SUBIBAJA

Subibaja

Mamá se pincha el dedo y se lo aprieta. Deja caer la gota de sangre a una tirita que pone en un aparato y se muerde el labio. Escribe algo en un cuaderno. Abre la heladera. Agarra un pedazo de torta que sobró del cumpleaños de mi hermano del día anterior y se atraganta. Come muy rápido. Tiene las manos llenas de chocolate y se limpia en un bollo de servilletas que manoteó al pasar. Entonces me mira y me dice: no le digas a nadie, ¿prometido? y yo no entiendo el ritual de todas las mañanas, que siempre me dice que no diga nada a nadie, ni a papá, ni a los chicos, como si un pedazo de torta fuera a hacerle mal. Mi abuelo también se pinchaba. Y sé que algún día yo también. Ella me dice que no, que tengo que hacer ejercicio y no comer tantas golosinas pero yo sé que yo también porque todas las personas que me conocen me dicen que soy idéntica a ella, un calco, y no hay nada que me moleste tanto como cuando me dicen eso. No quiero su panza ni sus rulos despeinados ni tener que sonreirle a todo el mundo. Mamá agarra otra lapicera de la heladera y se vuelve a pinchar. Cuenta hasta diez, se la saca, y sigue, vamos al colegio, dale, terminate el desayuno que no pienso tirarlo con el hambre que hay afuera. Y yo que devoro los cereales en silencio pero rápido, más rápido que ella con la torta, porque me gusta la tranquilidad que viene después.

A la tarde la llamo para que me haga la merienda pero no responde. Pienso que le pasó algo y el corazón me late fuerte y empiezo a buscarla por toda la casa hasta que la veo acostada en el sillón una vez más con los ojos abiertos mirándome pero no, porque aunque me diga que está bien sus ojos parecen perdidos. No quiere levantarse. Me pide que le alcance el aparato y de nuevo se pincha. Traeme azúcar, dice. Y yo corro y busco la bolsa entera y se la paso y ella se pone un poco en la boca. La bolsa siempre está en el segundo cajón de la cocina por si hay que apurarse, como cuando le empiezan a temblar las manos o empieza a decir cosas sin sentido. Mastica. Y se queda ahí tirada hasta la noche, que tiene que cocinar y entonces se levanta y sigue y mostrame la tarea y al día siguiente lo mismo.

Una vez quise hacer un pacto de amistad con mi mejor amiga. Su sangre y la mía mezcladas como en Mi Primer Beso. Me escondí la lapicera en la mochila y la llevé a la sala. Si Melisa no hubiera tardado tanto en decidirse hoy seríamos hermanas de sangre. Pero tenía miedo que le doliera y esas cosas y yo le dije que no fuera maricona, que era solo un pinchecito y después nos apretábamos los dedos de la misma manera que lo hacemos cuando se le cae una pestaña a alguna y la agarramos y pedimos tres deseos y la que se la queda después de unos segundos apretados se la pone adentro de la remera. Pero ella no quiso y propuso en cambio comprarnos unas de esas medallitas que se parten. Cuando llegué a casa mamá estaba a los gritos buscando su lapicera. No dije nada, me hice la distraída, abrí la heladera y la puse detrás del sachet de leche, justo al lado del plato vacío de torta, que quedó con un par de migas. Después le pedí que me preparara una lágrima y ahí la encontró. Y se puso a llorar porque creía que la lapicera siempre estuvo ahí y ella se estaba volviendo loca, como su abuela, que un día se olvidó dónde dejó los anteojos y después perdió la memoria y terminó tomando veneno para ratas no sabemos por qué. O esa vez que contó sonriente en el velorio de mi abuelo, ahí, mientras los hombres llevaban el cajón, que ellos se encontraban a la madrugada, cuando los demás dormíamos, para agarrar el helado que había sobrado. En casa piden vainilla y chocolate amargo no se por qué, si al final todos se comen el dulce de leche. Lloraba pero sonriendo mientras contaba que en esos momentos ellos se miraban y se entendían. Y entonces peleaban unos minutos para ver quién se lo quedaba y al final metían los dos su cuchara y después limpiaban el enchastre para que nadie se diera cuenta.

