Exiliado –y ya ni siquiera sé si debo usar la palabra aunque sea la que me sale, por inyección, porque me la han inyectado- es una palabra que va ligada hoy a cuarentón en crisis apegado, fracasado, a la historia de lo que pudo ser. A perdedor de alguna batalla personal, a vencedor de otras, menos, como todos, quizás, en función del estado de ánimo del día. O del interlocutor.

Exiliado como definición política.

Primero rechazas la versión de consenso de tu historia porque al irte en busca de vivir y trabajar mejor, te quedaste fuera del canon y optaste por el disenso, la desintegración de quien fuiste, la no pertenencia, la historia rota, a espasmos, que sólo tiene futuro, por más incierto que resulte eso.

Después, una cierta, inmensa, soledad. Porque cualquier definición política, cualquier redefinición de nuestra posición en la sociedad, se quedó fuera del ámbito de lo diario, de lo real. O vive atrapada en una realidad que ya solo flota anclada en la protesta destructiva. En su parte ruidosa y de aspaviento, la del no me sirvió aquello.

Pareció que aquello iba a cambiar y ya no estábamos. Votamos por nostalgia. Fue un voto emocional. Yo, de hecho, ni voté. Pero hablo y me siento como si lo hubiera hecho porque queda una extraña sensación de responsabilidad hacia el voto, hacia una cierta implicación política, social, con aquello que dejaste atrás, de lo que ya no te sientes parte aunque quieras, aunque sepas que debes. Todo esto de la participación en el común, como dicen ahora, te exalta unas semanas, se apaga poco a poco. No solo por la distancia, por llevar años lejos. Muchas veces, a medida que entra en conflicto con el ahora de los horarios del baño y la historia que les leo a mis hijos antes de dormir en un español que identifican con un acento distinto al suyo.

Distancia, huida, poesía, que es pensar en todo que aquello que ya pasó. En el bucle. Ya no puedes ver tus paseos por la Condesa y la Roma más que como una evocación entre cutre y nostálgica de los de León Felipe o Luis Cernuda. Acabas buscándote un podcast con aquello de qué lástima lo de no tener patria chica ni tierra provinciana y ser un paria y todo eso de naipe sin baraja y caines sempiternos o lo de que cuando ya, por fin, se pueda, habremos muerto todos. Tan enfadado como el Max Aub de la gallina ciega.

Confieso que le he dado clic un montón de veces -enchufándome algo de dopamina cada vez- a cualquier versión en redes de la narrativa del exilio, exilio económico, exilio político, exilio de la casta, exilio de España, de nuestro exilio. Las charlas de Bustinduy por el mundo en campaña electoral. Nací en el 76. Gijón ya era gris, crecí pensando que Asturias era roja y dinamitera.

Pero no, cuando llegué a adulto y caí de verdad, al fondo que aún no he tocado, todo fue mucho más triste y menos épico. Conocí la historia de aquellos sindicalistas que en vez de aceptar la prejubilación lucharon por mantener las fábricas abiertas y perdieron. Los de la farola de Los Lunes al Sol que había que romper una y otra vez. Los que, ellos sí, entraron en la cárcel por defender el trabajo. Si aceptáis las prejubilaciones, los cierres, le dijeron a su generación, vuestros hijos tendrán que irse. La mayoría aceptó el dinero, claro. Y nos fuimos.

Con Diego, que luego tuvo la oportunidad de participar en la fundación dePodemos y sigue trabajando en el partido porque estuvo allí cuando había que estar, hicimos una vez una pequeño documental en Gijón. “Leyendas Urbanas”, se llamaba. Así nos llamaba el presidente socialista de entonces -luchador antifranquista de los de pedigree, senador mullidito después, compañero de bancada del sindicalista rojo ladrón, Villa, príncipe de los mineros- a los que teníamos que irnos buscando empleo. Decía que éramos leyendas urbanas. Y Fuimos a grabar donde un día hubo fábricas, las de las sirenas de las 8 y las 3 de cuando era niño, que murieron para dejar sitio a una playa artificial que lleve el turismo a una ciudad húmeda de lluvia y derrotas, de lágrimas.

