Una historia de Luis y tal

Varios golpes en la puerta despertaron a Paulo Futre y a Manolo. Pum, pum, pum. Alguien estaba aporreando la madera al otro lado. Pum, pum, pum. El portugués abrió los ojos y, en la oscuridad tenue, distinguió las cortinas del hotel, corridas, que caían con suavidad casi hasta el suelo. “¿Qué hora es?”, le preguntó a Manolo, su compañero en aquella concentración. “Son las nueve”, le dijo el delantero, adormilado. Pum, pum, pum; volvió a sonar, esta vez más fuerte. Quien estaba detrás de la puerta tenía intención de despertarlos. Malhumorado, Futre gritó: “¡¿quién es?!” “Soy yo, abra la puerta”, dijo una voz que Futre y Manolo reconocieron al momento. Aquel día era 27 de junio de 1992 y quien llamaba era Luis Aragonés. Esa noche se jugaría la final de la Copa del Rey entre el Atlético de Madrid y el Real Madrid en el Santiago Bernabéu. Acongojado y con un nudo en el estómago, Paulo se levantó corriendo y abrió la puerta. “No jodas, no jodas, no jodas”, pensaba mientras recorría la cálida moqueta de la habitación. El entrenador empujó la puerta y entró como un trueno, exaltado, abriendo las cortinas y la ventana, cegando con la luz del sol a sus jugadores. Tomó una silla y se sentó frente a la cama de Futre. Una mirada bastó para que el portugués se sentase frente a él, casi atemorizado por el fuego que manaba del rostro de Luis Aragonés. “Míreme a los ojos”, le dijo. Futre intentó protestar, pues apenas acababa de despertarse y ni siquiera podía mantener los ojos abiertos al no haberse acostumbrado aún a la luz que entraba por la ventana. Sin embargo, el míster pasó de largo de la queja. “Usted me va a mirar a los ojos y me va a escuchar ahora. ¿Se acuerda de los insultos que le propinaron Míchel, Gordillo y Hierro a Pizo Gómez? ¿Usted sabe dónde y cómo le humillaron?”, le preguntó.
Pizo Gómez era compañero de Futre y Manolo en el Atlético de Madrid, todos pupilos del Sabio de Hortaleza. Meses atrás, el denominado como clan de Las Rozas, formado por los futbolistas del Real Madrid Rafa Gordillo, Fernando Hierro, Míchel, Parra y Ruggieri, se había burlado del colchonero por su falta de calidad técnica, pues su fútbol giraba únicamente en torno a la lucha y a la entrega.
“Claro que lo sé”, respondió Futre. “Desde un coche comenzaron a burlarse de Pizo en un semáforo y a decirle eres nuestro ídolo y mil barbaridades”. “Pues bien”, espetó Luis. “Paulo, hoy vengaremos a Pizo. Estos se van a tragar los insultos que le hicieron a su compañero y hasta el último día de sus vidas van a recordar el día de hoy. Usted se convertirá esta noche en el gran ídolo de Míchel, Gordillo, Hierro, de su gran amigo Paco Buyo y compañía. Hoy no puede fallar, lo tiene totalmente prohibido. Debe humillarlos como ellos hicieron con su compañero. Y ahora vuelva a dormir, pero recuerde que esta noche no me puede fallar”, sentenció.
El entrenador se levantó y se marchó. Aquella noche el Atlético de Madrid ganó por dos goles a cero y se proclamó campeón de Copa ante su máximo rival y en su propia casa. Y Futre marcó el segundo.
Años más tarde, el futbolista portugués reconoció que después de la visita de Aragonés a la habitación, ya no pudo volver a dormir. “La final de Copa para mí acababa de empezar a las nueve de la mañana y era lo que el míster pretendía. Su gran objetivo era que yo empezase a jugar el partido mentalmente doce horas antes. Aquel día, finalmente, vengamos a Pizo”.
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