¿Qué miedo?

(Prólogo al primer número de la Revista MeMo. Enero 2014)

¿Quién dijo miedo, qué miedo?

Nosotros, cada día, pero casi siempre vomitando para dentro en silencio y comiéndonos la arcada al mismo tiempo que la negamos en público. No, no tenemos miedo, decimos, sentados sobre una pose distante, construida a base de frases hechas y evasivas. De pretendidas responsabilidades colectivas mayores que nosotros mismos, de palabras tan grandes que no dejan el espacio para debatirle a la prepotencia de lo que realmente somos: supervivientes por casualidad que lo escenifican sin mayor drama, convertido el hielo en parte de ese trabajo que nadie nos ha obligado a elegir.

Los que nos hablan de miedos lo hacen de noches diferentes a las de nuestro insomnio. Nos hablan del miedo a la muerte, a la mutilación, al secuestro, a la pérdida del otro, a las pesadillas y los derivados del carácter agrio, prepotente, insoportable, del descreído, del cínico que ha visto y vivido más. Los que nos hablan de miedos sólo incluyen los miedos de carnaval que se quedan en la coraza, los de la carrocería de opereta que tanto viste y tan poco significa.

Pocos conocen los miedos que nacen en el momento en que miras a los ojos, en que comienzas a situarte frente a seres humanos que sufren y sufrirán siempre más que tú, regalándote su espacio para te alimentes, para que alimentes la conmiseración, rabia y aplausos de otros.

Esos son los miedos que pocas veces afloran. Los que consumen por dentro pero no se leen en las imágenes ni se escuchan en las presentaciones, que se esconden detrás de silencios no compartidos más que a través del trabajo mostrado o, peor aún, de la decisión de no ir, de no tocar determinado tema, de no viajar a Aleppo, de no entrar en el psiquiátrico a visitar a los internos, de pensar que la religiosidad enfermiza de algunos no es algo que debamos abordar de nuevo, de no reducir a imágenes a millones de seres humanos que viven sin esa entelequia que unos llaman estado y otros identidad, de no recordar cárceles públicas a las que nos empujaron una vez, prisiones con barrotes de cristal en las que sólo sabemos gritar para dentro o en redes sociales, el lugar donde menos pueden importar.

Ese miedo se deja atrás con una frase hecha, cada cual tiene la suya. Si no lo explicamos -y no sabemos hacerlo- nadie lo conoce.

Es el miedo a no contarlo. No siempre sabemos cómo lo pateamos hacia delante, como lo editamos, como nos situamos ante el trabajo que producimos.

Surge entonces incluso más miedo a contar mal que a no contar. Por mostrar nace el miedo a confundirse y confundir. El miedo a la prisa. Un miedo al que sólo sabemos responder tecleando, disparando cuadros, trabajando y pidiendo que no nos pregunten nada más una vez que lo hemos hecho público. Pidiendo más tiempo y espacio para no ser turistas ni invasores. Porque si tenemos alguna duda de que lo hemos sido, volveremos al miedo. El miedo a que la información sea tan contradictoria como la realidad y no hayamos tenido la ocasión de entrarle a los pliegues y sus prisas, el miedo a la superficialidad, a la intrascendencia, a la caducidad, a la deformación. El miedo al fracaso de nuestras historias, que sería el fracaso por el que otros murieron y mataron.

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