A veces bajo las escaleras a las tres de la mañana para asegurarme que no está ahí, parada en la cocina comiendo lo que sea que haya sobrado. Porque come cualquier cosa y después se va a acostar, pero al rato la escucho gritando ay dios mío, jesús, no, y yo corro a buscarla pensando que se está muriendo y ella está boca arriba con los ojos abiertos y la sacudo y le digo mamá qué te pasa y entonces ella dice eh eh como no entendiendo nada y se da vuelta y sigue durmiendo y papá que me dice Juana andá a tu cuarto que es tarde.

Al día siguiente se repite la escena: mamá se pincha. Anota en un cuaderno. Agarra la lapicera que está en el costado de la heladera junto con la mostaza, el ketchup y los aderezos que nos robamos cuando vamos a McDonalds, se aprieta la panza y se pincha, ahora, por diez segundos, agarra una porción de pizza fría, se prepara un mate, mastica un pedazo y sorbe medio segundo después. Me imagino la pasta que se forma adentro de su boca y ya no puedo seguir con mis cereales. Ella se apoya el índice en los labios una vez más y yo la odio por tener que verla haciendo algo que no puede hacer. A la noche papá le pide que le lleve un café al living con uno de los chocolates que trajo de Brasil. Él es fanático de los garotos. Ella le sirve lo que le pidió, siempre es ella la que sirve y nosotros los que comemos, y después cuando terminamos vamos a ver televisión y ella se queda sola en la mesa porque dice que se preparó una comida especial y no quiere tentarse con la nuestra, aunque el puré sigue ahí, en la mesada y sé que si no lo cucharea ahora lo va a hacer después cuando ya no quede ningún testigo cerca. Siempre se queda hasta tarde en la cocina, con la televisión en esos programas de llame ya, lava los platos, lee esos libros de autoayuda que le recomienda la vecina, cierra los ojos y medita. Esta vez decido quedarme despierta hasta que escucho sus pasos en el pasillo y después la puerta de su cuarto que se cierra. Entonces bajo con las medias puestas para no hacer ruido, y con la luz apagada — no quiero que me vea nadie — abro la heladera y veo que atacó el puré pero no del todo. Agarro una cuchara, me siento en la mesa y empiezo a darle. Entre las dos milanesas que comí antes y las cucharadas que doy ahora siento que voy a explotar. Pero sigo. Le pongo mayonesa y mastico rápido porque tengo sueño y me quiero ir a dormir. Por un momento pensé en besar el recipiente como cuando beso el pan porque así me dijo que hay que hacer cuando voy a tirarlo con el hambre que hay afuera. Pero entonces pienso en los chicos que hay en la puerta del supremercado, todos sucios pidiendo una monedita y no puedo tirar nada, y sigo comiendo y tomo la coca que le compra especialmente a mi hermano y me atraganto y me tengo que desabrochar el botón del pantalón pero mi pantalón no tiene botones, es un pijama de Chiquititas que la foto ya casi no se ve de tanto que se lavó pero no me importa porque es mi pijama preferido y siempre lo voy a usar, respiro rápido y siento como si hubiera corrido una de esas carreras que nos hacen correr en los Sports del colegio y nos pasamos la posta, y yo siempre salgo última y los chicos me gritan dale gorda que vamos a perder, te pesa el culo, dicen, pero yo no puedo y sigo comiendo el puré que me pesa en la boca, trago pero es como si no pasara por la garganta pero sigo y después agarro la caja de chocolates y me como los últimos tres que quedan y siento que voy a vomitar pero no me importa nada porque ahora cuando ella baje solo va a poder comer la manzana verde que dejé justo al lado de la lapicera y entonces voy a salvarla y así tal vez mañana ya no se tenga que pinchar.

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