El hijo de Sebastián Galván

Eran las cinco y media de la mañana. El reloj de pared, viejo y sucio, se mantenía con faenas sobre su cabecera. Era el único objeto que no consideró vender tras la muerte de su esposa.

Recogió las cobijas del piso, húmedas aún. '’Malditas sean las inundaciones de estos meses…’' refunfuñaba cada madrugada. Pues cuando Sebastián conseguía secarlas bajo el sol que se asomaba tímido por su patio, llegaba la lluvia, desvergonzada y poderosa, para empaparlas de nuevo…

Morelia. Por Ainna Orozco.

Al lado de la pequeña estufa, usada para cocinar y no pasar frío en Navidades, se encontraba una mesita descuidada para dos personas. Un trozo de vela parecía ya incrustado en ella y los trozos de pan duro que reservaba Sebastián para el desayuno, ya habían sido mordisqueados por algún ratón igual de hambriento.

El único hijo del desvanecido matrimonio Galván Ibáñez nunca se dió cuenta de que la mesita debería estar rodeada por tres sillas. Él y su padre sentado al frente, eran los máximos y mínimos componentes de la mesita. El ritual en la mañana era sencillo, Sebastián partía por la mitad los trozos de pan duro que sobrevivieron a la noche y su hijo untaba con crema de cacao los suyos, y con crema de cacahuate los de su papaíto. Si Sebas había conseguido trabajo por algunos días, le alcanzaba para comprar una bolsita de leche fresca. Esos eran los desayunos favoritos de su hijo, en los que podía mojar sus cachitos de pan.

Doña María tenía un patio cubierto muy cerca de la casa, donde muy amablemente les tendía la ropa a padre e hijo. ''Sino llevas al niño a la obra con la ropa seca vivirá eternamente acatarrado ¡entiende de una vez!'', le decía repetidas veces la señora, poniéndole la playera al pequeño. ''Ay María, no la haga de emoción a estas horas de la madrugada, ¡por Dios le ruego! Este niño debe hacer su cuerpo y mente fuertes, usted no tiene idea de lo que la construcción conlleva… como antes esté preparado para esto, más tiempo durara trabajando ¡ya, vámonos hijo! O no tendrás pan con leche para desayunar mañana''.

Morelia. Por Ainna Orozco.

El niño vio a Doña María de reojo, ella asintió. Al marchar, metió la manita en el bolsillo de sus pantalones, notó el pan calentito y suave, se ilusionó. A Doña María nunca se le olvidaba ponerle un poco de comida en su ropa seca. Por si acaso.