El asesinato de Karl Ayala

1

Amplios carteles coloridos se erguían sobre la ciudad. Cada poste era un guiño, entre cínico y optimista, de aquel rostro relamido. Como diciendo: “tú también puedes cambiar el mundo”. Karl Ayala, el candidato a la presidencia municipal de Cuernavaca, formaba parte de Convergencia, partido político fundado por ex-priístas, pero que se desmarcaba del pasado, proclamándose poseedor de unos valores más honestos y nobles. Una suerte de, nosotros reunimos lo bueno de cada corriente política del país, los hombres son viejos pero las ideas renovadas.

El candidato había sorprendido a la sociedad cuernavacense, pues se mostraba como un hombre cercano y capaz de comprender la voluntad del pueblo, y a su vez, también podía satisfacer los deseos beneficiosos para la elite. Asunto razonable, en un hombre objetivo que intenta reunir todas las ideologías. Al final, estas acaban repeliéndose entre si, y el hombre es un mero espejo, un lugar de paso que refleja la voluntad de los demás.

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Un amanecer, todos los carteles de Karl Ayala se esfumaron. Como si el mecanismo propagandístico que llevaba tiempo articulándose, hubiera decidido retirarse, allá lejos en el cerro, asqueado de su vicio, cinismo y poca honestidad. Esa cara cuidada y adaptada con esmero se volvió inalcanzable, sus apariciones mediáticas, mítines y demás no se repitieron. Los rumores no tardaron en correr. Algunos decían que había decidido retirarse de la política; otros, más morbosos, que había sido asesinado y secuestrado por los narcos; otros, más conspiranoicos, que había cometido un enorme fraude y escapado del país. Decidí investigar quién era, qué había pasado con Karl Ayala.

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Llamé a mi amigo J. Domínguez, hombre conocedor y acostumbrado a moverse en el ambiente político de la ciudad. Sus reservas de frivolidad lo hacían ser un camaleon, capaz de simular en toda situación. Seguramente, el podría decirme dónde vivía Ayala. Mi intuición fue acertada, incluso me reveló más detalles de interés. A saber, que había estado en una de las fiestas del partido para celebrar su candidatura que, dadas las encuestas, era el elegido, pero que no había tratado con él. Una sensación de neblina en torno a Karl Ayala se instaló en mí, cada vez más, parecía haber algo de inalcanzable en su figura. Como si hubiese siempre una distancia respecto a los demás, un hermetismo que encapsulaba su vida privada.

Su casa se encontraba en la calle Mesalina. Al entrar, había un vasto jardín lleno de helechos y revolutas, además de una alberca en media luna. Yo, viniendo de una familia humilde, siempre me había intrigado esa propiedad de los espacios, esa capacidad de ocultar que tenía Cuernavaca. Cómo en cada rincón marginal, uno podía encontrar un lugar exuberante. Puede que esa sea la razón por la que el poder, sea tan ágil en apropiarse de México. Entré al interior de la casa, intenté buscar algún signo de violencia, algo que delatara un forcejeo, una sumisión, pero todo estaba en total orden. Desconcertado, decidí pasar al plano personal. No había ninguna foto de él, lo más “íntimo” que logré encontrar fue una foto enmarcada, en lo que asumí su habitación, de dos mujeres desnudas, posando ante un descampado en la noche, y una gorra naranja del partido con su nombre, dentro de una cafetera. Me empecé a hacer la idea de que quizás, Karl Ayala era una mera ilusión, que su partido no había encontrado a quién postular y habían decidido crear un arquetipo que supliera el hueco, un ídolo capaz de fortificar o socavar ideas.

Más tarde, examiné con cuidado el cuadro que había encontrado en su casa, reparé en una inscripción en la parte trasera: “calle guayabos agrios, 19 de septiembre del 2006–19 de septiembre del 2017”.

