EL SANTO OFICIO DEL TRIBUNAL

Cuando las cosas van mal en la cárcel, cuando alguien o algo llega a romper la cerrada fila de los días y los baraja y revuelca en un desorden que viene de fuera, cuando esto sucede, hay ciertos síntomas infalibles, ciertas señales preliminares que anuncian la inminencia de los días malos. En la mañana, a la primera lista, un espeso sabor a trapo nos seca la boca y nos impide dar los buenos días a los compañeros de celda.

Alvaro Mutis, Diario de Lecumberri

— “Es plata hueva”, dijo Paco. “El riesgo es mínimo. Solo hay que tener cuidado a la hora de meter la merca en las latas y luego colocarlas en el medio del contenedor, para que pase la aduana sin complicaciones; los vistas están arreglados”, aseveró.

Paco E., uno de mis clientes, me propuso lo que, según él, sería el negocio de mi vida, algo sencillo, que me permitiría ganar dinero, rápido y mucho. Mi empresa iba bien y podía costearme un tren de vida holgado, aunque sin lujos. Pero es fácil querer más. Sus palabras tranquilizadoras, pero sobre todo la cantidad de billete que me pintó, terminaron de desvanecer mis dudas. Una suma tan sustanciosa me permitiría importar un par máquinas para mejorar la cadena de producción y la cámara de enfriamiento, o tal vez un viaje por el mundo con mi mujer o, mejor aún, con mi secretaria, a la que una oferta así la haría caer redondita.

Tres días después, por la madrugada, tras recibir de Paco E. los bultos, entré a la planta y personalmente puse las cosas en su lugar. No quería que ningún empleado viera lo que hacía. El vigilante fue el mudo y desconcertado testigo de mis desusados movimientos, pero no hay boca que por una buena propina no se cierre. Además yo era el dueño y eso siempre otorga un plus de confianza. Por la mañana la empresa de transporte recogió la carga, se la llevó al puerto, pasó todos los controles y, sin el menor problema, la embarcó.

Esos días viví con el corazón en la boca. Mi mujer andaba preocupada por mis insomnios.

— “¿Qué te pasa amor?”, me preguntó, “no duermes, comes poco y fumas demasiado. ¿Será que la empresa va mal?”. — “Hay algo de eso”, respondí evasivo.

Sólo cuando me informaron que el contenedor había sido desembarcado sin problemas en Hamburgo pude volver a dormir de corrido una noche completa y recuperar el apetito. Entonces reapareció Paco E., con un maletín en la mano y la sonrisa en el rostro. Se sentó en el sofá de mi oficina, cruzó las piernas y me miró con calmosa suficiencia.

— “Toma, esto es tuyo”, dijo extendiéndome un maletín que pesaba como el carajo. Lo cogí, abrí el cierre y miré adentro y casi me cago. Eran fajos de dólares. Tenía las piernas flojas y debí sentarme. Paco E. soltó la carcajada al ver mi nerviosismo. “Tranquilo viejo, tómalo con calma y disfrútalo. Descansa mientras preparamos el próximo envío”. Añadió, mientras sacaba un cigarrillo y lo encendía. “Las cosas han salido perfectas, en realidad el embarque de esta vez era solo de prueba, la próxima sí será en grande y sabrás lo que de veras se puede ganar en este negocio”.

Quedé frío. Para mí éste había sido el primero y el último. El dinero que había ganado era más que suficiente y no estaba dispuesto a pasar más situaciones de angustia como las de las últimas seis semanas.

— “Mira Paco”, dije sin mirarlo directamente. “Te agradezco que me hayas dado la oportunidad de ganar dinero extra que me será de gran utilidad, no voy a negarlo, pero este asunto no es para mí, sufro demasiado, me pongo tenso, he perdido peso, tengo gastritis y ya mi mujer piensa que tengo una amante. No cuentes conmigo”.

Paco E. lanzó una risotada desabrida y me miró de una manera que me produjo escalofrío. Apagó el cigarro, descruzó las piernas y con voz cortante que no admitía réplica, profirió.

— “Oye viejo, de este negocio sólo se sale cuando nosotros decidimos. Estas adentro y tenemos la llave. Así es que lo mejor que puedes hacer es tranquilizarte, guardar tu plata y pensar en qué invertirla. Relájate hombre y aprovecha la oportunidad que se presenta una vez en la vida”. Se levantó, se dirigió hacia la puerta, la abrió y sin mirarme añadió. — “Volveré cuando tengamos lista la siguiente remesa para coordinar los detalles.” Salió sin volver la cabeza.