Ahora me pregunto de nuevo si somos exiliados. Como nos preguntábamos hace 12 años si éramos leyendas urbanas, fantasmas o ectoplasmas. Como decía aquella pseudoizquierda que negaba que nos íbamos de Asturias.

Es la Ciudad Vampira. “Yo me creía muerto pero hoy sé que estoy, vivo y que concibo otro lugar” cantó Nacho Vegas la última vez que lo escuché en el Metropolitan, aquí en México. Proponía, para ese lugar., la acción directa: “Uno trajo estacas hechas de nogal, otro de duro Felguera, una radial, saldremos esta noche a destripar vampiros y exigir que nos devuelvan la ciudad”.

No, no nos la van a devolver. Nadie me va a acompañar en esa salida nocturna.

Estoy convencido de haber escrito decenas de comentarios definiéndome a mí mismo como exiliado. Compartiendo en octubre algún cartel de la Unión de Hermanos Proletarios o del Socorro Rojo por lo de los mineros y el 34 y vinculándolo todo en una macedonia que tiene mucho de momento fan pedante y enfadado. El rojerío, la región, la distancia y la sobreestimulación de las mayúsculas en Facebook.

Nada más necesario que la victimización de uno mismo para justificar cadenas de errores: Nos echaron. Ellos. Los de la casta. Como a nuestros abuelos. Los de siempre son los culpables. La casta, la trama. España no cambia. Menos mal que nos fuimos. No queremos volver. (¿Pero no nos habían echado?, ¿no era que no podíamos volver?).

Dicen los psiquiatras que en algún tipo de depresión uno sabe que debe querer a su familia, pero que no logra sentirlo. En nuestro caso, podemos estar todo el día a vueltas con el país que dejamos atrás por lo contrario a ese tipo de depresión. Decimos obsesivamente que rechazamos el país en que crecimos pero no dejamos de hablar de él. Sabemos que odiamos lo que pasó, pero no pensamos más que en acercarnos. Todas esas derrotas, la de no saber qué sentimos, la de no saber cómo nos relacionamos con el pasado o el lugar de origen, dudas que están entre las duras de la vida, son las que cargamos sobre una victimización que nos permite apuntar culpas ahí fuera, siempre, para escapar de nosotros mismos.

Lo de exiliado es de esas cosas que dices en alto, ya con interacción humana y no da. Te paras a pensar y sientes un poco de vergüenza. Llámate a silencio, recomiendan con cariño los amigos. Y te lees a la inversa, con autocrítica destructiva.

Sientes que funciona jaleando posts en redes, así como se jalea, con el brazo levantado, puño cerrado y girando en círculos mientras aúllas. Pero que a la cara no. Que no, que no da. Como que algo hace crac y ya no suena redondo.

La culpa, de la exaltación nocturna. En el colmo de un buen pedo, la narrativa del exilio va montada sobre una de esas frases que comienzas tratando de sentenciar, buscando aprobación y asentimiento generalizado en el grupo. Es el tema número 23 de todos los temas que salen en la velada y a medida que te oyes justificar que nosotros también somos exiliados, derivas la entonación hacia la broma. Ahí te has dado cuenta de tu propia inseguridad.

Con amigos y en El Salvador –no sé porqué recuerdo esa noche y no otra, menos droga, imagino y por tanto alguna neurona superviviente- hablé de hacerme con un pasaporte mexicano –ya cumplo requisitos- quemar el español -puedo renovarlo al día siguiente- grabarlo en vídeo y, por supuesto compartirlo en Facebook.

Todo por el like. Menuda gilipollez. Qué falta de respeto. Pero no a la patria ni a la bandera, qué va.

