¡Por fin sé lo que no sabía que no sabía!

Mi vida en España, sumada al año 2014, fueron una copiosa fuente de respuestas y de pistas que abonaron a mi introspección personal. Es tan abundante la cosecha que, para darle algo de racionalidad, dividí mis reflexiones según la ventana de Johari. Me pareció una forma sencilla de relacionar la dinámica entre la información y la retroalimentación, es decir, entre los otros y el yo, en cuatro ámbitos: 1. Lo que sé que sé (parte pública); 2. lo que sé que no sé (zona oculta); 3. lo que no sé que sé (zona ciega) y 4. lo que no sé que no sé (zona desconocida).

Lo que sé que sé: zona de actuación espontánea


Si algo he aprendido en 15 años de ejercicio periodístico, es a borrar la palabra inspiración de mi cotidianidad. Para quienes hemos tenido que superar el síndrome de la página vacía sin más medicina que el llamado del deber por cumplir con una hora de cierre, aquel mitológico escenario de las musas haciendo las delicias de Apolo es un lujo que no procede. A escribir se aprende escribiendo, pero la buena escritura realmente se aprehende al ser corregidos por un editor exigente y se interioriza al ser reprendidos por lectores informados.

“El trabajo intelectual exige dos cualidades contrarias: la lucha contra la distracción, la cual sólo es posible concentrándose, pero con un distanciamiento respecto a su trabajo, puesto que la mente debe alcanzar su altura, debe ser mantenida igualmente, como decía Esteban Pascal, por encima de su obra”, Jean Guitton.

La escritura es un trabajo intelectual que trasciende una dimensión gramatical o sintáctica, es un proceso de pensamiento y, en consecuencia, la calidad de la escritura resulta directamente proporcional a la riqueza de referencias del autor. Libros, experiencias, observación, conversaciones con amigos… todas son fuentes para quienes hacemos de la vida y la palabra nuestra materia prima.

Sin duda, aquello de buscar historias no es una actividad puntual, que se hace un día a una hora específica, es un hábito, una forma de ver el mundo. Si alguien nació con el don de que las historias le fluyan por torrentes, que se dé por bendecido. Mientras tanto, quienes cosechamos esa virtud a punta de hacer y deshacer –llevando el peso de la repetición al clásico estilo de Sísifo- no hemos tenido otra opción que partir de una descarnada introspección que, según Jean Guitton, no es más que tener la franqueza de reconocer las horas en que se ha trabajado de verdad y discernir entre lo que se ha errado y lo que se ha acertado.

Lo que sé que no sé: zona oculta

Zona oculta, Ventana de Johari

Sin temor de sonar poco diplomática, planteé la pregunta: ¿Cómo no perder la creatividad y el estilo propio en la escritura en un entorno académico lleno de reglas, códigos y protocolos? Me pareció que el marco de la sesión titulada ‘La vida intelectual: la escritura como articulación de pensamiento y vida’ resultaba un contexto pertinente. El Profesor Jaime Nubiola aceptó que era un asunto difícil de abordar. Ni él ni yo le hallamos una respuesta concluyente. Me invitó a pensar sobre lo que vivo (reflexión), a decir lo que pienso (espontaneidad) y a vivir lo que digo (corazón). Fue una respuesta gentil, pero no aportó para aclarar mi incertidumbre. Escribir artículos científicos es algo que aún sé, en teoría, pero me falta saberlo en la práctica.

Tengo terror de perder mi estilo. Lo admito. Si algo se aprecia en la carrera periodística es tener una pluma cotizada que eleve la calidad del medio. Pienso: ¿qué será de mi pluma cuando el rigor se imponga a la subjetividad de la adjetivación, cuando la claridad domine a la imagen literaria o cuando la metodología científica ahogue la relatividad de los finales?

“La mente es una potencia perpleja; cuando sabe por fin en qué debe interesarse preferentemente y hacia qué objetivo debe dirigir su punta, se siente medio aliviada. El más abrumador de los pesos para el alma es no saber qué es lo que hay que hacer”, Jean Guitton.

Me defino como una periodista de profesión, profesora por vocación y, ahora, investigadora en formación. Tengo absoluta claridad de que un doctorado es una decisión de vida, no un título para engordar el currículum vitae ni para presumir. Es un compromiso con la docencia y la investigación. Tras 15 años de ejercicio profesional, di un giro a la academia cruzando tres reflexiones: ¿Qué es lo que más me gusta hacer?, ¿qué es lo que mejor hago?, ¿dónde aporto más? Es una decisión, así que asumo sus costos con entereza: aprender a desaprender y aprender otras formas de aprender.

Acepto, también, que el disgusto por una escritura más ceñida a la precisión es una bofetada al ego. Los periodistas tenemos, no pocas veces, una suerte de visibilidad farandulera. Nos preguntan de política y respondemos. Nos hablan de economía y opinamos. Nos piden un análisis sobre deportes y nos explayamos. Sabemos algo de todo y mucho de nada.