4

Una tormenta se acumulaba en Ocotepec, el agua corría rápidamente por sus callejuelas accidentadas. Las pequeñas casas se amontonaban, como maletas desvalijadas que han sido abandonadas. Allí el hambre es una gran torre. Una suburban negra pasó por la calle principal, velando el ambiente tenso que flotaba en el aire.

5

Llegué a la calle guayabos agrios, una terracería limítrofe que se extendía hasta los pies del cerro, al norte de la ciudad. No había nada construido alrededor, sólo una tierra fangosa dónde crecían guayabos y zapotes negros. Decían que era una tierra llena de miasmas, dónde nada podía darse bien. Esos dos árboles de frutos, se habían multiplicado como una plaga, pero estaban moribundos, casi calvos, como si apenas tuvieran la fuerza necesaria para crecer y mantenerse de pie. Las guayabas eran acidas e insípidas, los zapotes muy oscuros y amargos. Me adentré en la tierra para llegar hasta el manantial que había abajo. Al llegar, unos hombres en traje negro estaban discutiendo a la orilla del agua. Los observé desde una roca, un hombre gordo con lentes de pasta gorda, que escondían una mirada viciada y maligna, me pareció conocido. Era Graco “el grajo”, quien había acabado finalmente como presidente municipal, acompañado de sus secuaces, los tarados hermanos Garrigós. Esperé. El calor de la noche en verano, la humedad y los frutos caídos en descomposición, envenenaban el aire con un fermento corrosivo. Graco y su séquito se habían puesto desde hace rato ya, a clavar palos en la tierra. Parecía que enterraban y desenterraban objetos. Ya entrada la hora más peligrosa de la noche, acabaron esa tarea y volvieron a la calle. Alcancé a escuchar al grajo, que les decía a sus hombres: “Ya ven, no hay base que resista. A mí la tierra. Vámonos a cenar armadillo relleno”. Se subieron a una camioneta negra, los seguí prudentemente con mi tsuru, coche ideal para camuflarse y pasar desapercibido. Salieron de la ciudad, por la carretera libre hacia Toluca, llena de curvas, socavones y desprendimientos. De pronto, se detuvieron en una curva y se orillaron a la derecha, parecían esperar a que no viniera ningún coche. Pasé la curva, simulando no reparar en ellos y me bajé del coche después de una distancia prudente. Volví atrás caminando, escuché un arrancón muy fuerte y ramas rompiéndose, la camioneta ya no estaba. Debían haberse metido de lleno en el bosque. En efecto, había un camino clandestino que se perdía en las profundidades, caminé una media hora y llegué a una cabaña con un letrero de neón que decía, “El Babalú”. Una voluptuosa mujer salió de la entrada principal y me dijo: “Soy Fátima, pero me llaman la rafflesia, pasa conmigo”. En ese momento, alguien me golpeó por detrás y me sumergí en un fango, lleno de sueños fractales.

6

Muerta la enfermedad llego al campo

color verdoso que se abre hacia el cielo

bajo el sol que hiende la roca

dos mujeres sin nombre me son conocidas

tan pronto como respiran subo a la plataforma

hueco rectangular que la determina

mis pozos de ira tumban al hombre en ello.

Abajo en la playa un largo paseo

converge hasta la boca

ráfagas de gente después de la pandemia

allá en el otro nivel ofusco un crimen

la confusión se hace dueña de las máscaras.

Ciudad nueva o refugio de unos días

dentro del bar la amplitud

de unas mesas vacías y cojas

trago el armadillo relleno

para no volver nunca.

Ya en el portal, asalto la reunión

de otra multitud que me es conocida

la fuente de fuego que emana el licor

desde un barril de roble

en medio, un mazo se levanta

La ciudad entera se reduce a un edificio

inerte ante el desconcierto.

