La increíble y triste historia del cándido Senna y su coequipero desalmado

Asif Kapadia ha visto en toda esta historia no la construcción elemental del azar, sino la operación puntual del destino, donde elegido y circunstancia se frotan, inflamándose.

La pasión y la codicia

No existe nada parecido al relativismo moral en la última vuelta: o se cruza la línea de meta antes de que todos los demás lo hagan, o no se habrá ganado ni el premio, ni el trofeo, ni el podio, ni la gorrita azul de Goodyear, ni la champaña Moët a chorros de manguera.

Salvo que uno sea Alain Prost y comprenda, con la claridad con la que rugen los motores a 360 kilómetros por hora, que el motor racing, en especial al nivel de la Fórmula Uno, se corre y se pelea también en las pistas paralelas de la fama, la fortuna, y los múltiples patrocinadores.

Entonces los rebases en las curvas, estorbarle al coequipero una vuelta sí y la otra también, no entrar a los pits para no perder segundos cambiando llantas, van más allá de probar neumáticos en asfalto mojado o futuras cajas de velocidades de los sedanes de ciudad: se compite por la pole position del status, del valor personal como marca, del mejor contrato con la mejor escudería, y de los anuncios en las revistas de moda, donde el corredor aparece como el macho alfa rompe corazones pilotando monoplazas.

Para todo esto uno tiene que desacelerar un poco, mirar por el retrovisor de los intereses personales, administrar la técnica, sumar puntos en la diplomacia, y establecer alianzas. Salvo que uno sea Ayrton Senna, y entonces lo único que importa son las banderas a cuadros, y la velocidad necesaria para alcanzarlas.

Mozart/Senna

En la disputa fílmica Salieri-Mozart, la mediocridad vence con malas artes al talento. El Maestro Compositor de la Corte Imperial de Viena se convierte en el enemigo pusilánime y universal de los niños genio, entregado más a la intriga palaciega que a la composición o la enseñanza, cual diablillo mundano habitado por los celos y la envidia, confundiendo devoción con amor propio y poniendo trampas y obstáculos al hombre de la gracia innata.

El Antonio Salieri de Milos Forman hace de Amadeus (Estados Unidos, 1984) una gran fábula de época: enfrentadas, técnica y vocación articularán entre peluquines la danza del bien y el mal, aderezada para la ocasión con un Mozart harto ingenuo, infantilón, por momentos abrumado por su propio talento, y un Maestro Compositor mañoso, entregado al placer del acto perverso al tiempo que consciente de sus propias limitaciones. El bueno, el malo y el padre; mentor y discípulo; Dios y su creación.

Senna (Reino Unido, 2010) de Asif Kapadia, parece, por momentos, una actualización no sólo del tema, sino de aquella rivalidad vienesa, traslada ahora a las pistas de los Grand Prix de todo el mundo, donde el prodigio no es la composición musical, sino la capacidad de conducir un auto de carreras con los cambios de velocidad en el volante. Pianos o motores de combustión: el dominio del hombre sobre la máquina, y la belleza de transformarlo en arte.

Si la versión de Forman omite naderías como el hecho de que Salieri tuvo de discípulos a pequeñines apellidados Schubert, Beethoven, y Lizt, o que en su haber se encuentran más de treinta óperas compuestas, Kapadia pasa por alto el hecho de que Prost y Senna hicieron, juntos y alternándose los sitios, el uno/dos en todas las competencias en las que participaron, durante el tiempo en que ambos fueron pilotos de McLaren.

Llamémosle a eso licencia poética. Lo que le interesa a Kapadia, como antes a Forman, es el retrato de la genialidad y sus tribulaciones. Como antes los reinos acaudalados, ahora las escuderías millonarias; como antes las rivalidades al interior de la corte real, ahora los coequiperos que no pueden convivir; como antes las intrigas para boicotear Las bodas de Figaro, ahora Prost maniobrando para retirarle el triunfo a Senna en el Gran Premio de Japón de 1989.

Y como antes la insistencia de Mozart por dejar fuera cualquier connotación política de su versión de Las Bodas…, ahora la molestia de Senna por las decisiones corporativas de la F1, ajenas a cualquier criterio deportivo. “I hate politics!”, le dice Mozart al Emperador, en un arranque de sinceridad, y Senna lo secunda, siglos después, al declarar en una rueda de prensa que, antes de correr en la F1, para él todo era “pure racing, no politics”.