Lo que no sé que sé: zona ciega


Zona ciega, Ventana de Johari

Nunca he apreciado tanto mi educación escolar y colegial como ahora que soy profesora. Desde el primer día de clase puedo identificar el tipo de instrucción primaria y secundaria que han tenido mis alumnos. Todo los delata, desde cómo se dirigen a la profesora hasta cómo caminan. Recuerdo mi ‘cole’ con mucho cariño porque disfruté cada día, cultivé amistades entrañables, pero ahora -y más que nunca- aprecio que me hayan enseñado a estudiar. No sabía cuánta huella habían dejado en mí las exigencias académicas rodeadas de esa enseñanza de valores y cuánto se implican unas a otras. Creo que, por eso, llegué a la Universidad de Navarra, instintivamente, buscando aquel mismo espíritu del que tanto aprendí.

Tras 15 años de ejercicio periodístico, he decidido cambiar la redacción por la academia. El cambio cuesta. Desacelerar, planificar más que reaccionar, pensar cuando más urge hacer. Es difícil, pero vale la pena. Nada compensa más en la vida que los ojos brillantes de los estudiantes cuando comprenden un tema y lo relacionan con una posible aplicación en sus vidas. Por eso, hoy pienso tanto en mi colegio porque quiero aprender de su ejemplo y no caer en el tipo de enseñanza que señala la falta y olvida el acierto.

“La dificultad en cuestión de enseñanza, de exposición o de propaganda consiste en repetirse sin dar la impresión de que se repite (…) Repetir de forma diversa, volver a decir de otra manera, esta será siempre la regla del arte de hablar a los hombres”, Jean Guitton.

Enriquecida mi experiencia universitaria en España con sesiones, lecturas y conversaciones, aquí dejo algunas líneas de mis reflexiones sobre esta nueva opción de vida, que no sabía que sabía, y que en su mayoría, las aprendí de mi ‘cole’ y de mis mejores profesoras. Un verdadero maestro es:

1. Abierto al debate de distintos pareceres, sin generar conflicto: La Universidad, por concepto, debe abrirse a toda posible fuente de conocimiento que aporte en este proceso, escuchar con apertura y respeto, confrontar, matizar, comparar, compartir y, finalmente, concluir.

2. Innovador y creativo: Cuando la academia llega a una estación, se plantea otro destino. Es un camino dinámico y, por ello, requiere que quien lo asuma tenga predisposición al movimiento y a la reinvención constantes.

3. Íntegro: La integridad describe aquella consistencia entre el decir y el hacer y entre el pensar y el decir.

4. Humilde: Tal como decía Santa Teresa de Ávila: “Humildad es estar en la verdad”. Ni más ni menos. Ni falsas modestias ni poses incómodas. Es la virtud de conocer, simultáneamente, nuestros errores y nuestra grandeza.

5. Justo: Un maestro que persigue la justicia es aquel que busca la armonía entre razón objetiva y subjetiva.

6. Servicial: Enseñar es servir. Es un concepto amplio y profundo, es servir a la ciencia, a los estudiantes, a la verdad y, desde la trinchera de la educación, poner el contingente personal al servicio de la humanidad.

Lo que no sé que no sé: zona ciega


Zona ciega, Ventana Johari

“Siempre he hecho lo que debía, pero esta vez decidí hacer lo que quería. Sin más argumento, preparé mis maletas para irme tres meses a Asia. El pretexto fue hacer una pasantía profesional para conocer, de primera mano, la cultura china de los negocios; pero el trasfondo era un desesperado intento de desintoxicación tras años de intenso brillo profesional, que relegaron mi vida privada. Era un exorcismo personal”. Así empecé un post que titula: Me fui al otro lado del mundo a encontrarme… conmigo. Pero no fue sino hasta después de mi paso por España y retorno al Ecuador que el proceso se consolidó.

Mi largo paso por una redacción fue una gran escuela de reportería, investigación y redacción periodísticas, así como de manejo de equipos humanos. Sin embargo, siempre lo concebí como una estación en mi camino, no como el destino final. Así que decidí retirarme voluntariamente con el fin de explorar nuevos horizontes y me fui a China. Ahora leo entrelíneas. China fue una experiencia no perfecta, desconcertante, emocionalmente demandante, financieramente riesgosa, pero profundamente vital. Una escuela de flexibilidad y tolerancia; un espacio para cuestionar mis propios límites y enfrentar mis fantasmas.

Luego de años de haberme acostumbrado –consciente o inconscientemente- a la comodidad y al poder de un cargo de dirección, China me devolvió a mi ‘yo periodista’. Ahora me doy cuenta de que España completó ese proceso. Me reencontré con mi ‘yo mujer’, mi ‘yo maestra’, mi ‘yo luchadora’. En la Universidad de Navarra, como en mi ‘cole’ y en mi casa, me enseñaron a pensar, pero más que eso, me enseñaron a ser y a ser de una sola cara.

No soy capaz de callar, de disimular convicciones ni de fingir acuerdos. En palabras de Jean Guitton, yo quiero ser del equipo de aquellos hombres de acción que asisten a su vida, al mismo tiempo que la dirigen. No quiero vidas falsas, de retórica sin fundamento, de espejismos conceptuales, de relativismos cómodos. No quiero más demonios que oculten mis ‘yos’ ni que me alejen de mi ser y de esa sana relación que debe existir entre la inteligencia y la bondad, entre la verdad y el bien.

La redacción de este texto resultó un ejercicio que me permitió pasar de la zona ciega a la de actuación espontánea. En el fondo, igual que China, España fue el pretexto de ir detrás de mi esencia, y Ecuador el lugar donde aquello se vuelve vida. Entonces, ¿qué será ahora lo que no sé que no sé? Quizás esa sea materia de un próximo post.