“Mirá, esas cosas valen verga”, me dijo uno de los que me escuchaba -pedo también- dándole al buen ron. “Pero loco, escuchá”, se puso serio, entornó los ojos, me pasó el brazo por el hombro “Vos decís paja. ¿Vos sabés lo que pagaría un centroamericano por un pasaporte europeo? No lo quemés. Lo vendemos y le sacamos un pisto”.

A lo que le doy vueltas es a los motivos, la actitud y la narrativa de los que nos fuimos. Pertenezco a la generación que busca épica en la historia de los abuelos para poder construir algo que dejarle a los hijos, al menos un bonito relato, para centrar un ratito la charla en las fiestas, para no quedarse callado cuando todo el mundo empieza a tirar de mi abuelo cayó de este lado o de aquel.

Tengo una hija francesa con dos pasaportes y un hijo mexicano con derecho a tres, que vamos intercambiando. El abuelo de Sarah fue guardia en algún campo del sur de Francia antes de salir con un grupo de españoles rumbo al drole de guerre y acabar preso en Alemania, en el sistema de campos de Bergen Belsen. En alguna ofuscación, mis hijos son descendientes de un superviviente del holocausto porque salió de Bergen Belsen. Buf. Qué va. No era lo mismo ser judío que soldado francés. Eso. Eso son las narrativas. Reescrituras de la historia para el like de hoy en día en función de los matices y la velocidad de la escritura. Lo de antesdeayer para reinventar lo de mañana.

Mis abuelos, en Asturias, poco. O todo. Uno se enfundó la camisa azul y vieja para evitar el frente y luego hizo de las suyas como las hacían los vencedores por Villaviciosa. El otro, pobre, salió del pueblo a perder, regresó derrotado y de castigo se lo llevaron de vuelta a ganar. Para regresar de nuevo a la misma derrota.

Nosotros, buff.

Cumplimos siete años fuera. Nos fuimos de Barcelona en 2010. No teníamos trabajo. A mí mujer la habían despedido por quedarse embarazada. Cosas que siguen pasando en España. El abogado logró el reingreso, por ley. La empresa, burda, la readmitía y enviaba a Burundi, con una tripa de cinco meses. Un buen cheque y vientos. Por ahí a reinventarnos. A Avanton, en Francia, primero. Aquel invierno nevó. Después a Pamplona, cuando la izquierda abertzale debatía sobre el fin de las armas. A Madrid, me llevaron para un periódico de rojos que duró tres semanas y no llegó a salir. Con el cheque, Misrata. Decidí que yo no moriría, me despedí de los amigos, ellos siguieron hacia Siria. Casi mueren. Sin quitarme el susto del cuerpo, volé a Antigua Guatemala. Tras una inmersión –rápida pero acolchada- en América Central, nos soltaron en Tegucigalpa, y de ahí, para sobrevivir, Managua y su calor. De nuevo sin visa, haciendo trampas. Ahora, en México. En nada, en Ann Arbor, Michigan.

A los de nuestras generación sólo nos aceptan lejos, en islas de lucidez que siguen funcionando por meritocracia, sin complejos inquisitoriales. No lo llamen exilio, de acuerdo.

Nos ha ido bien. Pero no ha sido fácil. Muchas veces pensamos que en España habría sido más difícil. Pero siete mudanzas en siete países en siete años son exilio de todo. Por ejemplo, de uno de los derechos consustanciales a ser supuesto hijo de la transición. No tengo derecho a sanidad desde hace siete años. Si me pasa algo, moriré, quedaré con secuelas o me arruinaré. No me vendan lo de la movilidad laboral. No. El verano pasado en Gijón, en el centro de salud de mi barrio, no me recibieron. Como a decenas de miles. Eso es también exilio. Exiliado de los restos del estado de bienestar, de la mentira que nos grabaron en paralelo a la culpa.