***

El ambiente es irrespirable. Tengo que pegar la cara a la reja para buscar un poco de aire y frenar las náuseas que me revuelven las tripas. Pensar que antes de mí debieron pasar por este sitio miles de sujetos y que otros tantos desfilarán después, lo cual ciertamente no me consuela pero pone mi situación en perspectiva. Dejo que mis ojos se adapten a la semipenumbra, pues la tenue iluminación que llega por el ventanuco de arriba, apenas impide que me tropiece con mis propios pies. Por ahí entra también el rugido de los autos y el quedo golpeteo de apurados pasos de los transeúntes. La habitación es mediana pero alta; las paredes sucias y llenas de inscripciones talladas con alguna púa; el piso pegajoso. Acerco la nariz al muro y vislumbro cosas como “aquí estuvo el Cojo Denis”, “Adelina, te amo”, o “se busca vivo o muerto al último de los destructores”, que se entremezclan con penes descomunales y corazones de tarjeta postal. Un gracioso con vocación de filósofo ha grabado encima del urinario un sabio aforismo: agradece que lo que tienes en la mano no lo tengas en el culo. Cuando llegué por la mañana el lugar estaba casi vacío y se fue llenando, al punto que para cerrar la puerta tuvieron que apretujar a los últimos. Poco a poco se fue vaciando, conforme la gente se distribuía entre las diferentes salas y juzgados que los requerían. Después del mediodía empezó el proceso inverso, abarrotándonos hasta la noche en que nos llevan de vuelta a nuestros penales de origen. Una jornada tan extenuante que añoro el duro camastro como a un plácido hogar, al que llego fatigado para dormir sin apenas desvestirme.

***

La historia del segundo embarque es la de mi desgracia. Ya no eran unas cajas dentro del contenedor, sino uno completo. Tres toneladas debidamente envasadas con la etiqueta de la empresa y todo. El trabajo era perfecto, a prueba de detectores y perros policías. Todos los detalles estaban meticulosamente previstos por la organización de Paco E., todos. Salvo que los gringos tenían un informante dentro de la banda.

Cayeron justo cuando el contenedor era trasladado del puerto al barco. Los policías salieron como moscas de los rincones e intervinieron a los del camión y a la tripulación, del capitán al cocinero. Luego vinieron a la fábrica, donde igualmente nos levantaron a todos, incluido el guachimán silencioso.

Esa mañana al llegar había notado algo raro en las inmediaciones de la planta. Traté de persuadirme de que eran mis nervios los que me jugaban una mala pasada. De pronto, al final de la tarde el vendedor de emoliente que había visto en la esquina por primera vez, irrumpió en mi oficina y me encañonó. Tras él asomó el que parecía ser el oficial a cargo, quien la semana anterior se había presentado como un cliente interesado en los productos de la empresa y que al partir me dejó una sensación extraña. Caminó hacia mí y de improviso me dio un puñetazo en el estómago que me dobló, e inmediatamente dijo.

— “Huevón, ya perdiste, te espera una larga temporada entre rejas. A lo mejor no sales nunca. Lo único que podría mejorar tu situación es que me entregues a Paco E. y los mexicanos. Sabemos que eres la fachada y lo que queremos es quebrar la organización.”

— “No conozco a ningún mexicano”, contesté a duras penas, boqueando y tratando recuperar el aire, “sólo a Paco E., pero no sé dónde encontrarlo. Siempre es él quien me busca.”

— “Peor para ti so cojudo”, espetó iracundo. “¡Llévenlo!” ordenó a los demás tipos que habían llenado la habitación en un instante, revolviendo todo.

Me esposaron y vendaron, luego me subieron a una camioneta y partimos. Parecían felices mientras conducían a gran velocidad haciendo silbar la circulina. Pregunté a donde me llevaban y una feroz cachetada me disuadió que cualquier otro intento de averiguar por mi destino. De rato en rato sonaba un celular y se reportaban anunciando que marchaban sin problemas. Estaba aturdido y, pese a mis ganas de urdir una coartada salvadora, no podía pensar en nada coherente. Se mezclaban en mi mente imágenes inconexas de mis épocas estudiantiles, de mi familia, de mi trabajo. Tenía miedo y ganas de llorar. De pronto la camioneta se detuvo. Uno de los tiras anunció la llegada y recibió órdenes de no pude descifrar. Esperamos.

