CARLOS ROBLEDO PUCH: RADIOGRAFÍA DE UN ASESINO

Entre 1970 y 1972 asesinó a 11 personas, entre ellas a sus dos socios delictivos. Con 20 años quedó preso y lo condenaron a cadena perpetua. Hoy, luego de 44 años tras las rejas, puede quedar en libertad.

El 3 de febrero la policía lo detuvo luego de asesinar a Héctor Somoza, su socio.

Diez homicidios agravados, un homicidio simple, diecisiete robos y dos casos de complicidad en abusos sexuales cometidos entre 1970 y 1972: como si coleccionara trofeos, Carlos Eduardo Robledo Puch escribió su propia condena a cadena perpetua. Con 20 años, de buen aspecto, inteligente y tímido, resultó ser el asesino serial más perverso de la historia criminal argentina.

Carlos Eduardo nunca dio con el mote de asesino. Era un joven apuesto, hablaba inglés, español y alemán. La habilidad para tocar el piano lo destacaba entre los chicos de su edad, era educado y respetuoso. Pero tenía una carencia en su hogar: la relación con su padre no era la mejor, él sentía que no tenía libertad. En la escuela conoció a Jorge Ibáñez, quien pertenecía a una familia bastante permisiva. “Mi viejo es un tipo macanudo, en casa tengo un par de revólveres, podemos practicar tiro al blanco”, le dijo una tarde mientras volvían del colegio.

Ambos eran fanáticos de los motores. “Un joven de 20 años no puede vivir sin coche y sin plata”, solía decir Carlos Eduardo. Su nueva adquisición -a medias con Ibáñez- fue un Fiat 600. Anteriormente, con 17 años, había robado por primera vez una moto. La forma de encontrar dinero fácil sería robando, y que mejor que con su compañero Jorge Antonio. El raíd delictivo comenzó un 9 de mayo de 1971 en un negocio de repuestos de autos en Olivos. El encargado del local dormía con su mujer y su beba. Carlos y Jorge ingresaron por el techo del edificio que daba a la habitación. Puch estaba convencido: si alguien se le interponía en su objetivo lo iba a asesinar. Sin embargo, José Bianchi dormía. Y nunca más se levantó. La mujer se percató de la situación y recibió dos balazos. No murió pero Ibáñez intentó violarla. Se llevaron 350 mil pesos, un cuentavueltas y un amperímetro, que sería “para el Fiat 600”, según Puch.
 Seis días después robaron en “Enamour”, un boliche de Olivos. Carlos Eduardo asesinó a Pedro Mastronardi -el gerente- y a Manuel Godoy -sereno-, quienes dormían en unas sillas. “¿Querían que los despertara?”, manifestó “El ángel de la muerte”, en las crónicas policiales de la época.

El caso estremeció a todo el país.

La cuarta víctima de Robledo Puch fue Juan Scattone, un sereno de 70 años del supermercado “Tanty”. En este caso, el vigilador se dio cuenta de la maniobra de Ibáñez y su compañero. Sin embargo recibió dos balazos y los jóvenes festejaron el motín de 5 millones de pesos destapando un whisky en medio del local en la madrugada del 24 de mayo.

Luego hubo un quiebre en la relación entre Puch e Ibáñez. Hay versiones que sostienen que Carlos estaba enamorado de su socio. Virginia Rodríguez -una prostituta de 16 años-, y Ana Dinardo -modelo de 23 años- fueron asesinadas en el cruce de la Ruta 8 y Ruta Panamericana. Ambas con el mismo procedimiento: Carlos las amenazó con un revólver y las hizo subir al auto que conducía Jorge, quien intentó violarlas una vez que llegaron a una zona tranquila. Los celos, quizás, produjeron que Robledo Puch las asesinara con más demencia una vez que fueron despedidas del auto en medio del descampado. En agosto de 1971, Jorge Ibáñez murió en un accidente de tránsito que habría sido provocado a propósito por Carlos Eduardo, quien tomó la cédula de su compañero y emprendió el camino a su hogar. “Ibáñez Sabía mucho”, admitió años más tarde.

Con la compañía de Héctor Somoza, un amigo que pudo iniciar en el camino de la delincuencia, Puch ingresó el 15 de noviembre de 1971 a un supermercado en Olivos, donde mató al sereno Raul Delbene. El robo fue un fiasco. Dos días después irrumpieron en una agencia automotor, y nuevamente se llevaron una cantidad escasa de dinero. A pesar de esto, Carlos Eduardo mató de dos balazos al sereno Juan Carlos Rosas mientras dormía. Y comenzaba a mirar de reojo a Héctor.

El único éxito delictivo de Somoza fue el 25 de noviembre de 1971. Esa noche, Puch asesinó a Serapio Ferrini, sereno de la agencia de automotores “Puigmarti” y el motín fue de 1 millón de pesos. En el siguiente robo -3 de febrero de 1972-, se terminó la odisea de Puch. Asesinó a Manuel Acevedo, sereno de la ferretería “Masseiro”, y todo indicaba que la apertura de la caja fuerte era un hecho. Pero Somoza cometió un error: le quiso hacer una broma a Carlos Eduardo al tomarlo del cuello por la espalda. “Me asusté y al darme vuelta le quemé la cara con el soplete”, fue la explicación de Robledo Puch. Lo cierto es que lo mató de un disparo y le quemó la cara para no dejar rastros. Pero se olvidó de llevarse la cédula y el DNI del muerto. Finalmente, mediante ese percance, la policía lo descubrió y fue detenido.

En mayo de este año salió de la cárcel para hacerse estudios médicos.

Hoy, 44 años después, “El ángel de la muerte” podría abandonar el pabellón de homosexuales del penal de Sierra Chica porque un fallo de la Suprema Corte de Justicia bonaerense le ordenó a un juez que lo pase a un régimen menos riguroso para “que se vaya preparando para la vida en libertad”.

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