalada sin tener que regresar para ayudarle.

Los años pasaron frente él como estrellas fugaces, pues en medio de los callejones el tiempo no cobraba valor. Inhalando bolsas de plástico con spray buscaba la forma de volver a sentir ese viento gélido contra la cara, las cosquillas en los pies al cruzar los mares, las mejillas sonrojadas… pero ya no poseía la inocencia para revivir aquellos viajes, no era más que un vagabundo soñando en volar en “S” donde fuéra que hubiese ido su papá.

Catedral Morelia (por Ainna Orozco)
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