De pronto me quitaron la venda y me pidieron la llave de mi casa. Medio aturdido aún por la cachetada y el viaje vendado, saqué el llavero del bolsillo y lo entregué. Bajamos cuando ya habían tomado el vecindario. Abrieron la puerta y entraron raudamente pistola en mano, listos para el enfrentamiento. No había nadie. Mi mujer probablemente había salido de compras. Di gracias a Dios de que mis hijos estuvieran a esa hora en el colegio. Comenzaron a buscar y pusieron la casa patas arriba. Hurgaron rincones, destriparon cojines, chancaron pisos y paredes, y a la pasada se comieron lo que había en la refrigeradora.

Entretanto llegó mi mujer. Su rostro descompuesto mostraba una mezcla de espanto y desconcierto al encontrar su casa ocupada y a mí esposado y maltrecho en medio de la sala.

— “Pase señora”, dijo uno de los policías con un gesto de cortesía que agradecí interiormente. “Disculpe las molestias, pero estamos investigando unos hechos delictivos en los que está involucrado su esposo.” Mi mujer boqueó como si le faltara el aire. “Siéntese si desea, mientras nosotros terminamos de revisar.” Acotó el tombo amablemente.

***

La sala penal está formada por tres vocales, dos varones y una dama. Los tíos pintan canas y la tía es rubia con su plata. Llegan a las audiencias vestidos impecablemente, como para una fiesta de etiqueta. El más pequeño de ellos se repantiga en el sillón, cierra los ojos, sospecho que durmiendo aunque quien sabe si concentrado en el interrogatorio, permaneciendo en esta posición hasta que suena la campanita de fin de la audiencia, entonces se para como impulsado por un resorte y sale raudamente del salón sin mirar a nadie. La mujer se mantiene inmutable; a veces toma breves apuntes en su libreta y reposa su mirada penetrante sobre quien esté hablando. Es la que más me asusta de los tres pues, según los comentarios, es honesta. El tercero es el presidente de la sala. Entra siempre al último, parsimonioso, con un aire de ensayada majestad se sienta en el sillón del medio y observa a todos, sopesando el ambiente. Llama al policía de la puerta dándole indicaciones, habla al oído a la secretaria y toca la campanita de inicio de la sesión. Ordena y conduce el debate. Contesta su teléfono celular, escribe interminablemente en su laptop y, al final de la audiencia, vuelve a tocar la campanita. Parece un director de orquesta, que espera aplausos al comienzo y al final de la función, pero que exige silencio absoluto en el transcurso de ésta. Para él, los acusados somos sólo un elemento — y no precisamente el más importante — de la puesta en escena. Los tres son inescrutables, como si llevaran puestas máscaras de carnavales. No puedo leer en ellos el menor gesto de empatía, lo cual me desconsuela porque estoy en sus manos.

El fiscal me escogió para ser el primero en pasar por su furia inquisidora, lo cual me pone en una situación desventajosa respecto a mis demás co-acusados. El tipo es un pelado regordete y de malas pulgas. He leído su acusación escrita — mal escrita, por cierto — y he sentido la fuerza de su poder, de su desprecio por los acusados y por la gramática. Tuvo un primer agarre con los abogados en la primera audiencia a propósito de unos testigos y de ciertos documentos. Pude sentir su mirada arrogante y despectiva y la suficiencia de su voz infatuada. Dicen que es el fiscal estrella del Ministerio Público y que utilizará este caso para escalar posiciones y satisfacer su ego ante la prensa. Se nota que le gusta la peliculina. Aunque a decir verdad este es el mal del siglo, todos quieren salir en la foto y los celulares con cámara han convertido al mundo en un gran set de televisión.

Los abogados son un coro de lo más desaliñado. Hombres y mujeres de todas las edades y todos los pelajes. Unos vienen atildados y olorosos, mientras otros parecen haber dormido con el terno puesto. Ponen sobre los pupitres los maletines llenos de papeles, en los que hurgan de rato en rato. Hay quienes intervienen de manera pertinente, citando leyes y códigos, y hay quienes divagan hasta que el presidente de la sala les pide que vayan al grano. Entran en tropel cuando estamos esperando ya un rato. En general son puntuales, salvo una señora un poco mayor que llega siempre corriendo apuradita y, como para hacer pasar inadvertida su tardanza, pide la palabra. A veces dormita, al punto que en una ocasión su vecino debió a darle con el codo pues roncaba. Luego de un silencio desconcertado hubo una carcajada general –salvo del vocal que permanece con ojos cerrados, quien ni se inmutó, lo que confirma mis sospechas de que duerme — . Fue el único momento genuinamente humano en un evento completamente ritualizado y desprovisto de alma.

