La leyenda del irreductible Atleti



Ven hijo, acércate, voy a contarte una historia.

Corría la segunda década de los años 2000, muy cerca ya de cumplir éstos su tercer lustro. España caminaba sumida en una profunda crisis económica de la que parecía que empezaba a vislumbrar el final, Rusia amenazaba al mundo con una soberbia tan inesperada como tradicional, en Estados Unidos gobernaba su primer presidente negro y Breaking Bad todavía era la mejor serie de la historia. Era abril de 2014. Tras una Liga larguísima, nos habíamos plantado a falta de unas pocas jornadas con tres equipos metidos en el ajo. El FC Barcelona, que llevaba años dominando al mundo bajo el yugo del jogo bonito; el Real Madrid, que era un quiero y no puedo que se iba acercando muy lentamente al quiero y puedo; y el Atlético de Madrid, un equipo con peores jugadores y con peores sueldos, pero que a base de trabajo y de esfuerzo doblegó a todos los demás rivales y se colocó líder.


En Champions League también estaban los tres equipos metidos en cuartos de final. El sorteo había obligado a enfrentarse al Atlético de Madrid y al Barcelona, que por aquel entonces iba a tratar de meterse en sus séptimas semifinales consecutivas (y en la última década había ganado tres Copas de Europa), mientras que el Atleti llevaba cuarenta años sin alcanzarlas. En cierto modo, era como la historia de David y Goliat. ¿La recuerdas? Pues bien, antes de esa eliminatoria, los dos equipos se habían enfrentado varias veces, tanto en la Liga como en la Copa del Rey y en la Supercopa. Y de todos esos partidos, sólo uno acabó con una victoria de un equipo. En todos los demás, empate.

El todopoderoso Barcelona, que cuenta la leyenda que movía tan rápido el balón que, por arte de magia, hacía parecer que sobre el césped hubieran dos o tres más para confundir al rival; que parecía una fuente inagotable de talento; y cuyo líder, un argentino llamado Messi, era temido en todo el orbe por su aparente invencibilidad; no había sido capaz de ganarle al Atlético de Madrid, un grupo de chicos que lo único que sabían hacer era trabajar, trabajar y trabajar. Eso sí, hijo, tenían dos cosas que el Barça no tenía: un entrenador de colmillo retorcido, del que cuentan que en su época de futbolista merendaba tibias y cenaba peronés; y dos huevos tan grandes como tu cabeza. No le cuentes a mamá que te he dicho eso, eh. En la ida empataron a un gol. Se adelantó el Atlético, con un gol precioso de Diego, que chutó desde lejísimos. Yo creo que estaba incluso fuera del Camp Nou. Imagínatelo hijo. Con la pierna derecha le pegó al balón y éste, como si fuera un planeta en órbita, hizo una curva hacia fuera y se metió por toda la escuadra. Pinto, que era el portero aquel día, un tipo grandullón con una coleta que llegaba al suelo, no pudo hacer nada. En la segunda parte, Don Andrés Iniesta, el del gol del Mundial, ¿te acuerdas? Pues bien, Don Andrés Iniesta imaginó que podría hacer llegar un balón desde donde él estaba hasta un compañero entre seis piernas rivales y, ¿sabes qué? Lo logró. La pelota le llegó a Neymar, un brasileño de talento infinito que llevaba el 11 a la espalda y que puso el balón en la portería y el 1–1 en el marcador.

Y en la vuelta, la Historia del fútbol cambió. Aquel todopoderoso Barcelona, que había ganado veintiún torneos en catorce años, firmó con sangre el final de su reinado. Todo fue por culpa de un tal Koke, un chavalín jovencísimo que jugaba con guantes envolviendo la bota derecha y que, curiosamente, marcó un gol a los pocos minutos de empezar el partido con la izquierda. El Atlético había salido a matar al Barcelona, algo a lo que no estaba acostumbrado. Imagínate, es como si una hormiga se nos lanzara al cuello a ti o a mi, a degollarnos como a ovejas. El Barcelona lo intentó durante casi hora y media. Eran mejores, lo sabían ellos y lo sabíamos todos. Infundieron el terror en el Vicente Calderón durante 85 minutos a base de un descontrol que pocas veces habíamos visto pero que, en esencia, resultaba peligroso. Como un oso herido, girando sobre sí mismo, lanzando sus garras contra su propia sombra. Era imposible saber si el oso acabaría clavándoselas a su enemigo o a sí mismo. Pero el fuego se acabó consumiendo, hijo. Y de las cenizas surgió el Atleti, que pudo haber ridiculizado al viejo rey Barça metiéndole dos o tres goles más. No lo hizo, como si quisiera hacer saber al enemigo, cuando ya estaba reducido y pidiendo que le descerrajara un tiro en la cabeza para no sufrir más, que iba a seguir viviendo, pero sólo porque el Atleti quería.

Al final, los pequeños hombres rojiblancos se metieron en semifinales después de cuarenta años. Aquella noche de abril de 2014 nació la leyenda del irreductible Atleti. Nunca se rindió, y por eso, hijo mío, nunca perdió.

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