7

Me desperté en medio de un páramo en el bosque, con una cruda muy cabrona, aunque no recuerdo haber bebido nada. Alguien me había quitado la ropa y la había rajado. Gracias al sonido de los coches, me pude orientar. Caminé hacia esa dirección débil y confuso. Sin darme cuenta, resbalé en unos estanques de truchas olorosas. No se como llegué a la carretera, pero no había ni rastro de mi tsuru. No tuve más remedio que esperar a que un viajero se compadeciera de mí. Finalmente, una familia que viajaba en pickup me acogió. Me dejaron subir atrás, en la parte abierta, donde iban sus niños. Todo el viaje en silencio. Ese día entendí, de cierta manera que, detrás de cada hecho hay un narrador, que nada puede ocultarse indefinidamente. En algún lugar, habría alguien o algo que me alumbrara sobre Karl Ayala.

8

Algo se había despertado en Ocotepec, se había convertido en un hervidero, habían surgido ciertos grupos de autodefensa que se proclamaban dueños del territorio. Su palabra y sus designios eran la ley. El día que pasé por allí, un niño me repartió un panfleto subversivo. No sabía quien estaba tras esas ideas, ni siquiera los propios habitantes parecían saberlo, simplemente había surgido así, de un día para otro, como una maleza que se apodera de los lugares abandonados a su suerte. Recorrí desde Ocotepec hasta Tepoztlán intentado dar con la fuente de aquellas ideas. Me arrojaron el nombre de un tal Berengario Morón. Algunos decían que era un vagabundo erudito que predicaba sus ideas a quien se le ocurriera entablar conversación con él; otros, que ese hombre había muerto hace ya mucho tiempo pero que aún quedaban sus escritos, que alguien se había encargado de recuperar y difundir; otros, que es el señor que regenta una tienda de abarrotes llamada, “Los ejotes de Don Chuy”.

9

Fui a “Los ejotes de Don Chuy”, unos abarrotes aparentemente corrientes pero que al entrar me revelaron algo peculiar. Todas las estanterías estaban llenas de latas de una especie de mezcla entre ejote y ocra.
— Buenos días don, ¿quiere una de esas? — me preguntó la dependienta
— Sí, deme una de esas.
— ¿De esas, las que están aquí abajo, o mejor, esas las que están más arriba?
— Las que usted quiera.
Me pasó una lata de las de arriba.
— ¿No la va a abrir? Pruébela don, seguro le gustará.
Abrí la lata y vi que contenía un chamoy derretido que se escurrió sobre mi ropa.
— Deme otra de esas — dije señalando una lata idéntica de la estantería opuesta.
Esta vez se trataba de un tamal en almíbar.
— Me gustaría hablar con el señor Berengario Morón.
— No está… Está ocupado. Quién piensa usted que cocina todas estas delicatessen.
— ¿Cuándo puedo encontrarlo?
— El señor Berengario no gusta salir de aquí, los ingredientes que cocina son su único contacto con el exterior.
— Precisamente, me gustaría surtirle ciertos ingredientes, así puede vender mis escamoles gratinados y mi armadillo relleno en lata.
— Venga usted el próximo martes, a la una de la tarde.

10

El día de la gran sacudida todas las fibras vibraron en un gran paroxismo, un rugido subterráneo se escuchó desde Toluca hasta Guerrero. En el estado de Morelos, varios municipios habían sido gravemente afectados: casas derruidas, casas que habrán de ser derruidas. Yo me encontraba en la tienda de Berengario Morón cuando sucedió, pues fue el día que había acorado la cita con él. Lo estaba esperando en un almacén —lleno de más latas idénticas—, donde la dependienta, doña Lupita, me dijo que esperara. Recuerdo que empezó con un mareo súbito, sentí una especie de succión cósmica, que no podía vislumbrar pero estaba allí, un desequilibrio interior, como si mis órganos hubieran perdido su soporte y hubiese sido relegado a un ritmo ajeno al de los humanos. Luego gritos, doña Lupita gritando “¡cuidado con las latas!”. Por suerte, tuve tiempo de meterme dentro de un barril que olía a Boukha, un destilado de higos. Las estanterías empezaron a zangolotearse cada vez más fuerte, hasta que acabaron en el piso. Las latas se abrieron por los golpes, creando una mescolanza de toda clase de alimentos exóticos: chapulines en vinagre, hígado glaseado, escamoles disecados, ocra garapiñada, pastrami de tlacuache, higos rellenos de seta, chiles habaneros en jugo de granada. Cuando el temblor terminó, el olor nauseabundo me hizo salir de allí corriendo. Doña Lupita seguía metida debajo del mostrador, me fui lo más rapido que pude a mi casa. Berengario Morón nunca me recibió.

