El Día que Volvimos al Futuro

La tercera parte de “Volver al Futuro” sufre de ese extraño síndrome que ataca a la mayoría de las trilogías. Y es que, casi como regla general, el capítulo final resulta ser siempre la película más floja y la menos entretenida en comparación a sus antecesoras.

En este caso, la culpa de las limitaciones del guión y el poco éxito de la película recaen directamente en el director Robert Zemeckis quien se encaprichó en hacer un “homenaje” al género del western y convirtió a la tercera parte de la trilogía en un híbrido extraño y disparejo que sólo funciona por momentos.

A pesar de que fue escrita y filmada al mismo tiempo que la segunda parte, es evidente que hubo muchos ajustes durante la filmación y que se alteraron varios puntos argumentales para hacerlos encajar con calzador a la historia.

Probablemente lo más incómodo de la conclusión de la saga es que la parte de ciencia ficción haya sido tan diluida en su mezcla de géneros y que el “regreso” haya perdido toda esa sensación de encontrarse de nuevo en los ochentas. El final es un poco anticlimático y se siente una sincera reducción en la escala épica de las anteriores entregas.

Con todo, el ritmo de la película, el timing humorístico, los paralelismos de la historia y los easter eggs están siempre presentes y hacen que en lo general sea una experiencia bastante disfrutable.

Aunque la mayor parte de los fans no le tienen mucho cariño al cierre de la franquicia, yo sin embargo tengo una conexión emocional muy fuerte con esta película y guarda un lugar especial en mis recuerdos.

A mediados de Julio de 1990 después de una crisis personal y familiar bastante intensa, tuve la oportunidad de acompañar a mi papá en un viaje de negocios a San Antonio. Uno de los objetivos del viaje obviamente era intentar alguna reconexión con mi padre y medianamente lo logramos, aunque durante ese viaje se dijeron muchas cosas que cambiarían para siempre la naturaleza de nuestra relación.

Uno de los días, su trabajo le exigía ausentarse más tiempo de lo previsto, así que me fui solo al centro comercial más cercano para hacer tiempo en lo que él atendía sus pendientes.

En el Multiplex aún estaban proyectando en varias salas “Volver al Futuro III” porque apenas se había estrenado a finales de Mayo, así que me armé de valor, compré mi boleto y entré emocionado a ver el final de la trilogía.

Jamás había entrado a un cine gringo solo y nunca había visto una película completamente en inglés, aunque ya casi no leía los subtítulos no había tenido la oportunidad de ver una peli sin ellos.

Me compré un bote de palomitas del tamaño de mi cabeza el cual bañé en un liquido amarillento que sabía a mantequilla (pero que seguramente no lo era) mismo que acompañé con un refresco tamaño rompe-vejigas y mis infaltables Twizzlers, si iba a vivir la experiencia, decidí que sería la experiencia completa.

Estaba sobreexcitado con la sala, los asientos, el sonido, los comerciales, los cortos y la limpieza del cine; recuerden que era 1990 y en México estábamos muy lejos de alcanzar esa experiencia cinematográfica aún, y entonces las luces se apagaron y me subí por última vez al DeLorean para el viaje final.

Durante meses tuve que aguantarme el spolier alert de cómo Marty McFly había regresado al viejo oeste y cuál había sido su destino final, sobretodo de mi hermano que me preguntaba cada tercer día, y cuando al fin la volví a ver en un cine nacional, la película había perdido toda la magia que sentí esa primera vez lleno de emoción y nerviosismo.

Al dejar la sala aquella vez me sentía arrogante, más seguro de mi mismo pero al mismo tiempo más maduro, no lo sabía entonces pero ese día había dejado en esa butaca la última parte de mi niñez, a partir de entonces ya no volvería a ver ni a sentir como un niño.

Mi papá pasó por mi más tarde y al contarle mi aventura pude ver sus ojos llenos de sorpresa y orgullo, más tarde ese día fuimos a cenar a un restaurant italiano y tomamos vino, cerveza y café, y platicamos de mujeres, de la vida y del amor. Fue una noche increíble y divertida y la primera vez que sentí que mi padre me trató como un igual y dejó cualquier gesto de condescendencia atrás. Él supo que ya era un adulto y que con mi carácter jamás daría marcha atrás, y tenía razón.

Más de 25 años después de ese día, aún me sorprende que una historia como “Volver al Futuro” esté tan intrínsecamente tramada en nuestro tejido emocional, parece un poco ñoño que una boba serie de películas haya afectado tanto nuestras vidas, sin embargo sus lecciones de amistad, confianza, humildad y perseverancia nos han enseñado a ser más humanos y menos cínicos ante el mundo.

Y si bien el futuro que nos prometieron no se alcanzó de manera tan brillante, aún tenemos la esperanza de algún día lograrlo. Nuestra visión del futuro es lo suficientemente optimista para creer que… “A donde vamos, no necesitamos carreteras”.


Este texto es parte de un serial que cubrió cada una de las películas de la trilogía.

Pueden leer la primera parte aquí: https://medium.com/@aldomeneses/el-día-que-viajamos-al-pasado-552bdc059de7 y la segunda parte aquí: https://medium.com/@aldomeneses/el-día-que-el-futuro-nos-alcanzó-49b2acbc3672

Esperen próximamente más textos míos en esta plataforma.