Sin mucha conexión, un editor me definió en la tapa de un libro como feo, sentimental y asmático. El asma va muchas veces pegado a la rinitis, esa nariz taponada –por el polvo que se acumula en los libros, me gusta matizar- o sea, que lloro y se me tapona la nariz. Vaya uno a saber porqué.

Sales de la depresión, sacas la cabeza del hoyo. Te atreves a lanzar preguntas.

Primero, vídeos de César Rendueles. Mientras friego, por ejemplo, a todo volumen. Del exilio no le he escuchado nada, pero encuentro algo lateral. Que la crisis nos ha proporcionado lucidez por lo que toca al mercado laboral. Que ser recepcionista en un museo no es la antesala de dirigirlo, sino tener un trabajo precario. Ser teleoperador no es la antesala de ser hacker, sino algo que se parece un montón a una fábrica de principios del siglo XX. Y ser senior staff editor de una start up periodística del más ampuloso nombre es llenar las redes sociales de ruido mal traducido. No es ser periodista, menos aún reportero, aunque todo el mundo acepte el sucedáneo por lo del ser y parecer, lo del simulacro.

Esos cuentos que adornaban la experiencia laboral de la precariedad han caído. No vamos a volver a un mundo que apenas conocimos y no existe más. Andamos sin mapa. Bien. No es culpa nuestra. Son tiempos nuevos y de transformación. De Rendueles hijo paso a escuchar a Rendueles padre, Guillermo, en alguna charla en centro social. Antipsiquiatría. No necesito psicólogo sino sindicato. No estamos locos. Pero, en la distancia, tampoco lo tenemos. Otro exilio.

Avancemos. Después pido insumos. No será exilio. ¿Qué es entonces?.

Lo que antes hubiera sido, debería ser, una cena con fabada y vino, unas sidras, ahora se queda en chat. Porque, insisto, no será exilio, pero estar, lo que se dice estar, no estás en casi ningún lugar. Por tanto, los amigos quedan al otro lado de la pantalla.

A Enrique Naveda, mi primer editor en este lado del océano, en Plaza Pública, en una universidad jesuita buena y comprometida, amigo de ya unos cuantos años, le gusta grabar notas de voz en WhastApp. A mí me cuesta respondérselas. En ambas, niños jugando por detrás. Niños que no tienen acento español. Siempre lúcido, lee más que yo o recuerda mejor lo que lee y como habla más despacio, tiene tiempo para que sus respuestas sean siempre inteligentes, sensatas. Se expresa con esa lógica ordenada de quien tiene la barrera perfectamente dominada y reparte juego como respira.

- “Enrique, ¿te parece una gilipollez que me considere exiliado?”

- “Yo no creo que la pregunta correcta es si es una gilipollez o no. Cuando hablás vos o gente como vos y decís que sois exiliados no pretendéis igualaros a los exiliados de la dictadura. Lo valioso es que politizáis la palabra de nuevo. La rescatáis. Insistís en la naturaleza política y económica de vuestra salida, que responde a un sistema que no es dictatorial pero expulsa. Habláis de un sistema que, si se tomaran decisiones políticas perseguidoras del bien común, seria integrador y os permitiría regresar. Vuestra salida no es mas que la consecuencia necesaria de decisiones políticas conscientes tomadas por un conjunto de tatascanes -mandamases, en español- que piensan para ellos mismos y no para el interés común. Siempre ha existido el migrante económico. Al etiquetarlo como exilio, vosotros señaláis una naturaleza sistémica y consciente de la exclusión de un grupo social del país”.

“Creo que tenemos derecho a expresar como nos sentimos y como analizamos los motivos que nos sacaron y por los que no podemos regresar”, le dije. “Cómo queremos comprender y utilizar las palabras”, añadí.