Mi abogado es un tipo joven, elegante y que parece tenerse mucha confianza. Interviene con propiedad y después de cada una de sus atingencias me mira como esperando mi aprobación. Yo le hago un gesto con la cabeza y él sonríe complacido. Ha aprendido rápido el arte de vender ilusiones, e insiste en que vamos ganando por puntos la pelea, que ha conversado con no sé qué secretario y que éste la ha asegurado que mi caso va por buen camino y que los vocales me ven con buenos ojos, y cosas por el estilo. Por supuesto que es puntualito en lo que respecta a sus honorarios.

El procurador es el otro actor. Un gordo mofletudo, con su terno indescriptible y la expresión hipócrita tallada en la cara. Lo percibo más siniestro que el Fiscal, pues habla melosamente ante el tribunal pero despotrica cuando los periodistas le ponen delante un micrófono. Es el arma con la que cuenta para intimidar a cuanto magistrado lo contradice. A pesar de su mediocridad, o quizá precisamente por ella, ha adquirido un poder enorme. Sus jefes posiblemente piensen que su conducta implacable les es provechosa. Tal vez sea así, aunque quizá llegue el día en que el monstruo que han creado se les escape de las manos.

***

— “¿Ya estás dispuesto a colaborar?”, me preguntó al oído el tombo amable, a quien podía identificar por la voz, a pesar del vendaje.

— “Yo siempre he estado dispuesto, señor”, contesté en voz baja.

— “Habla fuerte, cojudo”, me gritó otro en la otra oreja sobresaltándome, mientras me daba un golpe plano en la cabeza que me aturdió.

— “Diré todo lo que sé, señor”, grité. Todos los que estaban en la habitación soltaron la carcajada

Me habían llevado a la dependencia policial especializada donde permanecí horas vendado y parado en un rincón de la habitación en la que me introdujeron. Sospeché que había otras personas por los cuchicheos que se producían a mis espaldas. Me fui enterando de la magnitud del problema en que estaba metido. Supe que “mi banda” la conformaban 83 personas, entre los habidos y los no habidos. Éramos los 25 tripulantes del barco, 44 trabajadores de mi empresa (entre ellos el guachimán que llora desconsoladamente), el chofer del camión con su ayudante y yo. Los 11 restantes, los mexicanos y Paco E., han podido ponerse a buen recaudo. Por azares del destino terminé siendo el protagonista de una telenovela en la que había participado apenas como actor de reparto.

Estuve incomunicado, sin dormir y sin comer, hasta que tres días después un abogado apareció. Alguien lo había recomendado a mi mujer que, desesperada, lo contrató sin más.

***

Llegó la hora de la verdad, me toca enfrentar el interrogatorio del Fiscal. Siento un nudo en el estómago. Sé que la prensa estará presente y mañana saldrá en los diarios –quizá incluso esta noche en la televisión — la forma como me conduje. Mis palabras y mis silencios, mis gestos y mis posturas. ¿Cómo mantener una actitud digna sin, al mismo tiempo, parecer arrogante? ¿Podré resistir la embestida inquisidora, presta a explotar toda brecha en mi escudo defensivo? He descartado la opinión de mi esposa de que debo pedir perdón y llorar para que los jueces se conmuevan y me pongan una pena mínima. Ya me han advertido en el penal que este viejo truco ya no paga.

Estar en el centro de las miradas es algo que siempre me ha producido desasosiego. Más que la sentencia, lo que me espanta es la posibilidad del ridículo, la manera como me verán los amigos, los vecinos, mis clientes y mis hijos. Soy de metabolismo lento y mis reflejos mentales son algo tardos. Necesito deglutir y procesar bien la información y las sensaciones que me llegan para poder dar la respuesta apropiada. El ping-pong del interrogatorio no da tregua y eso me pone tenso. La clave del juicio oral es precisamente la inmediatez de las respuestas. Los jueces están calibrando qué dices y cómo lo dices.

Repaso la estrategia defensiva que he diseñado minuciosamente con el abogado. Es curioso que tenga que planificar una batalla que sé perdida de antemano. No pretendo convencer a los jueces de mi inocencia — pues además de ser inverosímil, he asumido desde el principio mi responsabilidad — ; lo que quiero es dejar bien establecido los límites de ésta, e intentar que me impongan una pena no demasiado larga. Quién sabe si unos quince años. Ja. Resulta gracioso plantearse una condena de quince años como una pena moderada. Pero así están los tiempos.

