Palabra de editor

En las vísperas de Sant Jordi asistí a unas charlas que organizaba la revista Librújula en el Mobile World Centre de Barcelona. Básicamente habían reunido al CEO de Penguin Random House, cuyo nombre ya he olvidado, y al escritor Javier Cercas, y también, claro, a redactores del magazine.

La primera entrevista a la que asistí fue aquella en la que le preguntaban al director ejecutivo de uno de los grupos editoriales más grande del mundo hacia qué dirección se dirigía el mercado del libro. El señor, que parecía creer que estaba en un plató de televisión contestando las preguntas del mismísimo Jimmy Fallon, se mostró ampliamente optimista. Pero claro, si puedes invertir cada año 750 millones de dólares en autores y en nuevas obras, pues no vas a quejarte, ¿no? Fue muy divertido cuando le preguntaron cuál era el sueño de su vida y, ni corto ni perezoso, dijo que le encantaría poder recrear nuestra fiesta icónica en los Estados Unidos. Bueno, utópico casi, bromeaba mientras imaginaba Brooklyn convertido en una gran feria del libro. Todo un rockstar.

En cualquier caso, lo destacable fue la intervención de Javier Cercas. No había leído nada de él, ni Soldados de Salamina, ni su columna en El País, nada. Mi asistencia y entusiasmo eran puro postureo. Al final me quedé con una frase, o un concepto, o un chascarrillo ingenioso que debió aprenderse cuando descubrió lo jugoso que era. Cercas comparaba la literatura con una cerilla, o con un farolillo, en medio de la oscuridad de la noche. No te permite ver con claridad, pero ilumina un punto, cambia paulatinamente la mente del lector. Algo así como la fusión de horizontes gadameriana. Y a la vez, esta tenue luz es relevante en tanto que, a fin de cuentas, nadie nunca va a poder encender los focos de la verdad absoluta.

Y eso fue lo que conservé de la tarde. Eso y el libro Gatos, de Bukowski, después de una visita a la fantástica librería Laie.