Como siempre: la prueba

Escribir un texto de prueba en un espacio nuevo —nuevo para uno, se entiende— es una actividad exploratoria. Un tanteo. También es una costumbre, consagrada ya como parte del tedio y de la uniformidad de las respuestas humanas ante las herramientas de comunicación por internet. Toda la gente que empezaba un blog, allá en la década pasada; toda la gente que hoy entra por primera vez a Facebook, toda la gente que comienza a tuitear hace lo mismo, se dice: escriben (o graban, o fotografían) variaciones sobre A ver qué tal funciona esto, o bien sobre Bueno, bueno, probando. Parece que cierto porcentaje de los usuarios primerizos de cualquier espacio de la red se aleja por entero, al menos temporalmente, de los medios que prueba una vez que ha hecho esta primera aproximación, y si vuelve no lo hace de inmediato.

Sospecho que en estas reacciones y prácticas repetidas sin reflexión está la incertidumbre de todo lo nuevo. Pero alguien necesita reportar con abundancia y rigor lo que sucede con la gente más joven que alcanza estos nuevos medios a medida que pasen más años de este siglo. Tal vez sea distinto para ellos. Por lo menos, estoy seguro de que la gente de mayor edad —en la que cada vez estoy más firmemente situado, igual que usted— morirá tarde o temprano y su experiencia del mundo digital será interesante desde un punto de vista meramente sociológico, histórico, como las de la última generación de copistas.

Los relatos de esta época de transición, si se hacen, ni siquiera recogerán polvo, porque estarán en algún archivo remoto, en un servidor universitario o en el de un proveedor de espacios como éste, que aún es bastante novedoso pero, desde luego, no va a durar para siempre.

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