Hoy me han preguntado por enésima vez “¿Pero no estabas en el Times?”.

Sí. Pero de eso hace ya nueve meses. Y antes en AP, cuatro años.

Sí, estuve ahí. Y no, no he encontrado nada parecido a un trabajo desde entonces.

Sí, he publicado. Pero la paga, siempre, por debajo de lo que costaba producirlo. Algo que no sólo es muy humillante para mí, es indigno también ante los demás, que algunos intentan que esto aún sea sostenible.

La alternativa era quedarme en silencio y no volver a publicar. Entre enero y ahora, seis historias, de las de revista larga en papel, de las de dominical. Con fotos de Pulitzer (sí, literal, de Pulitzer), formatos diferentes y accesos únicos, seis historias desde tres países en seis meses. Eso he hecho. Pagan entre todas -cuando es que pagan, que no las he cobrado todas, meses después de publicadas y entregadas- menos que mi sueldo mensual por subir basurilla reciclada al Facebook del Olimpo con el que todos sueñan.

“Pero con todo lo que has hecho no vas a tener problema”, suele ser la siguiente frase. La conmiseración es cruel. Y yo digo: Si van nueve meses, claro que voy a tener problemas. No los voy a tener, los tengo. Pese a lo hecho. Desde hace nueve meses. Pese a lo hecho.

Que es: New York Press Club Continuing Coverage award; Award for Crime coverage, New York Press Club; Tom Renner Award, IRE: Batten Medal, ASNE; Gramling Journalism award, AP; Society Professional Journalists New York, Deadline Club; National Headliners Club, Society of Professional Journalists; Sigma Delta Chi Awards for best foreign correspondent; Overseas Press Club of America Robert Spiers Benjamin Award y antes el FIPRESCI, y el Rory Peck, y el Anna Lindh oel anual de Amnistía Internacional y más…

Todo da igual. Un resbalón y no te levantas más. Un tropezón con un tonto y se acabó. No se valora lo hecho. Creo que los colegas me escuchan y se asustan. No por mí, todos le valemos verga a todos, nunca lo he dudado. Por sí mismos. Miran a otro lado. Por miedo. Corren. El que escucha entiende que el resbalón está ahí para todos. Que si yo no levanto cabeza, el próximo en resbalar, que puede ser quien esté leyendo ahora, tampoco la levantará. El espejo es jodido.

La última vez que cené con un editor al que pedía trabajo, aquí en México, me llamó “sobrecualificado”, la estupidez más estúpida que alguien te puede espetar como excusa para quitarte de en medio. “Tú aquí te aburrirías” es otro de los clásicos. ¿Creen que ir a ruedas de prensa de la Secretaría de Salud en Tegucigalpa y que no te gane Reuters era como ir a un concierto de Abba? Era trabajo. Del serio. de corresponsal de AP en un país. Eso es intenso. Y de eso vivíamos. No de los grandes reportajes.

Hoy, a punto de incorporarme a un fellowship en la Universidad de Michigan y reciclarme en otra cosa. Por fracasado.

(Hace un año, hasta cartas me pedían a mí algunos para sus solicitudes de visa gringa. Frases que dan esplendor, el prestigio de la etiqueta. Y luego, el silencio. Espidiforme, que gritarán entre la multitud alguno de los mismos).

Toca cambiar de tercio. A los 40 soy demasiado viejo para empezar de cero de nuevo -no porque no deba o quiera sino porque nadie cree que pueda o esté dispuesto a aceptar- y demasiado joven para abandonarme y olvidarme de todo -ya no estoy solo-.

La regla, dicen, el mercado. En el mercado vendo algo que no vale. Nadie lo quiere. Lo regalo (es un decir, lo vendo al mismo precio que los demás, que no da ni para el boleto de avión) mientras pueda sostener la producción. Puro dumping. Al final, dejaré de hacerlo. El producto, esos textos reporteados por abajo en lugares complejos salen demasiado caros para los clics que vomitan. No son rentables. No hay demanda. O no tengo padrino patrocinador, que no lo tengo.

Después, por el lado de la oferta, cada mes se presentan diez más jóvenes, sin familia ni pasado, con mucho futuro y paciencia -claro, 15 años menos- dispuestos a tirarlo todo por una firma. Lo mismo que hago yo ahora, deprimido, devaluando lo que quede de mis años de trabajo a cambio de publicar algo.

En caso de que fuera cierto que por seguir publicando algo podría pasar algo, pensamiento poco menos que utópico.

Así que el mercado, sí, pero a medias. Más distorsionado que una noche de pedo.

Porque se supone que en el mercado debería valer algo por la trayectoria, la experiencia, el recorrido, el criterio. Pero no, no lo vale. ¿Méritos? A la mierda con los méritos. Todos los que los reconocieron estaban engañados. Mintieron. Ellos no saben.

Luego leo La noche de la pistola y pienso. Joder, nunca he robado, ni malgastado el dinero de la empresa, ni apuntado a nadie a la cabeza, ni me han detenido, no soy adicto al crack. Es más, siempre he sido puntual y stajanovista. He producido como un animal. Da igual.

Valen otras cosas: funcionalidad, simulación.

La historia de David Carr. Es engañosa. En realidad, por un quítame allá esos tuits -quien dice tuits dice sobredosis de boca- yo me he ido a la mierda. Quizás tendría que haberle puesto una pistola en la cabeza a alguien. Ramón J. Sender era miembro de la CNT cuando escribió sobre la masacre de Casas Viejas y a ver quien le cuestiona el texto. Orwell andaba a tiros con carnet de una milicia trotskista. Hoy, pones un tuit y cagaste. En 1933 o en 1937 había más libertad y espacio para trabajar que ahora.

Yo sólo quería un puesto de trabajo, un sitio al que llegar cada mañana y hacer periodismo, que evitara esos lunes al sol tan destructivos. Pero no llegó, y todo esto tocó a fin. A reciclaje. Nunca estuve dispuesto a llamarme periodista sin hacer periodismo y sí, estuve en el Times. Y no, allí no se hacía periodismo. Me tocó la sucursal latina, la externalizada al país barato, la planta del abono. Y me negué a mentir. Eso no se perdona. Tomad nota. En este negociado que se basa en hacer preguntas, no se toleran las preguntas al preguntador.

Para los demás, cuestión de tiempo. No seré el último en caer.

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