También defendí que quizás deberíamos usar una palabra nueva porque la palabra exilio genera discusión. Es una palabra vieja para señalar un concepto nuevo y eso llama a confusión. Desplazamiento económico 3.0, por decir algo, y tema zanjado. Así podemos seguir hablando sobre el fondo del problema, cómo estamos sin discutir sobre lo formal, cómo lo nombramos.

Risas. “En lugar de decir exilio, banana. Eso sería una solución”, respondió, “Pero le quitas el valor político. Porque hay un entronque con lo que generaciones anteriores pueden sentir. Exagerado, quizás, pero que subraya el carácter de expulsión, que está ahí. Se ha teorizado mucho sobre las exclusiones del sistema capitalista. Antes se hablaba de exclusión como reacción al totalitarismo clásico. Te vas o mueres, te vas o acabas en prisión. Ahora hay una exclusión de un sistema de dominación más intangible, pero no menos duro. Eso que Sheldon Wolin define como totalitarismo invertido. Ese concepto no busca comparar cosas distintas sino subrayar el parecido esencial entre las consecuencias de los ejercicios del poder del antes y el ahora. Y en el caso del concepto exilio, la exclusión es exclusión. Es un desplazamiento ahora y fue un desplazamiento antes”.

Repolitizar el concepto de exilio es, a fin de cuentas, luchar contra el miedo que nos puede, a la despolitización, el desempleo, la soledad, la pérdida de la voz. Estamos indefensos y, en demasiados casos, la historia la contaron los de la camisa azul oscura y la cuentan ahora sus hijos y sus lambiscones con la camisa azul clarita ya, mucho más mediocre y falsaria, pero siempre azul.

La bandera ha pasado de las hombreras a la muñeca, pulserita pija. La gomina sigue ahí. Incluso en los que no llevan gomina, en los Navalón de la vida, aupados al púlpito, vestidos con la camisa clarita de la nueva inquisición. El país fue suyo, sigue siendo suyo. España sigue siendo suya.

Después de hablar con Enrique pensé en Roberto Valencia. Periodista, cronista de la Sala Negra de El Faro, el mejor engendro periodístico de la región, el que más admiro.

Roberto nació en el País Vasco y ahora, después de 17 años por acá, se siente salvadoreño. Por chat, que no le apetece, dice. Quedamos para un skype después de dormir los dos a las niñas. En mi esquema mental, si él no es exiliado, no lo soy yo.

- Roberto, ¿somos exiliados?.

“No me termina de convencer. Aunque seguro que alguna vez me he definido así. Ante ojos de otros seguro que entra la palabra. Yo me fui siendo trabajador de Egin, en 2001 cuando lo cerraron. Llegué una mañana a la redacción y estaban los policías. No me dejaron entrar a por la grabadora, allí se quedó. Sentí que tenía todas las puertas cerradas en España. Estaba marcado como las vacas. Exiliado, no. Soy migrante y tampoco termino de sentirme cómodo con la palabra. Para el exiliado que se tuvo que ir porque temía por su vida, es un insulto que mi situación se equipare. Por respeto a la figura del migrante yo, que vine en avión, no puedo compararlo con viajar en patera o la bestia. Es injusto. No se me puede nombrar igual”.

Tipo duro, Roberto.

“Además”, añade “tengo la puerta abierta. Si yo me veo ahogado, la opción fácil es agarrar pallá, y si la cosa sigue muy complicada no lo niego, no tengo nada en contra, tener que regresar, tener que. Sería por obligación. Igual que cuando vine”.

Cronista, matiza. “Pero aún así, no me molesta que alguien la use, la palabra exiliado, para uno mismo. No me chirria, lo hemos hablado mucho, uno tiene derecho a definirse y sentirse”.

Algunos regresaron, tiraron pallá. Y no por necesidad, sino por convicción.

