Madrid, last goodbye

Alba Díaz
Jul 20, 2017 · 4 min read
Qué bonita eres, Madrid, cuando te apagas y te enciendes.

Me sigue sorprendiendo ese coraje revelador que nos sale algunas -muy pocas- veces para enfrentar algo, cualquier cosa. A mí me pasó hace seis años, cuando tenía 17. Creo que es la misma sensación que cuando te paras al borde de la piscina mientras corre una ligera brisa helada. “¿Salto o no salto?”.

Antes de llegar a la gran ciudad, yo siempre había vivido en El Hierro, una de las últimas islas más occidentales de Europa que acoge, en sus 268 km², alrededor de 10.000 personas. Allí crecí y aprendí algunas lecciones fundamentales que me ayudarían en el momento en que se me metió en la cabeza que yo quería ser periodista. Crecí, en resumidas cuentas, con una mesilla de noche llena de libros y las rodillas repletas de cicatrices. Las dos lecciones de esto último: 1. Para escribir hay que leer y 2. Escucha siempre a tu padre cuando te dice que no cojas su bicicleta.

Yo quería ser periodista en Madrid. Porque yo quería bulla. Así que con ese entusiasmo hice una maleta y recogí algunas fotos, como si me fuera a hacer las Américas. Y aterricé en Alonso Martínez, donde hoy todavía vivo, para tomarme mi primer desayuno en la Gran Cafetería Santander de la Plaza de Santa Bárbara -así se llama, y ese nombre sólo podría vaticinar lo que vendría-. Allí fue la primera vez que pensé, “¿Y ahora qué?”.

Lo primero fue la universidad, de la que debo decir que lo único que me enseñó fue a buscarme la vida. Sí, todo el que haya estudiado en Ciencias de la Información lo sabe bien. A buscarme la vida y a saber qué quería y qué no. Mis notas en las asignaturas teóricas fueron pésimas, un desastre; a veces incluso pensé que eran un delicioso desastre. Pero debo decir que hubieron tres profesores que me metieron un miedo necesario en el cuerpo. Sobre todo uno de ellos, Pedro Sorela, que nos enseñó (además de a Víctor Hugo) que dentro de la facultad sólo se aprende el 15% de lo que se necesita para ser periodista. Y no se equivocó: las noticias y las historias están en la calle.

Allí no hice muchos amigos, debo decir. Siempre rehuí los grandes grupos de amistades que se chocan la mano al entrar a clase, algo de lo que no estoy especialmente orgullosa; pero también algo que me dio a tres personas fundamentales que han batallado a mi lado desde esos primeros años hasta hoy. Y eso vale más que todo lo anterior. Porque no hay nada como un buen amigo. Nada.

Aquellos primeros años, que ahora veo desde una perspectiva casi lejana, fueron muy distintos entre sí. Recuerdo ahora lo mejor: encontrar a mi familia de ML; Laura; mi restaurante favorito y las risas y los llantos; los paseos por Malasaña, testigo principal de mudanzas, borracheras y desengaños; la terraza del Círculo de Bellas Artes, desde donde se ve bien Madrid y su inmensidad; Macera y mi gin-tonic favorito; los atardeceres -qué bonita eres, Madrid, cuando te apagas y te enciendes-; las madrugadas caminando hacia San Ginés; el bar de Mike y nuestro meticuloso silencio; Barajas y todo lo que supone, a veces; las locuras, las aventuras y las promesas; los garitos de rock y las salas de jazz; mis amigos del 24H de la calle Fernando VI; los Cines Ideal; pasear con música por los pasillos de El Prado; las despedidas; los reencuentros. Tantas cosas, Madrid…

Entretanto, me hice periodista. A pesar de que algunas voces lejanas -de cuando aún vivía en la isla- todavía sonaran en mi cabeza (ahora recuerdo aquella nota en uno de los libros de Iñaki Gabilondo: “Para ti, del que todos se ríen cuando dices que quieres ser periodista”). Me decían que no podría serlo, que no lo conseguiría porque no sabía escribir y porque era una mala estudiante. Incluso en la universidad algún que otro golfo me lo soltó: “No vales para esto”. Pero yo decidí saltar.

Decidí saltar a Madrid, saltar a la UCM, saltar a las pruebas de EL MUNDO. Digo SÍ a saltar siempre que algo te mueva por dentro, que te arda, que te haga rugir. SÍ. Porque toda esa furia contenida construye tu castillo en el que te haces y creces y VIVES. Y porque la única forma de vivir es haciendo lo que amas. No conozco otra manera.

He tenido la suerte de que mi primera vez -es increíble eso de las primeras veces- en una redacción sea en este periódico. Durante el último año he aprendido en medio de profesionales y amigos de un valor incuestionable. He vivido la más enfermiza actualidad desde la hora de comer hasta la hora de dormir; he escuchado barbaridades, pero también palabras llenas de poesía; se me ha erizado la piel con cada letra puesta sobre todo aquel papel impreso que llevaba mi firma y he pasado todo un día en mi mesa tan sólo por puro placer. Y lo más importante: me he dado cuenta de que esto es lo que quiero hacer. Siempre.

Yo cuando tenía 17 años no sabía nada de la vida. Y creo que todavía hoy sigo sin saberlo. Y creo también que desde ese día en el Café Santander hasta hoy he estado pensando en el texto que estás leyendo ahora mismo. Madrid me ha dado todo después de quitarme algunas cosas. Me ha hecho sufrir y me ha hecho feliz de una forma completa e inmensa. Y eso también tiene un poco que ver con todos vosotros, quienes, de alguna manera, habéis formado otro tipo de cicatrices.

Lista para el siguiente salto.

Dale, Jeff

)

    Alba Díaz

    Periodista

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