EL CIENTÍFICO

Detrás de mi, en la ciudad, en las grandes calles desiertas, un gran acontecimiento social agonizaba a la fría claridad de los faroles: era el fin del domingo.

Jean Paul Sartre, La Nausea.

Prieto, cabello largo, bigotillos, barba rala; por añadidura, manco, tal era El Científico. Cuando lo conocí, décadas atrás, tenía el mismo aspecto, pero entonces estaba completo. Su talante de Cristo pobre, su expresión adusta y su hablar ceremonioso, hizo que desde la adolescencia pareciese un viejo, lo que correspondía a sus ropas gastadas y los zapatos sin lustre. La última ocasión que conversamos fue en Chorrillos, un domingo al atardecer. Lo habían contratado, me explicó, para componer el antiguo reloj de la iglesia, detenido sabe Dios cuando. Era su especialidad: arreglar o inventar cosas inútiles o en desuso. Me costó reconocerlo. Toparme con él de improviso, en la puerta de mi casa, al cabo de veinte años, así, mutilado, hizo difícil ubicarlo en el banco de datos de mi memoria.

Sonreía divertido (cosa inusual en él) ante el denodado esfuerzo por lograr que mis neuronas lograsen identificar al personaje surgido de la nada, quien me extendía la única mano disponible, la izquierda (soy doblemente zurdo, acotaría después). Luego de dejarme patalear un rato en infructuosa búsqueda, dijo, ¿te acuerdas del Científico? Se hizo la luz. Torné a mi época estudiantil, cuando la curiosidad me llevaba a las ferias de ciencias, donde profesores y alumnos nos divertíamos diseñando pequeños robots e ingenios autómatas. Allí llegaba el joven Científico, embelesado y fisgón.

A la salida de una de estas exhibiciones pasamos del intercambio de impresiones a las confidencias. Me contó que trabajaba en la maestranza de una fábrica, que había intentado estudiar en la universidad, pero no había tenido el dinero.

Su vocación profunda era la de inventor. Desde la infancia armaba y desarmaba cuanto artefacto cayera en sus manos. Su educación formal se limitaba a la secundaria y a un curso de electricidad por correspondencia. Sin embargo tenía una aptitud nata para la mecánica, oficio que había aprendido de niño, ayudando a su padre a reparar automóviles. Era hábil con la llave inglesa y la soldadura autógena. Podía montar y desmontar cualquier motor y alguna vez había organizado competencias con otros mecánicos para ver quien lo hacía más rápido.

Para su fértil imaginación reparar era insuficiente, quería diseñar, innovar. Su curiosidad lo llevaba a vagabundear de la química y la electrónica, a la óptica y la mecánica, a las que se dedicaba con empírico entusiasmo. Alquimista desfasado, mezclaba sustancias al azar para ver los resultados, los cuales anotaba en unos cuadernos que apilaba en los rincones de su cuarto. El único método que conocía era el de acierto y error, experimentando incansablemente sobre todo aquello que le inspirase inquietud o fascinación (que a decir verdad, eran muchas cosas). Compraba pequeños artilugios, destripándolos para comprender su lógica interna, intentar mejorarlos o encontrarles otras aplicaciones. Era genial utilizando engranajes, vasos comunicantes, planos inclinados y poleas. Era un seguidor fiel de la revista Mecánica Popular, de la que sacaba ideas para sus innovaciones ¿Hasta dónde habría llegado si su intuición y su talento natural hubiesen sido ilustrados con alguna formación científica sistemática? Además de nuestra pasión por la ciencia y la técnica, compartíamos el entusiasmo por el ajedrez y las novelas de espías y detectives. Intercambiábamos libros de Conan Doyle, Simenon y Le Carre.

Ese día en Chorrillos, se percató de la manera en que miraba el vacío de su flanco derecho, sin atreverme a preguntarle qué lo había estropeado de aquel modo. La colgante manga de su camisa sucia daba a esa ausencia una impresión repulsiva, casi injuriosa. Sonrió de nuevo y se avino a contarme su historia. Antes preguntó si estábamos solos, si había riesgo de que alguien pudiera escuchar o nos grabara. Me extrañó su requerimiento pero le di las garantías. Con su acostumbrada solemnidad, se explayó en un relato truculento de viajes, escapes cinematográficos y enfrentamientos a tiro limpio. Hablaba con la precisión maniática de una mente disciplinada y entrenada. Sin embargo, sonaba inverosímil. Me pregunté si no estaría algo chiflado, pues se expresaba con tamaña convicción que no podía ser broma. El clímax vino con lo del brazo. Se lo habían cortado de cuajo con una motosierra, durante un interrogatorio en el que pretendían sacarle información sobre un asunto que nunca esclareció, pero de gran importancia. Llegado a este punto yo tenía la certeza de que mi viejo amigo estaba loco de atar. Años de búsquedas y experimentos, sumados a algún accidente traumático, habían terminado de cortarle los hilos de razón que lo ataban al mundo.

Cuando nos despedimos, avanzada la noche, no permitió que fuera más allá de la puerta. Me apretó fuerte con su única mano y se perdió entre las sombras de mi mal iluminada calle, esfumándose tan enigmáticamente como apareció. Permanecí absorto. ¿Era mi amigo de juventud o un ignominioso impostor?¿Qué había traído a mi casa este huracán de historias tremebundas? No sé definir exactamente por qué esta visita me perturbó ¿la amputación? ¿las evocaciones? ¿la locura? ¿sus desconsolados ojos grises que horadaban el alma?

Hubo una época que con El Científico compartimos inquietudes por la ciencia y la política. Éramos rojos y soñábamos con el tiempo en que el saber y la técnica estuvieran al servicio de la igualdad y la justicia. Era un año menor que yo, pero tenía muy claro lo que esperaba de la vida y se me imponía con autoridad. Nuestra ensoñación no hizo un destino. Me faltó la determinación que te impulsa y no permite el retroceso. Nuestros caminos se bifurcaron. Él marchó a Trujillo a instalar una curtiembre con unos métodos de su ocurrencia. Yo me gradué de ingeniero, regresé a mi barrio, formé familia, ganándome el pan con mi trabajo. Atrás quedaron las quimeras de revolucionario e inventor. Desde mi puesto en el ministerio me consagré, confieso que al principio con desasosiego, a aprobar expedientes y ponerles sellos. Deshechas las ilusiones juveniles, El Científico fue sepultado hasta su resurrección dos décadas más tarde.

De retorno a la rutina tras el re-encuentro, El Científico volvió al desván de la memoria de donde, poco tiempo después, cierta mañana de junio, abruptamente salió. Camino a la oficina, advertí su foto en la portada de los diarios. Allí estaba, al lado de una antigua reportera de televisión y de su amante uruguayo, miembros de una misteriosa red de espionaje ruso, desbaratada por el FBI en las tierras del tío Sam.

Canto Grande 2011.

Welcome to a place where words matter. On Medium, smart voices and original ideas take center stage - with no ads in sight. Watch
Follow all the topics you care about, and we’ll deliver the best stories for you to your homepage and inbox. Explore
Get unlimited access to the best stories on Medium — and support writers while you’re at it. Just $5/month. Upgrade