Lanzas y escudos

Iba tarde a su clase preferida como de costumbre, no por falta de interés, solo su capacidad para medir el tiempo no era la mejor. Al llegar, toda la clase ya estaba sentada, la mayoría se burló de su cabello despeinado por las prisas. Paso a su lugar en silencio mientras sentía la mirada penetrante de su profesor favorito. Era de esas personas que llenaba de intriga y su convicción, su inteligencia, su honor, su compromiso, eran algunas de las cosas por las que él lo admiraba. Cuando el profesor hablaba, el resto del mundo callaba y escuchaba en silencio. Era un aura y una serenidad que imponía. Aun siendo unos adolescentes ellos lo entendían.

El profesor comenzó su clase diciendo: “Tengo una teoría acerca de las personas. Y esta es que existen en el mundo dos tipos de personas”. Sonrío mientras veía la mirada emocionada de sus alumnos y continúo. “Me gusta llamarles de la siguiente manera: lanzas y escudos. Las lanzas sirven para romper y atravesar obstáculos. Alguien con filo, fuerza y tenacidad suficiente para no detenerse y flanquear cualquier obstáculo que se le ponga en frente. Abren paso para seguir avanzando. Y los escudos que sirven para proteger y esquivar el daño. Alguien con la fuerza capaz de soportar los golpes y la resistencia para nunca cansarse del daño recibido. Que mientras se avanza, ellos están al frente para que nunca una lanza sea dañada, porque saben que sin la lanza, no podrían llegar a ningún lado. “

Los alumnos se miraron entre si y él sabía que estaba pasando. Se preguntaban que tipo serían ellos. Un alumno levanto la mano y sin esperar respuesta del profesor preguntó: “Como sé que tipo soy yo?”. El profesor le pidió que se parara de su lugar y comenzó su explicación. “Tú eres una lanza, de eso no cabe duda. Eres directo con tus palabras, atacas por donde sabes que será el punto más débil. Por atacar no me refiero a algo físico solamente, es algo más, es que buscas la manera de salir victorioso de las situaciones, de discusiones, de enredos y de obstáculos. Cuando nadie más se atreve a decir palabra alguna, a dar el primer paso, tu estas ahí. Aunque eso sea difícil para ti, aunque sea aceptar errores, lo haces. Se necesitan pantalones para hacerlo. Eso es de admirar en las lanzas.”

El muchacho sonreía con orgullo mientras los demás hablaban de como ellos también deberían de ser lanzas. El profesor dejo pasar unos minutos para después callarlos y preguntar: “¿De aquí a quien le gustaría ser una lanza?”. La respuesta fue inmediata, todos los muchachos levantaron sus manos con excepción de él y dos compañeros más. Pidió que uno de ellos se levantara. “Tu sí que eres un escudo. Que difícil es ser un escudo, cuanta responsabilidad sobre tus hombros. Es un trabajo en la oscuridad, es un trabajo que nadie nota, pasa desapercibido, pero lleno de satisfacción, ¿no crees? Yo te he visto y he notado que cuando pudiste herir a alguien no lo has hecho. Cuando pudiste ser un hijo de puta no lo has sido. Porque el ganar no lo es todo para ti, no es tener la última palabra lo que te motiva. Porque si tú puedes absorber el daño, si puedes ser tu quien resulte herido y no alguien más. Es un hecho que lo harás. Nunca te has quejado de eso, no te has hecho la victima ni una sola vez, porque ese nunca ha sido tu propósito. Si estás ahí por tu propio pie es porque tu mismo no te ves como una víctima. ¡Que fuerza se necesita para ser un escudo! No dejar que te controlen las emociones para no lastimar a los demás, se lo doloroso que puede llegar a ser para quien lo hace. Y tu fuerza, la base de tu fuerza, nunca has sido solamente tú. Siempre ha constado de los demás, nunca de tu soledad. El pararte a seguir protegiendo no es una idea egocentrista para ser elogiado, es la satisfacción de ver a los demás esperando el turno, afilando su lanza para hacer lo que mejor saben hacer. Así como tú lo haces. ¡Que huevos para ser un escudo!”. Su compañero para ese momento ya estaba en lágrimas, los escudos no están acostumbrados a que se les reconozca.

Al finalizar la clase se dirigió con su profesor. El profesor lo vio acercarse y sonrió, “se a que vienes Alas, a trabajar en la oscuridad”. El muchacho rio y al tener a su profesor de frente le dijo “Yo soy un escudo, no sé si lo sea desde que nací, pero si por convicción. Así como tal vez no nací con la fuerza para ser un escudo y tenga grietas y golpes por doquier, lo que me mantiene ahí es el saber que puedo ser un escudo. Que puedo proteger y puedo evitar el dolor de alguien más.”.

“Lo sé, siempre lo he sabido, desde el primer día que te conocí” le dijo el profesor.

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