Pronoia a cucharadas

La imagen que inspiró este texto llegó, si vale decirlo, como suelen pasar algunas cosas en la vida: sutilmente coincidente. Jamás había escuchado semejante sustantivo y admito que desconozco si es real o no. Pero me gusta como suena. Me gusta como se lee. Y sobre todo, me gusta cerrar los ojos y beberme una cucharada de pronoia.

Hablo del cambio, en todo momento, en todo tiempo y espacio porque es lo que me define y me alimenta. He tenido la grandiosa oportunidad de ser lastimado, roto, menospreciado y ofendido. Sin embargo, también he sido amado, respetado, admirado y bendecido. Y este equilibrio es la fuerza que me hace levantar el rostro, temeroso si, pero nunca lo suficiente como para escapar de esto.

Me siento terriblemente decepcionado. De muchas personas, incluido yo. Me aterra pensar en la forma de actuar que pude haber tenido bajo ciertas y particulares circunstancias y me miro en el espejo como un chiquillo que apenas y ha aprendido algo que no supo sentir. Al mismo tiempo, me siento decepcionado esas personas que prometieron mucho y que no cumplieron aquello.

Entiendo. Entiendo. Aquello decía Borges sobre los planes derrumbados a medio camino y Benedetti diciendo que son horribles ataduras. Pero algo hay de cierto en esto: si las personas eventualmente perdemos ese compromiso que hacemos, ¿ qué será del mundo después?

Este mundo se va a pique porque no somos capaces de sacrificarnos por los sueños y por dar los demás. Porque somos egoístas. Y no me malinterpretes, porque el amor propio es egoísmo sano. Es preocupación. Pero, ¿en qué momento la línea es cruzada? El mundo no cambia porque las promesas son rotas. Y mucho menos cambia si no hay acción, porque desear algo, por sí solo, no hace mayor diferencia. Y me decepciona terriblemente afrontar el hecho de que cada vez menos personas valoran eso. Me aterra pensar que tal vez pueda estar equivocado… In fact, si estás leyendo este texto y estás igual de convencida o convencido de que los buenos somos más, te agradecería me dejaras saberlo. Tal vez y solo tal vez porque esta vez me está costando más que nunca creerlo.

Para este punto del texto, muchas emociones y pensamientos me han nacido. Me siento enfadado porque fui llamado egoísta en cierta forma. Egoísta por querer cumplir un gran ideal. Por perseguirlo y no soltarlo nunca. Pero, ¿ cómo romper una promesa que me hice hace tanto? ¿Cómo miras al niño pequeño que fuiste y le dices que este adulto le ha fallado? Y me duele ser llamado egoísta porque todas las personas cercanas, incluida esa persona, sabe lo mucho que me esfuerzo día con día en tender la mano a quien me lo pide, en escuchar a quien quiere ser escuchado y en alzar la voz por aquellos que no pueden…

No sé cómo terminar este texto. Ni siquiera sé cómo continuar este día. Me veo obligado a abrazar la afirmación de la pronoia a cucharadas porque el universo debe estar conspirando a favor de nuevo. Porque no tengo otra opción. Rendirse nunca es considerada una opción real sino un espejo en donde habitan todos esos miedos que se nos fueron dados como reales pero que sólo viven en nuestra cabeza. Rendirse no es una respuesta a ese niño que prometí cambiar el mundo.

Y al igual que todas mis grandes inspiraciones en la vida, hombres y mujeres que dan y dieron su vida por probar que todo es posible me alimento de pronoia porque no hay más opciones. Porque cambiar es la única opción. Porque cuando todo está perdido y hablo de que de verdad hayas tenido esa sensación de perderlo todo, cuando todo es así no existe más alternativa que avanzar. Porque me hace sentirme afortunado de tener que trabajar y luchar día con día porque no hay otra forma. Porque un buen día, cuando miremos hacia atrás, veremos cuánto hemos avanzando, cuantas vidas hemos transformado, cuánto hemos llorado. Pero sobre todo, veremos con valor a ese espejo y podremos decir que hemos cumplido es promesa.

Hay cosas que ya no se valoran estos días, cuando la inmediatez nos asfixia y cuando vivimos porque si y no por un significado. Hay cosas que han sido relegadas. Cosas que definen nuestra calidad humana y nos hacen saber que todo puedes ser diferente. Cosas menospreciadas, como el valor, la lealtad, la honestidad, la fe y el amor. Pero al igual que nuestros muertos, jamás serán olvidadas del todo si existe una sola voz que las retumbe en el silencio.

Y aunque el costo sea alto, quiero ser esa voz que conspira con el universo. Que se bebe a cucharadas la pronoia consciente de que es mi deber hacer todo lo que sí puedo y dejar lo que no, porque el universo está conspirando. Y yo con él.

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