Fermín regresó a España. Cada tanto, escucharle es regresar a la paz de cuando vivíamos sin celular, saltándonos clases, llamándonos a los timbres y poniendo un LP de los Rolling para fumarse un porrito en el sofá sin hora para ir a cenar. Ahora, empezamos por contarnos las hernias y fisuras, cómo llevamos lo de dejar de fumar o la salud cardiovascular. Después, su explicación, la que acaba por reconciliarme con la palabra exilio que, habíamos quedado, podemos redefinir.

Fermín: “Lo que hicimos fue seguir al pie de la letra las clausulas del contrato social que nos vendieron. Aprendo un idioma, trabajo fuera y regreso en mejores condiciones. Ese es nuestro origen. Somos la generación Erasmus ligada a ese contrato social. Cuando nos fuimos, las cosas no iban mal. No te fuiste para hacerte rico, te fuiste para volver mejor educado. Era temporal. Experiencias diferentes, entornos de aprendizaje. No nos íbamos a ganar dinero. Nos íbamos porque aquí nos iba a llevar una docena de años tener un salario digno y un puesto en el que sentirse apreciado y pensábamos que estar fuera era un acelerador profesional que recortaba la ascensión en la cadena gerontocrática, ante el dominio eterno del mediocre de turno que te pone un techo de cristal y dilata la lista de espera”.

Sigue:

“Te vas, con una beca, unas prácticas. Y claro, se acaba la beca y no tienes nada en España. Encuentras trabajo donde te fuiste. Es provisional, acaba convirtiéndose en 10 años. Te fuiste para poder volver, no porque querías estar fuera. Cuando llevas 10 años fuera piensas que has hecho la mili. Quieres regresar a España porque tienes familia y amigos. Quieres volver a España para ser clase media. Has pagado en esfuerzo y méritos. No vuelves a ser jefe, vuelves a ser clase media. El que se quedaba fuera, lo hacía para ascender o por motivos familiares, de pareja, hijos. El que no los tenía, regresaba”.

Algunos regresaron.

- Fermín, ¿si no soy exiliado, podría regresar, verdad?

Dice:

“El valiente, el que vuelve, cree en su valor. Y se encuentra con varias realidades: Los que no se fueron no te van a hacer hueco para que encuentres nada. No te jode. Yo me quede aquí sufriendo, apostando, 12 años con un jefe de mierda y este listo que viene de estar de puta madre ahí fuera, cree que me va a quitar lo que he conseguido”.

Luego, los empleadores y su lógica.

“Yo necesito patatas a granel y tú me dices que además sabes hacer trufas, lo que me viene de puta madre, pero sólo te voy a pagar por las patatas a granel, que es lo que sabe hacer el que se quedó aquí estos 12 años. No te voy a pagar porque sepas más, tengas valor añadido y traigas experiencias. Te voy a dar el curre de patatas a granel pero vas a hacer además lo otro, tu plus. Te agarro por eso, porque te reconozco. Y date con un canto que mira como esta el mercado”.

“Tu elemento diferenciador tiene valor pero no se paga”, sigue Fermín. “Y cuando quieres competir con los que están aquí tienes que aceptar trabajar en igualdad de condiciones con alguien que no tiene tus atributos pero en desventaja. El empleador nunca detiene la música. Tus compañeros, que han estado penando y tienen mas red social que tú, van a ganarte siempre en el juego de la sillas”.

Ni siquiera eso es lo peor.

“Hay otro elemento, el más complicado: El que vuelve se ha acostumbrado a lógicas diferentes. Cosas tan simples como que espera que le digan en qué consiste el trabajo y cuanto le van a pagar. Pero no, no puedes preguntar por salario ni por funciones concretas. Estás acostumbrado a funcionar orientado a resultados y no a procesos. España es muy procedimental y se trata de hacer las cosas by the book lleven o no lleven a algún sitio. Se pierde tanto tiempo… No está bien visto conseguir resultados de manera heterodoxa, menos aún tardar menos que otros. ¿Para que voy a buscar mecanismos para hacer cosas mejor y mas rápido si en el momento en que acabe me van a dar mas curro para que siga?. No hay aliciente para trabajar mejor, mismo salario, mas trabajo y problemas sociales. Máster en calentar la silla”.

