“¿Está tu corazón dispuesto a ello?”

A mis alumnos de Proyecto de Titulación y a la memoria de Michael Higgins

En mi primera lección de zapoteco, el maestro Hugo Miranda marcó una diferencia en cómo se nombra al zapoteco para sus hablantes (nuestra lengua) y cómo se nombra para los otros. “Ustedes que no son zapotecas”, dijo, “le llamarán dill xhon”. Y a mí, en este punto no me quedó más que aguantar vara.

El método de enseñanza de la lengua que Hugo está desarrollando es de su propia invención, es la primera vez que la enseña como segunda lengua, y su intención principal es que, al aprender, se comprenda no sólo la gramática, sino la cosmovisión zapoteca en sus expresiones lingüísticas.

La clase inició con la pregunta “¿Qué quieren?” “Queremos aprender zapoteco”, contestan las alumnas. Y el maestro introduce entonces una de las estructuras meta de la clase “Azualhallo”, el maestro traduce: “¿Está tu corazón dispuesto a ello?”

A partir de esto, yo empiezo a recordar las lecciones de zapoteco con mi abuela, por ahí del 2003 cuando yo estudiaba lingüística aplicada y me sentaba con ella y le preguntaba ¿cómo se dice esto?, ¿cómo se dice aquello? y hacía mis categorías y mi lista de campos semánticos y anotaba mis observaciones sobre los tiempos verbales y era realmente educativo para mí, especialmente porque para mi abuela Ma’chía era simplemente la forma de decir las cosas, el “así se dice”, mientras que para mí la tarea de revelar qué sentido tenía todo aquello era fascinante.

Hugo ha pasado mucho tiempo pensando en los conceptos de la lengua y sus raíces. Mi papá en varias ocasiones me habló con mucha simpatía del trabajo de Hugo en la escuela rural, en ese imposible contexto de educar a los niños indígenas con un currículum escolar en donde los saberes locales tienen un lugar tan menospreciado…y me decía que ojalá pudiera sentarme a platicar con él un día.

También pienso en lo curioso que resultaría explicarle a mis alumnos de Proyecto de Titulación la pregunta “¿Está dispuesto tu corazón a sumergirse en el marco teórico?”, tenemos ahora en la clase una conversación sobre el tema de la motivación para el aprendizaje o como yo les he sugerido “a ustedes, lo que les llama la atención es la desmotivación”. Y me río, porque comprendo su interés pero sé que solamente el hacer produce algo.

Hugo nos explicaba que la disposición a hacer las cosas viene de la cabeza y del corazón, que en el corazón es donde reside el alma, la voluntad de hacer. Por alguna razón yo todo esto lo sé, lo he sabido por mucho tiempo, aún antes de que le llegara un día a mi papá, con la noticia de que “papá, los mayas tenían inconsciente”. Mi papá sabía que de entrada algunas cosas tenían que hacernos reír para después poder retomarlas con seriedad. En esa ocasión, el asunto del alma en las cosmovisiones indígenas, de un saber que no pertenece a la conciencia.

Lo que Hugo nos explica es para mí la confirmación de una educación que la sé mía, no sólo porque alguien me lo haya dicho, sino porque lo he vivido. No hay una distancia entre el pensamiento y la acción. El momento previo que nos imaginamos es más como un nubarrón, “¿quiero hacer esto o no lo quiero hacer?” no hay claridad.

En la tradición zapoteca, nos explica Hugo, hay un momento más parecido a la meditación, al ritual, en el cual, quien va a hacer pide que el pensamiento y el corazón estén presentes en la acción que realiza. Doichj, dolhalla. Todo cabeza, todo corazón. Y hay también una manera de preguntar no sólo si está presente el corazón, sino que ¿cómo está ese corazón? ¿está listo para sentir esto? ¿su corazón se va a mover para que esto se lleve a efecto, a cabo? Achhaklhallo. La decisión está en la acción misma. Uchoglhallchoo. Decidirse, sin dudar, sin vacilar. “De acá para adelante sabemos que esto va a suceder, lo que estamos pensando”.

Un deseo decidido.

La Zapoteca [Revolvedora de cemento que se me atravesó en el camino mientras terminaba de editar este texto]