Arteche

Un hombre con quien poder envejecer

Helena de Troya, en la infumable película Troya, clamaba por “un hombre con quien poder envejecer en vez de un héroe”. Traducido a nuestro lenguaje, la considerada como hija de Zeus lo que pedía era un un tipo al que agarrarse cuando la batalla se tornara cruel, un aguerrido luchador en cuya espalda pudiera erigirse una nueva Esparta, un hombre que diera forma al sustento vital que necesita cualquier civilización; y no un tipo listo, más vivo que otra cosa, cuyo talento pesa más que sus ganas de aprovecharlo. Seguramente, su búsqueda finalizaba, sin saberlo, en un melenudo soberbio, capaz de despejar cada balón colgado a la olla mientras ayuda a su hija a hacer los deberes, saca al perro y hace la compra. Helena de Troya, lo que realmente pedía, era un defensa central en vez de un delantero. Como Luis Enrique, por cierto.

Helena de Troya sabía perfectamente, y por eso dijo lo que dijo, que un central bueno es sinónimo de seguridad, de equilibrio, de cierta paz. Su amor perfecto era un defensa con cualidades de leñador y estética de anuncio de Pepsi light de los años ’70 u ‘80. Por eso buscaba hombres que hubieran fumado desde los trece años, moldeando así la voz y acercándola a las profundidades del averno, tan grave que hasta el mismísimo Leonard Cohen se estremecería al escucharle cantar Hallelujah. Así, al bramar cualquier exabrupto, o al gritar “¡fuera!” para que alguien lanzase lejos la granada, ya sin anilla, que hubiera tirado en un córner el equipo rival, pareciera que el mundo fuera a tornarse a su fin, que la tierra se abriese como un melón y que de ella brotasen, acto seguido, demonios con tridentes, mediapuntas habilidosos y extremos gambiteros.

Lo que también sabía era que un defensa central ha de poseer, bajo su nariz y sobre sus labios, que ocasionalmente portarían un cigarro con dejadez, un poderoso manantial de pelo que se derramaría por ambos lados de la boca como una catarata. Madonna decía que admiraba Frida Kahlo “porque vestía de hombre, tenía bigote y, aún así, era capaz de ser glamourosa”, y sabía de lo que hablaba, porque un bigote no es como la camiseta del Real Murcia, que le sienta bien a todo el mundo. En El coronel no tiene quien le escriba, García Márquez escribió, y no sin cierta razón, que para los europeos, América del Sur es un tipo con bigote, revólver y guitarra, como si los europeos hubieran interiorizado, en algún momento, que tener bigote, usar revólver y tocar la guitarra fuera algo malo. Solo diré que mientras que a Europa se le desgarra la camisa por la zona más oriental, a Madonna le van, aún, bastante bien las cosas. Decidan, pues, quién tenía razón sobre el glamour del bigote.

Entre otras cosas, un central tiene que saber usar la navaja. O al menos, el punzón. Algo afilado, vamos. Porque Helena de Troya sabía, y por ello suspiraba, que un hombre verdadero, valeroso y seguro de sí mismo, mata y muere a hierro frío en un córner, como dice Juan Tallón. Cualquier salto con el gólem que lleva el 9 y viste la camiseta del rival puede suponer esa muerte eterna de la que hablaba el anarquista Thoreau, si no eres capaz de hincarle un puñal envenenado en el costado, o al menos, meterle un codazo en un ojo cuando el árbitro no mire.

Un central reconoce abiertamente que en el amor, en la guerra y en un córner, todo vale. Helena de Troya sabía también que un central lo que principalmente ha de conocer es el manual de supervivencia básico. El sino con el que las estrellas marcan a un defensa cuando éste nace le sitúa en la frontera entre la vida y la muerte, en un permanente lanzamiento de moneda en el que el azar determina si la semana que viene juegas en el estadio Santo Domingo contra el Alcorcón o, por el contrario, acabas fuera de la convocatoria.

Un central, lo poco que vive lo hace entre batalla y batalla, pues es en las áreas, su lugar natural, donde éstas se disputan. El plus de peligrosidad que conlleva su profesión le suele convertir en un tipo hosco, que se despierta las noches de partido gritando “¡salimos!” y destroza la lámpara del techo a cabezazos creyendo que despeja centros de francotiradores en una calle cualquiera de Kosovo. Sin embargo, y a pesar de esa aparente locura y del obtuso estrés que sufre, cuando la oscuridad deja paso a un nuevo día, el defensa central sigue estando ahí, en el otro lado de la cama. No se ha marchado de copas con los delanteros y los mediapuntas después de ganar por 4–3 el día anterior porque aún sufre por los goles encajados. Y mientras lleva a su hija al colegio y hace la compra, se muerde el labio para no llorar. Todo eso después, por supuesto, de que Helena de Troya le mire salir de casa apoyada en el marco de la puerta, orgullosa, pensando que su defensa central sí es un verdadero hombre con quien poder envejecer.

Al menos todo esto es lo que debería haber pasado si Afrodita se hubiera estado quieta y no hubiera puesto a Paris, un fino mediocentro con ínfulas de grandeza, el típico que tras una gran temporada pide subida de sueldo, frente a las narices de Helena de Troya aquel maldito día en el que, sin saberlo, dio paso a la Guerra de Troya.