Crónica de unx millennial en el #19S

Fotografía tomada de www.cosmoenespanol.com

Estaba sentada muy cómodamente (bueno, no tanto) en mi silla de oficina escribiendo algo sobre la marcha que tuvo lugar en la Ciudad de México por el caso de Mara Castilla. Llevaba minutos intentando ordenar las ideas en mi cabeza para escribir un texto medianamente decente. Sentí como el piso comenzó a moverse, ingenuamente supuse que estaba pasando algún camión pesado. Al parecer tardó mucho en pasar. Cuando reaccioné, escuché a la gente de mi oficina gritar que estaba temblando, salimos rápido a la calle y lo primero que vi fueron dos edificios chocando entre ellos, sacando polvo; gente salía corriendo a la calle con sus perros, unos gritaban por sus hijos que se encontraban en la escuela, otros por sus familiares de la tercera edad. Yo no. Yo solo pedía al universo que no me arrebatara la vida en ese momento, porque sí, temí por mi vida.

Pasa el temblor, mi cuerpo se conecta con mi mente nuevamente, comienzo a pensar en mi familia, mi pareja. Intento marcar, no se enlaza la llamada. Al parecer la red de datos de mi compañía celular estaba libre, así que comenzaron a llover mensajes por whatsapp: “¿Mi niña, cómo estás?” “¡MARCALE A LA ABUELA!” “ESTOY BIEN, PENSÉ QUE YA ME IBA A QUEDAR AHÍ”… Y de repente, los videos. A unas cuadras de mi oficina se derrumbaron edificios. ¿Y mi casa? Toda la zona aledaña a ella se estaba desplomando, pensé que ya me había quedado sin techo. La verdad nunca pensé que iba a pasar por una situación así, no pensé que me tocaría vivir un desastre así. Y no por creerme invencible, si no por estar más confiada de lo que debería.

Pasan las horas, mi pareja pasa por mi. Era imposible movernos hacia nuestro hogar, tuvimos que buscar refugio, así que vamos a casa de mi hermana. Estoy temblando, el corazón me va a explotar. Quiero un cigarro, pero no puedo fumar por las posibles fugas de gas. El tráfico era insoportable, pero por alguna extraña razón nadie pitaba, nadie insultaba, al parecer todos estábamos envueltos en una histeria colectiva pero silenciosa, nos veíamos entre coche y coche y en cada mirada se leía desesperación, pero esa desesperación que te deja el nudo en la garganta, que no te permite derrumbarte; esa desesperación silenciosa que te mantiene alerta. Llegamos a nuestro destino. No hay luz, no hay ruido, parecía ciudad fantasma. Logramos comer algo, las demás horas se fueron en escuchar la radio mediante el único celular que quedaba con pila, oír patrullas, ambulancias. Fuimos por un helado, en el local había luz así que estuvimos cargando celulares viendo las noticias; derrumbe tras derrumbe, y de repente fue una pelea de “a ver qué ciudad tiene más muertos” (suena frío, pero así se notaba). No logramos dormir, y así fue durante lo que restó de esa semana.

Los días siguientes fueron de ayudar a quien lo necesitaba, cargar y descargar víveres, conseguir herramientas y material de curación. Dejé de ver las noticias cuando todo se centró en el Colegio Rebsamen, y no porque no me interesara la vida de esas niñas y niños, o adultos, sino porque de nada servía que estuviera 36 horas pegada a la televisión. Escuchar historias de gente cercana que perdió su casa, o a algún familiar o amigo cercano me ponía los nervios de punta. Aún no podía regresar a casa. La verdad es que no quería, porque me obligaba a pasar por los multifamiliares de Tlalpan, los derrumbes de Miramontes, o las calles cercanas al Colegio Rebsamen, y no estaba preparada para ver eso.

Viernes, por fin puedo ir a casa. ¿El panorama? Desolador. Pero sigo teniendo casa, y mis pertenencias, y mi vida y la de los míos.

Sábado, se activa la alerta sísmica poco antes de las 8 de la mañana. Nunca había bajado 4 pisos tan rápido como ese día. No pude volver a dormir. Sentí demasiado miedo. Prendí la televisión para ver las noticias, hablaron 10 minutos sobre la activación de la alerta sísmica, enseguida pusieron, por MILÉSIMA VEZ, los mismos videos de los mismos derrumbes, los mismos audios que rondaron por whatsapp. Llevaban 3 días poniendo la misma información y ya estaba cansada.

Al día de hoy, todo indica que tengo estrés post-traumático. No pude dormir más de 1 hora seguida hasta la noche de antier, cualquier ruido me despierta, cualquier movimiento me pone alerta, dejé de ver las noticias porque me causaban ansiedad, tengo pesadillas, no dejo de mover la pierna, no puedo escuchar la alerta sísmica ni en videos porque me altera demasiado. Y no, no estoy exagerando, ni tampoco está mal aceptar que se necesita ayuda en estos casos. El sábado comienzo mi terapia.

“Oye, pero ¿por qué consideraste necesario especificar que ésta es la crónica de una millennial?” tal vez te preguntas. Pues bueno…

Evidentemente no me tocó el terremoto del 85. Desde que llegué a la Ciudad de México, cada vez que temblaba, gente que sí vivió ese terremoto me recriminaba el sentirme asustada porque “¡Uy, no! El del 85 estuvo más fuerte!” “¡Ni aguantas nada!, te tocaba el del 85 y te morías, yo creo.” Y esta vez VOLVIÓ A PASAR. Y creo que no ha quedado claro algo: es momento de ya dejar a un lado la pelea generacional.

Este #19S tuvo a la tecnología de su lado. Pudimos compartir información de forma más rápida, por lo tanto pudimos accionar más velozmente. ¿Hubo desinformación? Sí. ¿Hubo exceso de ayuda? También. Pero no podemos cerrarnos en eso.

Tal vez en el 85, había una chica de más de 20 años que pasó por la misma situación que pasé este 2017, y también tal vez esa misma persona nos condena por haber llegado a nuestra etapa adulta después del 2000.

Es evidente la brecha generacional que tenemos, pero hoy les quiero decir algo: Aunque no compartimos las mismas experiencias, aunque no profesamos las mismas ideas, tenemos una experiencia en común: Un desastre natural que nos paralizó en un minuto y nos mantuvo paralizados por días enteros. Gracias por habernos enseñado, de forma teórica, qué hacer en estas situaciones, en estos desastres. Gracias por habernos contado tu historia del 85, y por haber decidido seguir tu vida adelante después de eso. Ahora, en pleno 2017, nos tocó poner en práctica todo eso, como pudimos y como entendimos. No somos tan insufribles como dicen.