Tragedias las dos, también, hacia el final. Salieri recibiendo dictado de Mozart, durante la composición de la última parte de su Requiem, y Prost en la zona de boxes de la Williams, mirando a Senna pelear por su cuarto título mundial. Los dos, Mozart y Senna, muertos en plena ejecución de su talento. Las dos entonces, obras inconclusas.

Nada puede separarme del amor de Dios

Si los documentalistas deben montar sus materiales de manera coherente, en aras de construir un discurso más o menos sin fisuras, sólido, que embone en el todo y en sus partes, el trabajo de Kapadia se procura la tesis de que en Senna está la historia de un elegido, sin recurrir para ello al testimonio a modo, al recuerdo transformado por los años, o al titular de la investigación convirtiéndose en testigo autorreferencial.

En Senna no está la infancia difícil, ni el camino del héroe lleno de contratiempos y dificultades, ni el desamparo de la genialidad que nadie, mezquinamente, quiere reconocer. Están, por el contrario, las manifestaciones tempranas de ciertas cualidades, la voluntad acompañada de talento, el apoyo de la gente que lo ama sin reservas, y la búsqueda constante de la perfección.

La pasión de Senna en Senna está apuntalada, además, por todas las pruebas que de ella dejó Ayrton en su paso por el mundo. Sólo dos de ellas no pueden verificarse del todo: la primera, la declaración de su hermana Vivianne, cuando dice que, en la mañana de su accidente fatal, Ayrton había encontrado azarosamente en aquella Biblia que tantas veces había consultado, las líneas que anunciaban que, esa tarde, Dios habría de bendecirlo con el mayor de sus regalos: Él mismo.

Todas las demás están en videotape, y Kapadia arma el rompecabezas con el dinamismo que tema y personaje requieren: frenando y acelerando. El resultado es poderoso y sobrecogedor. Al carisma de Ayrton se suman sus declaraciones de hablar con Dios en ciertos momentos de las competencias, su entrega extenuante que lo lleva al agotamiento y dolor físicos, sus encontronazos con las autoridades de la Fórmula Uno, el cariño que siente por la gente.

Ninguna escena ha sido montada a propósito, ningún testimonio da cuenta de algo que no sea reafirmado por el propio Senna en alguna declaración a la prensa, no hay rumores al vuelo o espacio para los dichos sin sustento. Tampoco hay nadie, en las imágenes, consciente de que esto es un documental. El archivo fílmico no es refuerzo sino el sentido mismo de la obra. El ensamblaje de Kapadia deja la sensación de que la historia siempre estuvo ahí, clara y a la vista, y que sólo ahora, como él la cuenta, podemos darnos cuenta de ello.

Así, la secuencia del Grand Prix de Mónaco se resuelve como una Vía Dolorosa. Una vez más, Kapadia no edita casi nada del material existente: los desperfectos en los automóviles de la Williams, el aparatoso accidente de Rubens Barichello durante la clasificación, la muerte de Roland Ratzenberger un día antes del accidente del propio Senna.

He aquí el segundo dato poco verificable del documental: el testimonio del doctor de la F1, Sid Watkins, proponiéndole a Senna que renuncien los dos a sus trabajos, y que abandonen el premio de Mónaco, para poder irse juntos a pescar. Senna, siguiendo esta versión, responde que no podría hacer eso, porque aquello, es decir el automovilismo, es lo que él hacía, y era su pasión.

Y si el diálogo entre el doctor y Senna recuerda el momento en que Pedro aparta a Jesús de la multitud, y muy acá entre nos le propone no entrar a Jerusalén, para que de ningún modo le pase aquello que habrá de sucederle, y si la respuesta de Ayrton es, palabras más palabras menos, la misma que da Cristo, es porque el director ha visto en toda esta historia no la construcción elemental del azar, sino la operación puntual del destino, donde elegido y circunstancia se frotan, inflamándose.

Senna de Kapadia no es ninguna ingenuidad, pero tampoco una chocantería: le planta cara al lugar común del deporte como productor de historias de debilidad y superación personal, al tiempo que renuncia a regodearse en la denuncia social o del acto corrupto. Para el director, la ruta de colisión que Senna recorrió resulta a las claras un circuito preestablecido, invisible en su momento pero inevitable, cuya imposibilidad de ser otra cosa queda de manifiesto cuando se mira la historia de atrás para adelante. Quizá por eso el documental termina como empieza: la línea de meta se cruza 53 vueltas antes, sólo que por primera vez y con otras banderas.

Sic transit.

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