Catarsis emocional

Hace muchos años, cuando mi padre enfermó, me encontré un libro por casualidad que hablaba de la historia de Pablo, un triatlonista exitoso que un día fue diagnosticado con ELA. Por supuesto que no era la primera persona con una enfermedad cuya historia conocía. Durante los meses dentro y fuera de hospitales acompañando a mis padres, vi personas aferrándose a la vida, aceptando diagnósticos, pero nunca pronósticos. Vi personas que, habiendo perdido “todo” seguían en pie de lucha y también personas que se rindieron. Personas cansadas de luchar. Por lo general, me gusta mantener muchos recuerdos en la memoria. Sé que algunas personas buscan escapar de las memorias que no son gratas, pero, en lo personal, todas estas historias de vida han forjado mi carácter, mis motivaciones, mis bases y mis valores para existir. Así que me dedico a coleccionarlas de una manera diferente. ¿Cómo? Muy simple. Debes saber que mi vida ha sido una constante montaña rusa. He tenido momentos de entera felicidad y también he llorado por meses en más de una ocasión. Curiosamente, estos polos tan opuestos comparten una premisa: todos fueron momentos de aprendizaje. Me costó mucho trabajo entenderlo, pero al final siempre fue así.

Todo este preámbulo sirve para que una pregunta que me hicieron hace unos meses tenga sentido. Para hacerlo simple, mientras luchaba por salir de un problema emocional al que nunca creí que me enfrentaría (ya hablaremos luego del “eso no me va a pasar nunca) una persona me preguntó si nunca había sentido dentro de mi algún instinto básico diciéndome “Beto, vete de aquí”. Mi respuesta, casi instantánea, fue un sí. Vaya que lo había sentido meses atrás. La persona entonces formuló la pregunta “Y si sabías eso, ¿por qué no te hiciste caso?”.

¿Por qué no te hiciste caso? Esa tarde no pude pensar en otra cosa que encontrar la respuesta. Yo sabía que mi instinto, en efecto, me había advertido que ese episodio tendría consecuencias graves. Incluso lo dije en voz alta. Otra persona con la que solía hablar lo señaló. Yo le había dicho más de una ocasión que sabía que no estaba en el mejor lugar y sin embargo me quedé a mirar como ese embrollo crecía y crecía hasta terminar de la manera tan cruda que lo hizo. Para mí, con todo y el dolor que suponía, fue una pieza clave en lo que guío mi búsqueda hacia el futuro. ¿Por qué? Porque sabía que no era el único. Y también sabía que, aunque algunas incorrectas, mis razones para responder esa pregunta eran fundamentos de algo más grande que un simple romance fallido.

Los siguientes meses fueron complejos, porque me enfrentaba a un reto que nunca había conocido (de nuevo, ya hablaremos del nunca me va a pasar a mí). Casi todos a los que he preguntado sobre esto me responden que los retos siempre son nuevos, pero después de analizarlo me atrevería a afirmar que todos tienen etapas similares:

1- El reto como experiencia es lo primero y lo más sencillo. Sí, lo más sencillo porque en general es una vivencia que no pides (directamente) pero que sucede. Es algo que muchas veces no puedes controlar y ocurre en un instante. Aunque hay personas que afirman lo contrario, yo considero que incluso si es resultado de una situación que se ha venido acrecentando el reto nace cuando esta repetición hace catarsis.

2- La crisis primaria es lo que sigue al reto. Lo común es perder la calma y dejarnos guiar por el instinto de protección que tenemos. Este instinto puede hacer nacer en nosotros sentimientos de negación, angustia, temor y exageración. Los cuatro son totalmente diferentes, pero pueden converger para crear un verdadero caos en el pensamiento. Dependiendo del tamaño del reto o crisis y de la inteligencia emocional de la persona esta etapa puede durar poco o mucho tiempo y también puede definir por completo el siguiente paso.

3- La aceptación, aunque renuente, es el escenario en el que entendemos que el reto es real y no podemos cambiarlo en tiempo pasado. Llegar a esta etapa implica comenzar a ceder con la realidad para entender que, si bien podemos transformar parte de ella con nuestras acciones, no podemos hacerlo sobre toda. Pero, es justamente esa parte en la que sí tenemos incidencia en la que es pertinente construir. Hay que buscar alternativas al respecto.

¿Soy el único al que le ha pasado algo así? ¿Puedo encontrar historias que inspiren una salida? ¿Qué tengo para crear un camino? Son preguntas básicas para que esta etapa pueda comenzar con el lento proceso de dominar al instinto de protección y luchar contra la crisis primaria. Es aquí en donde, retomando el ejemplo de las historias que conocí en los hospitales, muchas personas deciden aferrarse a luchar o dan todo por perdido. Si bien mi investigación no ha ahondado lo suficiente en las razones claras (puesto que las de cada persona son únicas), me inclino a pensar, como dice la tercera escuela vienesa de psicoterapia, que está íntimamente relacionado con la voluntad del sentido de vida que cada uno posee. Aunque esta etapa puede tomar mucho tiempo, la presencia del sentido personal es necesaria porque nos permite encontrar una motivación intrínseca (aunque ligada a una extrínseca mayoritariamente) para realmente desear salir de la crisis y no solo eso, sino realmente convertirlo en acción tangible. Aquí se pone a prueba el valor que tenemos para enfrentar la realidad que no controlamos.

4- La adopción es la cuarta y última etapa. En ella, luego de todo el proceso de desaprendizaje y aprendizaje presente en la etapa anterior, somos capaces de ver que los “huecos” que quedan luego de la crisis no pueden ser rellenados u ocupados por más cosas. Esas crisis siempre dejan huella y existirán como una etapa de nuestra vida. Por el contrario, este nuevo aprendizaje y sentido que hemos tomado nos permite ver que la crisis o reto, aunque dolorosa en un principio, nos dice que somos capaces de sobrevivir a los cambios porque la naturaleza humana se basa en cambio. Es, en realidad, nuestro cerebro primitivo el que nos asfixia y nos atrapa en la certeza el que nubla el pensamiento. Esta etapa debe ser un ejercicio diario de tal forma que a largo plazo nos permita crear una habilidad llamada resiliencia. Es perfectamente sano tener crisis esporádicas y esparcidas durante este periodo antes de realmente avanzar. Por el contrario, si estas crisis se prolongan o ahogan, es preciso hacer el ejercicio de la etapa 3.

Es mentira que saber sobre el tema o escribir o incluso dar conferencias al respecto te vuelve inmune a estas situaciones. He conocido personas extraordinarias que, luego de muchos años estudiando el tema, han tenido crisis y resurgido o sucumbido ante ellas. Sin embargo, todas coinciden en que el dolor, que nace del temor y la resistencia al cambio en gran medida, puede ser la catarsis emocional que necesitamos para construir una mejor versión de nosotros. Y es cierto. Lo aprendí en los pabellones de hospitales, en personas que han revolucionado modelos de pensamiento y enfoque y en mi propia vida. Espero leer esto te sirva en algún momento de la vida (mi siguiente texto será sobre “esto nunca me va a pasar). Te agradecería compartirlo con quien creas que lo necesita y te dejo algunos links para tu propia búsqueda.

Abrazo grande

Inspirandoando

http://www.newyorker.com/science/maria-konnikova/the-secret-formula-for-resilience

https://www.facebook.com/SalvadorAlvaGomez/videos/1258590314161579/