Radiombligo (o el desprecio por lo público)

Ser niño en Chiapas es crecer en un lugar donde hasta las banquetas conspiran en contra. En el reino del pavimento y la propaganda espectacular, poco o ningún lugar queda para los árboles, los parques, las canchas, los conciertos, las bibliotecas, los cines de barrio y, en fin, todo espacio público que puede hacer de la infancia un lugar de crecimiento y formación, sí, pero sobre todo, uno que siembre en el sencillo corazón del niño la alegría simple de vivir.

Nada de eso abunda en Chiapas. Un día sí y otro también hay conciertos “gratuitos” de Julión Álvarez, villas navideñas y cosas así, según la temporada. Pero no espacios permanentes que promuevan eso que las personas serias llaman el sano desarrollo de la niñez. Es decir: árboles para trepar, pedazos de tierra para jugar la cascarita, banquetas a prueba de patines y hasta algún material de lectura o de gozo visual o auditivo para echar a andar esa máquina de asombros que suele ser la imaginación infantil. No, de eso en Chiapas hay más bien poco.

Por eso, porque sobran recursos públicos para el permanente despliegue de la propaganda oficial y porque faltan –urgen­– espacios para niños, asombra que el gobierno de Manuel Velasco decida no sólo el recorte de recursos, sino de plano ya no renovar el contrato a uno de los espacios (radiofónicos) más emblemáticos y queridos por la sociedad chiapaneca: Radiombligo.

O no. A la vista de las constantes pifias protagonizadas por Manuel Velasco (que van desde los 10 millones de dólares gastados en propaganda en un solo mes, hasta el célebre desplante sobre el plebeyo cachete de un subalterno), a lo mejor no asombran ya sus desatinos. Excepto que éste –la probable desaparición de Radiombligo– no sólo ofende por su mezquindad y cinismo, sino que deja en la orfandad total de contenidos a una población que ya crece de por sí, a falta de políticas públicas, en estado de vulnerabilidad.

Desde hace 14 años, Radiombligo ha ofrecido a los niños de Chiapas lo que no existe en casi ninguna programación de la radio o la tv de México: canciones infantiles de todo el mundo, música clásica, cuentos, poemas, entrevistas a científicos y artistas, y un pequeño ejército de divertimentos sonoros. Por esa labor ha recibido reconocimientos de México y de otros países.

Aun así, casi cada año se ha cernido sobre el programa la amenaza de un nuevo recorte presupuestal; cada cambio de sexenio, una promesa de desaparición. No hay razón para ello. En ningún momento ni lugar, el capricho y desprecio de nadie, por muy gobernante que sea, pueden ser considerados razones. Pero acaso existan causas.

DOS

Tanto Radiombligo como su director, Raymundo Zenteno, se han caracterizado por el público ejercicio de la crítica y la exigencia de derechos ciudadanos. Sólo en el presente sexenio, por ejemplo, el locutor ha escrito varios artículos y cartas públicas al gobernador. Los motivos han sido varios. Entre ellos: a) los atentados contra el espacio público ocasionados por el culto a la personalidad de Manuel Velasco; b) el impune fraude electoral en Tuxtla Gutiérrez orquestado por el Partido Verde; y c) la rehabilitación del parque Joyyo Mayu, abandonado, pero cuyo nombre ha sido constante víctima del capricho editorial de los gobernantes en turno. Ninguna de esas cartas ha merecido, por cierto, la atención oficial.

La sección de Raymundo Zenteno en el portal Chiapas Paralelo deja constancia de su ejercicio crítico, razonado y de continuo respetuoso (a veces más de lo que merecerían los funcionarios públicos): clic.

Pero ejercer la crítica en Chiapas suele traer consecuencias. O eso parece hoy, 31 de diciembre de 2015, cuando a unas horas de concluir el contrato de Radiombligo con el Sistema Chiapaneco de Radio, Televisión y Cinematografía (SCHRTyC), ningún funcionario ha salido a anunciar la continuidad del programa infantil, cuyo presupuesto fue de por sí recortado desde que inició el actual sexenio.

TRES

El caso de Radiombligo pone en relieve el más serio problema de los medios públicos de México: no son públicos. Son financiados con recursos públicos. Pero su administración y proyección no son ejercidas como un bien de interés público, sino como otro vehículo más de la propaganda oficial. Bajo ese esquema (una más de las deformidades que produce el entendimiento burocrático), todo lo que no sirve para reproducir alabanzas y aplausos termina por estorbar. Si además promueve la reflexión crítica, sencillamente, no cabe.

Como ocurre con todos los medios públicos de México, tampoco el Sistema Chiapaneco de Radio, Televisión y Cinematografía goza de autonomía. Más aún: al carecer de un proyecto de largo plazo, queda entrampado en la visión cortoplacista –y a menudo ególatra– del gobernante en turno.

El organismo dice tener como misión producir “contenidos que impulsen el desarrollo humano de los Chiapanecos” (sic). Sin embargo, su programación dice otra cosa, pues destina tiempo y recursos para programas que reproducen el bajo estándar de la radio y la tv comerciales. Ejemplo (no se ofenda, lector, lectora, pero es que así es la provincia, pues):

Por fortuna, hay excepciones. Una de ellas es, precisamente, Radiombligo. O al menos lo era, hasta hoy. Mañana, quién sabe. Es probable que el SCHRTyC esté, justo ahora, a la espera de lo que decida el señor gobernador.

Ojalá no fuera de esa manera. Ojalá los chiapanecos contáramos algún día con una ley que protegiera la autonomía de un medio que, por definición, nos pertenece. Ojalá que esa ley nos permitiera, además, decidir sobre los contenidos que merecemos; para que lo que es nuestro, por ser público, lo sea efectivamente y deje de depender de la buena o mala voluntad de nadie.

Ojalá que nuestros niños no sólo tengan Radiombligo para rato, sino que surjan muchos más proyectos con al menos la mitad de la dignidad y belleza que Radiombligo nos ha obsequiado hasta ahora, durante 14 años, de lunes a viernes y de 7 a 8.

Eso sólo será posible con una ley que devuelva la autonomía arrebatada al sistema de radio y tv de los chiapanecos, cuyo objetivo y misión son, hoy mismo –como el resto de los asuntos públicos de Chiapas en este sexenio–, apenas un ejercicio de retórica y simulación asalariada.