11

Semanas después, el caos continuaba en la ciudad de la eterna primavera. Empezó a haber una serie de protestas, orquestadas por los revolucionarios de Ocotepec, contra el gobierno de Graco Ramírez, pues los damnificados no habían recibido ninguna ayuda. Se comprometieron a recolectar despensas y cualquier tipo de donación. Las ayudas nunca llegaron, aunque ciertos juglares, como Abraham Mendieta*, afirmaban que sí habían sido repartidas, sólo que a los más necesitados. Una furia incotenible se desató por aquel escandalo, la gente desquiciada, harta de ser sometida, había tomado las calles. Marchaban hacia la casa de Graco en Tabachines. Sin pensarlo me uní a ellos. Los vigilantes de la colonia apenas opusieron resistencia. Unos campesinos en su tractor empezaron a arrasar los campos de golf tan cuidados que guardaban. Fue un camión de la basura el que tumbó el portón de la casa de Graco. Había una fiesta con mariachis y música a todo volúmen que ni se había enterado. Allí estaba el grajo junto con Jorge Messeguer, que cantaba una versión de “Mediterráneo” de Serrat mexicanizada**. La gente empezó a lanzar a los invitados toda clase de objetos y armas clandestinas. Se vieron volar y estrellar elotes en llamas, higos con alfileres, tamales-molotov, tlayudas punzantes. Los déspotas y sus invitados, huyeron a atrincherarse dentro de la casa, pero ya se confundían entre la horda de gente desquiciada que los perseguía. Un elote incandescente prendió fugo dentro del salón, escuché a una mujer, a la que la gente abucheaba bajo el estribillo “Elena Cepeda, cara de mandríl”, gritar, “¡mis obras de Elisa Cano, no!”. Unas llamas verdosas, casi fatuas, como cuando se queman materias y efluvios corruptos consumieron la casa del político.

12

Me llevaron por pasadizos oscuros, llenos de latas, que giraban y bajaban, como un laberinto en las entrañas de Ocotepec. Tras un rato, ya desorientado, salí a un patio interior de forma circular. Las paredes eran altas e impedían ver el exterior. En el centro, un gazebo de mármol rodeado de ceibas resaltaba. Allí había un hombre sentado que me parecía haber visto alguna vez, pero su cabellera estaba ya encanecida, sus ojos nublados y vidriosos, su brazo, negro y chamuscado, desde el codo hasta los dedos. A Karl Ayala lo matamos todos nosotros. Quizás, sólo existió en nuestras mentes, como conciencia colectiva, o, puede que el mismo se haya suicidado. Habrá más grajos y garrigós durante unos siglos más. Ojalá todos nosotros hagamos una reflexión, más allá del mero griterío, que nos permita entender el estancamiento de un sistema que a unos les sirve de pozo sin fondo, mientras que a otros, los aniquila y socava.

* Abraham Mendieta fue un peculiar politólogo, de habla coja, aunque verbalmente ingenioso, con ese don del embauque, propio de las gentes del mediterráneo. Nadie sabe muy bien de dónde venía, pero un día, todos empezaron a escucharlo opinar.

** Varios testimonios afirman que en los círculos más outsiders del tianguis de Cuernavaca, circula una grabación de corridos, tocados por Jorge Messeguer en catalán.

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