No sabes comportarte como se espera de ti.

“Si tú te has quedado aceptando el servilismo, elemento imprescindible para quedarte, sabes que tienes que seguir siendo servil toda tu vida. Te debas a alguien. De eso depende todo. De seguir la escalera de la dependencia. Cuando estás fuera, las posibilidades de cambio de trabajo son enormes y como has llegado a donde hayas llegado solo, sin conocer a nadie, estás acostumbrado a ciertos criterios objetivos. Llegas aquí y descubres que ser fuerza de trabajo autónoma e independiente no vale nada. Vales tanto como tu red de servilismos. Entonces llega el momento de la confusión, en el que ves que tenías buena cuenta bancaria, que vivías fuera en unas condiciones socioeconómicas que jamás vas a tener en España.

Y replanteas el contrato.

“Te vas al sinfonier, abres el cajón, lees aquello que estaba redactado en letras góticas, la claúsula 27, que dice que podrías regresar y tener una vida normal, la que no hubieras podido llevar porque no eras hijo de nadie. Si haces esto, tendrás esto y aquello, y podrás incluso lograr la realización personal. Y ves que esa cláusula ha sido violada”.

Te queda el exilio interior.

“El exilio interior es el exilio de la clase media. Eras clase media alta con una buena vida. Decides regresar para volver a clase media corriente y te encuentras con supervivencia económica pura y dura, mala, incómoda. El primer exilio es económico. Dejas de consumir, dejas de planificar, dejas de tomar decisiones estructurales y tus posibilidades de elección se reducen cada vez más. Te encierras en el rail de un obrero de 1950 en España con la educación que nos cayó a nosotros, que nos buscamos nosotros, que no es la de un obrero de 1950. La frustración, el enfado, son totales. Cuando corres detrás de un tren que se te escapa cada día 30 el resto de disquisiciones son un lujo”.

Analizas, tratas de entender el contexto y te dicen tres cosas, según Fermín:

“He despedido a tanta gente que trabajaba bien que cuando surge algo tengo que llamarlos de vuelta a ellos. Hay lista de espera. Ellos están primero. Hace diez años me hubiera arriesgado porque estábamos holgados para hacer apuestas, sobre todo por alguien que viene cargado de ideas y procesos para aportar. Pero ahora no existe el concepto de riesgo. No podemos asumir el más mínimo error. Por último ¿dónde están tus certificados de buena conducta?. Ninguno de los skills adquiridos fuera, valen. Preferimos a alguien que haya hecho el máster especifico en el entorno de la organización. Que tengamos domado desde el primer día. Que nos de la seguridad de que va a seguir el camino marcado”.

El resumen, para él es que en España “el conocimiento no es un valor. La visión de conjunto no es un valor, la experiencia no es un valor. El valor es que hayas ido por el camino trillado, doblado la espalda y ofrezcas funcionalidad”. La mentalidad de un capataz español es “no contrato al mejor, contrato al que yo percibo como menor riesgo a todos los niveles para una posición que se siente también amenazada. Nadie se arriesga a nada”.

Se ha roto algo. “Las expectativas mutuas no existen, no sabes donde quedan. No hay manual de uso. Es el sálvese quien pueda. Se ha mezclado la caterva ideológica anglosajona, el mercado de boquilla, con una sociedad latina que sigue funcionando sobre diferencia abismal entre lo que se dice y lo que hace”.

- Insisto, Fermín, ¿puedo regresar? ¿tú, en mi lugar, regresarías?

- “Yo no le digo a nadie lo que tiene que hacer. Ni a los amigos. Hablo por mí. Como me caiga una cuerda del cielo, me agarro y no me vuelven a ver”.