***

Como lo temía, el interrogatorio del fiscal fue feroz. Se ensañó conmigo. Quizá frustrado de no haber podido atrapar a Paco E. y los mexicanos, se desquitaba; o más bien yo servía de perfecto chivo expiatorio a ser sacrificado para que la prensa tenga comidilla y la maquinaria del juicio-espectáculo siga funcionando. Si su intención era demostrar que soy uno de los cabecillas de una banda internacional, todo indica que lo está consiguiendo. Afirma enfáticamente que tengo una larga trayectoria en el negocio ilícito, que mi empresa fue desde siempre una fachada, que todos mis bienes son mal habidos, que mis viajes — incluso el de bodas — al extranjero fueron para hacer coordinaciones con la mafia, que mi casa y mi negocio son parte de un lavado de activos. Soy, según dice, parte del cartel de Tijuana: ha hecho un organigrama con todos los capos y mi foto la ha colocado en un lugar prominente. Repite al pie de la letra lo dicho por la policía, que es finalmente quien está decidiendo mi suerte. Pide para mí la pena máxima. Los diarios reproducen a pie y juntillas la trama urdida. Nunca en mi vida imaginé ser tan peligroso. Yo mismo me doy miedo.

Lo peor es que el guachimán silencioso y lacrimoso fue convencido por la fiscalía de convertirse en colaborador eficaz y ha comenzado a hablar como loro. Persuadido de que saldrá bien librado si contaba mis andanzas, ha dado lujo de detalles. Claro que les está añadiendo pinceladas salidas de una prodigiosa imaginación que me deja estupefacto. Vaya talento desperdiciado. Corroboró las versiones de la policía y añadió personajes y situaciones sacados de alguna novelita de espías que el infeliz de seguro ha leído no hace mucho.

***

Los vocales de la sala me interrogaron también. En realidad solo lo hicieron dos de ellos, pues el pequeño de los ojos cerrados continuó manteniéndose mudo e imperturbable, ajeno a todo. Por el tipo de preguntas que me hicieron y sus gestos, siento que no me creen en absoluto, que están convencidos de que soy engranaje clave de la organización y no un circunstancial involucrado. Más que un empresario algo incauto y ambicioso que quiso arriesgarse por una buena tajada de dinero extra, he quedado convertido en un sujeto tenebroso y maquiavélico, elemento dañino para la humanidad, que durante años logró librarse de la larga mano de la justicia, la que finalmente me atrapó. Mi falta de antecedentes demuestra mi astucia y mi doblez. Mi conducta irreflexiva y mi falta de experiencia ayudaron a construir una historia truculenta en la que soy el malo de la película.

***

El abogado hizo mi alegato de defensa, lleno de citas del código penal, de señalamientos a jurisprudencia y alusiones a tratadistas del derecho. Sonó tan poco convincente y falso que ni yo se lo creí. Él está persuadido que la suya ha sido una pieza de oratoria memorable. Mi mujer cree — o mejor dicho, quiere creer — que un discurso tan elaborado convencerá a los jueces de mi inocencia. Por mi parte, siento que el dinero invertido al contratarlo fue arrojado al sumidero.

***

— “Suerte hermano”, deseó mi compañero de celda el día que salí a recibir la sentencia. “La vas a necesitar.”

— “Gracias”, dije extendiéndole la mano y apretando la suya con fuerza. “Solo me queda confiar en Dios.”

— “Me parece estupendo que confíes en Dios”, dijo sonriendo, “El asunto es saber si ÉL confía en ti.” Dio media vuelta y se fue caminando lentamente al patio.

***

El juicio concluyó. El desenlace estaba cantado. Mientras oía la larga perorata de la relatora de voz monocorde me sentí amodorrado. Estos días no he dormido y me cuesta mantener los ojos abiertos. La somnolencia hace que todo adquiera una dimensión surrealista. Escucho mi nombre con desapego, como si se tratara de una persona extraña. La pena que me han puesto es tan alta que no saldré vivo de la cárcel. A través del vidrio de la sala de juzgamiento, entre el público, vislumbro el rostro desencajado de mi mujer y su mirada acuosa. A estas alturas me tiene sin cuidado lo que pase con ella y con mis hijos, solo quiero que esto acabe de una maldita vez.

(Julio-2013)

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